El reloj marcaba las 11:47 a. m. cuando el zumbido extraño comenzó a invadir los pasillos del instituto. El receso había finalizado y todos volvían a sus respectivas clases. Cecil continuaba pensando en aquella noticia mientras las clases continuaban con total normalidad. Al principio, parecía un leve temblor mecánico, como si las tuberías internas del edificio susurraran algo en código morse. Nadie prestó demasiada atención. Era, después de todo, un edificio viejo. Pero Cecil lo notó. El crujido del metal parecía insondable, pero para el joven estudiante era mucho más.
Desde la ventana del aula de ciencias, sus ojos se alzaron hacia una columna delgada de humo gris que comenzaba a colarse entre los bordes de la cúpula central, justo sobre la biblioteca. Se puso de pie tan rápido que su silla crujió violentamente contra el suelo.
—¿Lo ven? ¡Miren allá afuera! — su mirada parecía fija en aquella humareda a la distancia, con su mano estaba señalando hacia afuera entre que el resto de personas solo podía verlo como si se tratara de una locura en plena clase.
—¿Qué cosa? —murmuró uno de sus compañeros, distraído con el experimento del día.
Pero antes de que pudiera responder, una segunda columna de humo —más densa, más oscura— se elevó, esta vez desde el ala oeste. Luego, todo ocurrió en una sinfonía de caos: una alarma chirriante resonó por los altavoces, seguida del mensaje automático de evacuación. El tono de la voz grabada contrastaba drásticamente con la tensión del momento.
— Evacuación inmediata. Por favor, sigan el protocolo. Evacuación inmediata…
El murmullo se transformó en gritos. Las sillas cayeron, los alumnos comenzaron a correr, y las maestras trataban de mantener un mínimo de orden. Cecil no necesitó instrucciones. Tomó su mochila, abrió la puerta del aula y corrió por el pasillo.
No era miedo lo que lo guiaba, sino instinto. Una certeza extraña de que aquello no era un accidente. Había aprendido a leer entre líneas desde pequeño, a desconfiar de lo evidente. Algo en ese humo no olía a madera ni a papel. Olía a diseño. Planificación, era algo que estaba destinado a suceder justo a la vista del joven estudiante.
En una esquina opuesta del mismo edificio, Mila ya estaba adentro. Había cambiado su apariencia por completo: una peluca castaña, lentillas grises bajo anteojos falsos y una chaqueta escolar robada del tendedero trasero junto con un par de pantalones de hombre. A simple vista parecía un chico de último año. A su lado, Beltrán —irreconocible tras una gorra, gafas oscuras y el andar relajado de un jardinero más — caminaba cargando una caja de herramientas vacía.
La cobertura del incendio era perfecta. Nadie iba a cuestionar a dos personas con credenciales falsificadas que ayudaban a guiar a los estudiantes. El caos lo hacía todo más fácil… o al menos eso pensaban.
— Debe estar en la planta alta —dijo Mila mientras esquivaban a una tropa de niños bajando por las escaleras. — voy a adelantarme. Tu vigila que nadie sospeche.
— Tiene que estar bien. Descuida —Beltrán murmuró, acelerando el paso.
Cecil había bajado al primer piso, su miedo le parecía dar las direcciones hacia el escape más cercano y gracias a ello se dirigía hacia la salida norte cuando la vio. Su frenar fue casi abrupto en como si estuviera a punto de chocar con un muro.
Una mujer de cabello oscuro, traje institucional y rostro sereno en medio del caos. Demasiado serena. Se trataba de Julia. A simple vista se notaba que no había puesto tanto empeño en su disfraz.
— ¡Eh, tú! —le gritó mientras se le acercaba con rapidez— ¿Estás perdido?
— No… solo intento salir —dijo él, sin detenerse del todo. Su rostro le pareció desconocido.
Julia caminó a su lado, con paso firme. Su forma de actuar distaba mucho de ser un profesor. Cecil la miró y dudoso retrocedió un par de pasos como si su instinto le obligara a escapar.
