Bajo la niebla del fuego

1463 Words
La mañana del día siguiente eran solo un pequeño despojo de lo que había sucedido anteriormente. Una noche de caos y tormenta de fuego había asediado por completo el territorio de uno de los mafiosos más peligrosos, y los noticieros hacían de las suyas tratando de recabar información como pudiesen; los sospechosos sobraban entre especulaciones sin fin. Pero más que ello, un anuncio de recompensa por la cabeza de Beltrán sacudía cada pantalla, cada rincón de la ciudad. Lo mostraban como una figura de negocios que llevaba años vinculado con la mafia, un rostro que ahora colocaban en primera plana, marcándolo como traidor, como fugitivo, como enemigo público. Aquella información era completamente falsa. Pero eso no importaba. Lo que importaba era que la cacería seguía, y cada gota de información servía como carnada para depredadores que se movían tanto en las sombras como a plena luz del día. Muchos de los habitantes solo podían ver las noticias, esperando ansiosos que el caos que se vio en aquel sector no se extendiera hacia ellos. El miedo era un huésped silencioso que ya no tocaba la puerta; simplemente entraba, se sentaba a cenar con la familia y se acomodaba para quedarse. Finalmente apareció la imagen de un sujeto cubierto en ropas negras y con una máscara lisa, con encaje n***o tapando sus ojos. Su figura era delgada, afilada, como si estuviera hecha para cortar. Su presencia no era solo inquietante, era icónica. Lo llamaban el "Rompecorazones". Se ofrecía una suma obscena por su captura. Nadie sabía su verdadero nombre. Nadie sabía si era hombre o mujer. Pero todos conocían su estilo. Elegante. Preciso. Letal. Mila observaba la transmisión desde un viejo televisor en una tienda de electrónicos. Estaba encubierta, con una peluca castaña oscura que le llegaba hasta la mitad de la espalda y un vestido sencillo, casi rústico, que le cubría las piernas. Las ojeras bajo sus ojos estaban bien maquilladas, y el corte en su ceja —un recuerdo reciente— cubierto con una tira de piel falsa. “Es una suerte que nadie más sepa de mi identidad”, se dijo en silencio, mientras fingía interés en una tostadora en oferta. Las calles estaban vivas con rumores. Grupos de vecinos charlaban entre susurros apurados, sin saber si creían lo que decían, pero necesitaban decirlo igual. —Ojalá y los encuentren pronto —dijo una mujer mayor, encogida tras su carrito de compras. —Se lo ganaron... son asesinos, no hay otra palabra —murmuró un hombre con uniforme de seguridad. —Esto parece una pesadilla... y lo peor es que uno ni sabe quién tiene al lado —añadió una joven que miraba nerviosa por encima del hombro. Mila continuó su camino, paseando por locales con lentitud estudiada. Su lista de compras parecía sacada de una mañana doméstica cualquiera: arroz, aceite, cuerda de cáñamo, cerillos, una caja de tornillos, vendas estériles, una lámpara portátil. No podía llamar la atención. Su objetivo era desaparecer entre los pasos comunes, entre las frases hechas y los silencios fingidos. Caminar como quien no tiene nada que ocultar. Respirar como quien no carga secretos. Sin embargo, cada paso le pesaba más. La razón era la noche ajetreada tras haber cruzado toda la montaña hasta poder refugiarse en aquella pequeña ciudad. No estaban muy lejos de la institución de su hermano. Pensó mientras agradecía al cajero y pagaba por los artículos. Caminó tranquila hasta un pequeño hotel. El lugar parecía muy poco concurrido casi de un estilo hogareño. Todos los trabajadores y convivientes se conocían. En cuanto llegó saludó con el recepcionista quien de inmediato no pudo evitar sentir curiosidad. — ¿De compras? — miró de reojo la bolsa de la mujer como si quisiera atravesar su contenido. — es una esposa diligente. — Mi marido, se quedó dormido anoche después de todo el trabajo que tuvo que hacer anoche. — Me lo imagino — comentó complaciente — que unos bandidos le hayan robado la camioneta a mitad del camino aquí debió de ser toda una odisea. — Y que lo diga — contestó amable mientras continuaba su viaje— es una suerte que al menos nos hubieran dejado algunas ropas. — Descuide. Hoy en día hay que tener mucho cuidado allá afuera. Mila solo se despidió con una sonrisa mientras continuaba su camino hasta la habitación 309, una pequeña habitación