El frío del búnker parecía menos hostil esa mañana. Jane y Beltrán estaban sentados frente al tablero digital, con el distrito desplegado en una imagen térmica que parpadeaba suavemente bajo una luz rojiza. Los mapas estaban cubiertos de rutas, códigos y zonas marcadas con símbolos que solo ellos comprendían. Fuera de ese espacio, el mundo parecía estático, pero dentro del cuarto de operaciones, la guerra se tejía con líneas y números. —Tenemos tres posibles accesos —dijo Jane, tocando el borde de la pantalla—. Uno por las alcantarillas, otro por la vieja torre de comunicaciones, y el último… por el sector médico. Pero ese está sellado desde la última redada. Beltrán se mantenía en silencio. Sus ojos seguían cada línea del mapa como si fueran cicatrices sobre un cuerpo familiar. Finalmen

