La oscuridad no se limitaba a la falta de luz. Era más densa, como un sudario tejido con hilos de angustia, dolor y culpa. Emilia lo sentía en cada paso que daba por los pasillos subterráneos de la base de Heineken. Cada sonido metálico, cada gota de líquido cayendo desde los tubos de las paredes, era una voz del pasado que le gritaba desde los rincones olvidados de su mente. Frente a ella, se alzaban los tubos de incubación. Altos, inhumanos. Dentro, cuerpos distorsionados se agitaban en líquido turbio, conectados a cables que atravesaban su carne. Eran seres humanos… o lo que quedaba de ellos. Heineken observaba todo con satisfacción. Su espalda recta, su bata impecable. Parecía un director de orquesta en pleno clímax. Pero Emilia ya no podía fingir que aquello no le afectaba. No más.