— Eres Cecilion, ¿verdad?
Él se detuvo en seco, mirándola con recelo.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Soy un profesor de aquí. Por supuesto lo sé.
— No te conozco de nada. — respondió desafiante.
Julia sonrió con una mezcla de simpatía y superioridad.
— Tu hermana me pidió que te encontrara. Mila. Ella está aquí… vino por ti.
Cecil dio un paso hacia atrás, la mirada aún llena de dudas. ¿su hermana? Mila no era realmente su hermana. Aquella fachada solo lo había utilizado aquella vez para distraer a los profesores y evitar que llamaran a sus verdaderos tutores. Sintió que algo cuadraba con aquella excusa.
— ¿Dónde está?
— Está esperándote en la salida trasera —mintió Julia, señalando hacia un pasillo poco iluminado que conducía al ala de mantenimiento—. Pero tenemos que apurarnos. El fuego podría alcanzar la estructura central.
El corazón de Cecil palpitaba con fuerza. ¿Podía confiar en ella? Sus instintos le gritaban que no… pero el nombre de Mila le daba una esperanza demasiado grande como para ignorarla.
— Vamos —dijo al fin.
Julia sonrió de nuevo, pero esta vez no se molestó en disimular la satisfacción en su mirada.
Mila giró bruscamente al ver que el aula de ciencias estaba vacía. El profesor aún estaba allí, buscando a los estudiantes para que salieran ilesos.
— ¿Dónde está Cecil? —le preguntó.
— Salió hace unos minutos. Quizá por la salida norte —respondió, sin alzar mucho la mirada. — ayúdame…
Para cuando volteó a pedir ayuda la mujer había desaparecido. Por los pasillos, Mila corría tan rápido como podía hasta toparse con una intersección frunció el ceño y lanzó una maldición entre dientes. Continuó corriendo mientras que Beltrán ya estaba revisando los pasillos junto a los demás adultos y pese a ello no conseguía ver a nadie parecido a Cecil.
— Tenemos que encontrarlo antes que ellos —pensó él.
Cecil no tardó en notar que algo no iba bien. El pasillo por el que caminaban era demasiado silencioso. No se escuchaban pasos, ni voces, ni siquiera alarmas. Julia seguía hablando, pero él ya no la escuchaba. Su mano se acercó disimuladamente a la cadena que llevaba colgada al cuello, un pequeño cilindro que Mila le había dado tiempo atrás. Su otra mano se dirigía a su teléfono y con cautela presionó el botón que había configurado Mila para ver las cámaras y activar el sonido.
“Si alguna vez estás en peligro y no sabes qué hacer, usa esto. Solo en emergencia.”
Julia se detuvo frente a una puerta de metal. Sacó una llave de su cinturón.
— Es por aquí.
— Esa puerta es exclusiva para directores, lleva a la cochera.
— Eres listo. Por su puesto, soy una autoridad igual que ellos. — mintió de nuevo y esta vez Cecil lo había notado. Aquella vez que se metió en problemas conoció a todas las autoridades junto con Mila.
— ¿Y Mila? —preguntó él.
— Está dentro. Te espera… — de nuevo mentía.
Activó silenciosamente el micrófono haciendo que Mila escuchara su conversación en los pasillos. “pero estamos en la cochera este, la exclusiva de los directivos” alcanzó a escuchar a través de los parlantes. Agradeció en ese momento haberle enseñado aquellos trucos de vigilancia. Emprendió carrera con toda velocidad.
Antes de que Julia pudiera abrir la puerta, una voz los interrumpió:
— ¡Cecil!
El grito hizo eco por todo el pasillo. Era Mila. Estaba exhausta casi sin aliento.
Cecil volteó y la vio, a primera vista parecía un estudiante de último año, pero tras escuchar su voz, y como con desesperación iba corriendo hacia él, jadeando, el rostro lleno de ceniza y ojos desbordados de alivio. Lo supo, era Mila.