Al final estamos solos

1407 Words
Mila era arrastrada por el pasillo mientras este se derrumbaba poco a poco tras ella. La idea de que Simón estaba en aquella dirección de la que se alejaba la dejaba ansiosa y de alguna manera desesperada quería escapar de aquel brazo que la sostenía para ir con él. Después de todo, la mujer había generado aquella dependencia al hombre que la había cuidado y protegido por casi doce años, en ese momento pensó en el momento en que lo conoció. Su cabeza daba vueltas mientras corría y al mismo tiempo entre que cruzaba por los pasillos derruidos observaba cada una de las paredes que se sobreponían a dulces recuerdos de una vida que, aunque no era honrada al menos era tranquila, algunos soldados aun deseaban asesinarla, pero ahora sus vidas eran más importantes. Los cimientos cada vez más iban colapsando entre que una serie de escombros caía de los techos uno tras otro caóticamente, Mila y Beltrán luchaban por salir entre la turba de sobrevivientes, como hormigas de su colonia, de pronto frenaron abruptamente. Un golpe seco los golpeó. Lo que los golpeó no fue un impacto físico, sino la imagen brutal de escuadrones masacrando a quienes intentaban huir. Beltrán miró por todos lados mientras Mila retrocedía y de entre los escombros tomaba un trozo de tela y se lo colocaba cuidadosamente en su rostro, en poco tiempo miró un pequeño callejón que daba a una montaña a la que casi nadie iba por su riesgo de animales salvajes. Tiró del brazo de Beltrán con cuidado dirigiéndolo hacia allí, le colocó una manta improvisada en su rostro también y se acercaron a la valla cuidadosamente, nadie debía notar que cruzarían por allí. A lo lejos los guardias comenzaban a revisar la identidad de todos quienes salían del edificio, si no eran cautelosos serían descubiertos, pronto uno de ellos se acercó hasta Mila. Cuando un grito alertó a todos: “tenemos al líder” proclamó uno de ellos en un eco sonoro que provocó temblor en el cuerpo de la mujer. Todos los soldados dejaron sus tareas para ir al encuentro de aquel líder. Mila por su parte, atónita por lo sucedido, quiso ir con ellos. — ¿Qué estás haciendo? — interrogó deteniéndola de ambos brazos. No hubo respuesta. La mujer estaba en shock y sin cruzar miradas con Beltrán solo deseaba zafarse para ir con Simón. Hasta aquel punto ella le mostraba completa fidelidad. No más que eso. Era incredulidad. De aquel hombre dependía su vida. Simón la había cuidado de evitar la muerte por tanto tiempo, que era imposible creer que estuviera capturado y al borde de la existencia. Sin él Mila solo era una mascota sin dueño, era solo una sombra, una asesina suelta entre lobos. Una asesina que vagaría por las calles a costa de miles de mafiosos en busca de venganza, en ese momento pensó en la seguridad de su hermano Cecilion, en todo lo que había construido para que al menos una pequeña parte de felicidad fuera entregada a él. Ahora todo estaba acabado, no habría escapatoria y su pequeño hermano, su única familia ahora estaba al acecho. Mila sintió su respiración parar en seco mientras sentía sus brazos doler. Se trataba de Beltrán. — ¡Reacciona! Mila — gritó en voz baja Beltrán, sacándola del trance en que había entrado. — vamos, vuelve en sí —rugió Beltrán entre dientes, sacudiéndola con fuerza contenida. De nuevo, silencio absoluto. Solo una mirada de alguien vacía se cruzó dejándolo sin habla. Mila esquivó la mirada y se dispuso a cruzar la valla, Beltrán algo confundido decidió seguirla tan pronto como pudo, pasaron hasta las profundidades del bosque ocultándose en la oscuridad ignorando todos los sonidos y el caos tras ellos. Hasta que un retumbar llamó su atención, acto seguido el edificio explotó por completo. Tan pronto como aquel estruendo quebró el silencio aterradoramente una enorme llamarada iluminó el cielo nocturno, no se sabía el origen, pero si el resultado. Un destello seguido de un retumbar inaudible. Una llamarada cruzó el cielo como una bengala maldita. El rugido de la explosión fue tan potente que el suelo tembló bajo sus pies. Mila