La habitación no tenía ventanas. Simón prefería así. El encierro, el olor metálico, las paredes limpias hasta la obsesión. Todo a su alrededor estaba controlado, ordenado, aséptico. El caos siempre era más manejable cuando uno sabía delimitarlo, encapsularlo, reducirlo a pequeños experimentos que podían reproducirse en un laboratorio. Y eso hacía con ellos. Los observaba desde la pantalla, aislado. Mila, Beltrán, incluso Cecil. Cada uno en su pequeño teatro de pérdidas y tragedias. Cada uno consumiéndose en sus emociones. Simón, sin embargo, no sentía nada. El monitor mostraba el eco térmico de los pasillos subterráneos, las imágenes borrosas de las transmisiones que los drones clandestinos habían capturado durante la caída del laboratorio de Heineken. Veía el rostro de Mila lleno

