El aire estaba cargado de humedad y silencio cuando Mila cruzó el umbral. Fría. Densa. Como si la propia atmósfera se negara a moverse. La lámpara de aceite oscilaba, proyectando sombras irregulares sobre la figura atada en la silla. Cecil. Su pequeño hermano. Pero no era él. El cuerpo era suyo. La piel, la forma, los huesos. Pero los ojos, aquellos ojos que solían mirarla con picardía y ternura, ahora eran cristales vacíos. Reflejos de una mente enjaulada. Dentro de su inconsciente Cecil solo podía escuchar el silencio espeso casi ensordeciéndolo, era una sensación pesada pero que cada vez más le traía viejos recuerdos. Mila cuidándolo cuando se enfermaba y en uno de ellos un fuerte abrazo de Emilia y su padre. Entonces lo comprendió su familia nunca lo había abandonado. Al menos no