gritó, pero nadie la escuchó: la noche se tragó su voz. En realidad, en aquel sonido ensordecedor, Mila podía escuchar como sus gritos eran ahogados por Beltrán quien fuertemente cubría su boca para que nadie pudiera escucharla, desesperada por saber que ahora no tenía nada su cuerpo ansiaba liberarse y correr tras aquel que consideró su jefe por tanto tiempo, era una sensación asquerosa por saber que lo odiaba y al mismo tiempo un dolo inquebrantable por saber que había muerto. Beltrán solo pudo llevarla a rastras con tanta fuerza como pudo adentrándose en aquel bosque hasta poder refugiarse de todo el caos. Envidioso por ver los ojos de Mila y sentir sus gritos entre sus manos, le daba envidia el dolor que ella sentía por aquel hombre a quien llamó hermano. El caos fue casi eterno para ambos, duró toda la noche mientras que la pareja ahora solitaria, sin equipo, sin ayuda, sin nadie a su alrededor mas que la penumbra de la madrugada, solo podían refugiarse en una cueva lejana. Se adentraron todo cuando pudieron para que la luz de la fogata no consiguiera llamar la atención de alguna bestia o de soldados que atentaran aún contra ellos. Beltrán había hecho un esfuerzo inhumano al llevarse a Mila en contra de su voluntad. Estaba exhausto al otro lado de la fogata mientras miraba a la mujer completamente callada y quieta como una estatua. Ahora ella estaba fija a una pequeña fogata, mientras su cuerpo se mantenía recogido en si misma. No hablaba ni tampoco reaccionaba. “Siquiera respira” se alivió a si mismo entre que removía los pequeños leños para que el fuego se mantuviera vivo. — ¿Quién eres? — de pronto salieron de sus labios como un pequeño desliz accidental. Su voz apagada y seria, sin vida o animo alguno. Beltrán estaba confundido, no sabía como responder a esa pregunta. “Ella ya sabía quién soy” se dijo a sí mismo mientras la miraba fijamente, en sus ojos se reflejaban las llamas del fuego que ardía ante semejante rostro estoico. Las llamas danzaban entre ellos como si supieran el peso de lo no dicho. Un silencio y el chasquido del fuego era todo lo que abundaba en el ambiente. Sus ojos tiritaban levemente entre lanzar la verdad como Simón lo hubiera hecho o ignorarlo todo. — Soy Beltrán Cold. —respondió natural. — No… no. Definitivamente no puedes ser solo “Beltrán Cold” el ejecutivo multimillonario que hasta hace menos de una semana no habría esquivado soldados entrenados. —su voz aullaba por emociones encontradas— ¡definitivamente! No lo eres. Su voz era grave y sonora mientras su rostro expresaba la ira más pura jamás antes vista. — Voy a preguntar una última vez… ¿Quién eres? ¿Por qué Simón, dio la vida por ti? — se acercó casi a centímetros de su rostro— y espero una respuesta convincente. Beltrán dudó en seguir con la conversación, no sabía como responder a una pregunta que involucraba aquella duda ¿Quién soy realmente? Sus ojos se esquivaron al suelo mientras sus labios forzaban que alguna respuesta saliera. Alguna contestación convincente o coherente. Al menos una excusa suficiente para poder mantener la pantalla de una verdad aterradora. — Ya te lo dije… — respondió débilmente mientras sentía como Mila se aferraba al cuello de su camisa. Sus dedos estaban temblando y ambos brazos estaban llenos de moretones y raspones, la camisa que usaba como única prenda estaba manchada y maltrecha, y sus ojos lucían cansados. Aquella no era una respuesta que convencería a la mujer. Al menos no en ese estado. — No eres solo Beltrán Cold. —escupió— No después de todo esto. No después de lo que hiciste ahí afuera. No después de que Simón... —la voz se le quebró, pero no bajó la mirada—. ¿Quién eres realmente? Beltrán la miró, tragando saliva. Por primera vez, sintió que no tenía dónde esconderse. Ni siquiera detrás de su nombre. — Yo… soy el hermano de Simón — confesó finalmente a los ojos atónitos de Mila quien en ese instante lo liberó dejándose caer de espaldas. Sus ojos se miraban mutuamente mientras las llamas tranquilas continuaban su danzar.
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