Mila corría por el pasillo con los pulmones en llamas, el eco de sus pasos descompasados rebotaba entre las paredes cubiertas de hollín y sangre seca. La luz parpadeante se burlaba de su desesperación, dejando sombras que parecían más monstruos que refugio. Su garganta ardía, sus piernas se rendían, pero no se detenía. Cecil estaba inconsciente sobre su espalda, su cuerpo tan frágil como un recuerdo, y aún así lo sostenía con la fuerza que solo da el miedo. Los habían separado, arrancados unos de otros por explosiones y gritos. Jane y Simón peleaban abajo, en los pasillos rotos, entre vigas que crujían como huesos. Beltrán, en cambio, había sido arrastrado a una sala sin ventanas por la aparición de una figura letal: el Asesino Tres. Julia había desaparecido justo cuando más la necesitaba