matrimonial donde se encontraba Beltrán, buscando en un computador toda información que pudiera ayudar. La mujer al verlo casi sonámbulo frente al monitor lanzó la bolsa de compras sobre la cama para llamar su atención y luego dirigirse a la otra habitación. — Felicidades. Eres famoso — dijo sarcástica mientras se cambiaba desde el baño. — ¿Enserio? No pasan mas de dos minutos hasta que me tope con un anuncio de captura una y otra vez. — Te dije que encontrar a Julia es muy complicado — salió de la habitación con una chaqueta de cuero n***o y unos jeans oscuros — será mejor tomar otra ruta. — ¿Qué otra ruta? — preguntó curioso entre que su mirada se perdía admirando su belleza. — Julia sabe de mi debilidad — dijo acercándose lo suficiente para aprovechar y mirarlo con esa agudeza que la caracterizaba. — ¿Debilidad? — alcanzó a decir disimulando torpemente su nerviosismo. — Cecil. — se acercó aun más y en un descuido tomó la chaqueta de Beltrán y sacó de allí unas llaves. Eran las llaves de la habitación — necesito tu ayuda, para ir con mi protegido. Por otra parte. El sol se colaba por los ventanales altos del ala este, pintando franjas doradas sobre el mármol blanco y las jardineras colgantes. En la institución de la agrupación de madres nodrizas. El día comenzaba como cualquier otro: con la campana marcando el inicio de la jornada, todos alistándose desde sus habitaciones y dirigiéndose de inmediato a cada salón de clases. El murmullo de pasos sincronizados en los pasillos pulidos, y el aroma a pan recién horneado escapando desde la cocina hacia las aulas era algo bastante común. Cecil estaba sentado en su escritorio mirando a través de la ventana, como de costumbre. Había escogido, una vez más, la última fila del salón de ciencias, justo bajo la ventana. Desde ahí podía observar el invernadero del centro, ver cómo las flores se mecían en silencio con la brisa. Era un lugar tranquilo, demasiado tranquilo para un joven como él. Pronto la alarma sonó volcándolo de nuevo a la realidad, tomando sus cuadernos se dirigió hacia el pasillo donde estaba su casillero. Su día a día ahora era más relajado ya que no tenía que preocuparse de Samuel y su sequito que amenazaba constantemente a su seguridad. Ya hacía mucho desde su último encuentro con Mila y sentía una extrañeza por aquel momento que pasó con ella y como lo ayudó con sus acosadores. Aun así, Cecil había aprendido a amar esa quietud. El profesor hablaba sobre reacciones químicas en la siguiente clase, pero el muchacho no tomaba apuntes. En cambio, dibujaba en los márgenes de su cuaderno, trazos precisos, casi obsesivos: un circuito cerrado, y variadas formulas informáticas, el tema de la cibernética le había causado cierto interés desde ese día. Había leído tantos libros hasta el punto de memorizarlo todo. Y eso le agradaba. Al parecer al fin había encontrado un punto de interés para su futuro. Sonreía complacido ante aquellas notas cuando algo llamó su atención. Nadie más pareció notar su concentración en aquel punto lejano. ¿una sombra? Pensó para luego ignorarlo todo. No valía la pena pensar en cosas innecesarias. La clase terminó con una campana suave y discreta. Cecil salió al pasillo con paso tranquilo continuó con su viaje hasta el gran comedor. Vio cómo el día seguía su curso habitual: las clases del club de arte al aire libre, los entrenamientos en el patio norte, las risas de compañeros que para él seguían siendo rostros lejanos. En la sala común, una televisión encendida transmitía las noticias del exterior. Aquello le llamó la atención. Imágenes borrosas de un edificio envuelto en llamas, helicópteros sobrevolando la zona y, en letras rojas, un nombre que casi nadie en la sala reconocía, pero que hizo que Cecil apretara los puños sin darse cuenta: Beltrán Cold. Su interés en la informática había hecho que también conociera al hombre de negocios mayoritario. El prodigio de la economía y el que decían tan suertudo que cualquier negocio o proyecto en sus manos se volvía una mina de oro. Cecil de alguna forma lo admiraba en cierto punto. El rostro del joven se endureció apenas un segundo antes de volver a su neutralidad ensayada. Sus ojos, sin embargo, no pudieron disimular el sobresalto. Es el más buscado ¿Por qué?
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