El doctor no dijo nada al principio. Solo observó cómo Carl soltaba lentamente la mano de Mila y se retiraba con pasos torpes, aun visiblemente afectado por la resistencia que la chica había demostrado. Luego, con precisión milimétrica, el médico se quitó los guantes empapados, los tiró en una bandeja de metal y se acercó a una de las mesas improvisadas que hacía de estación de análisis.
El doctor se quitó los guantes manchados de sangre con una lentitud metódica, casi parecía un acto de elegancia difícil de ver en el mundo, sus dedos completamente blanquecinos pro el producto interno del guante que evitaba el sudor en sus manos. El sonido seco del látex al ser desechado en la bandeja metálica contrastaba con el murmullo de voces lejanas en el pasillo. Afuera, todo parecía estar bajo control. Adentro, su mente comenzaba a revolverse.
Su inconsciente comenzaba a maquinar sobre lo ocurrido entre Mila y Carl. ¿debería ser posible que una mujer herida sea tan fuerte como un soldado completamente ileso? Se pregunto, casi parecía que aquel pensamiento escapaba de sus labios, por lo que inmediatamente se aseguró colocando su mano en su boca. Con un suspiro aliviado decidió continuar con el protocolo medico y comenzó a trabajar.
Antes de salir de la sala, se detuvo frente a una pequeña mesa de análisis. Había guardado por instinto un fragmento del hilo quirúrgico que días atrás había sostenido la herida de Mila.
Sacó un pequeño frasco donde había guardado una parte del hilo quirúrgico que Jane había usado días atrás, cubierto aún de tejido endurecido. No era la primera vez que hacía algo así “los viejos hábitos de campo no se pierden fácilmente” suspiró justificando que así lo había hecho. Un simple impulso causado por costumbre y cotidianeidad, pero lo que lo impulsaba esta vez no era la costumbre, sino una intuición extraña, difícil de explicar. Lo puso sobre una lámina y lo llevó bajo una lente de aumento portátil. La iluminación era pobre, pero suficiente. Ajustó el enfoque poco a poco, el aumento cada vez era más visible dejando ver el tejido claramente en cuestión de minutos.
El tejido aún no debería mostrar nada significativo, y sin embargo… lo hizo. Las fibras parecían haberse endurecido de forma irregular. Con algo de extrañeza el medico se enderezó y sacudió su cabeza negando lo que veía. Quizá es el cansancio. Se justificó pellizcando su entrecejo para luego volver a ver. No había necrosis, pero tampoco regeneración. Era como si algo (quizá interno) hubiera interrumpido deliberadamente el proceso de cicatrización.
No esperaba encontrar nada relevante. Pero lo que vio… lo obligó a fruncir el ceño de nuevo. Era algo realmente increíble de ver, con un breve movimiento se hizo para atrás mirando a su alrededor como si hiciera algo indebido. Prohibido.
Frunció el ceño nuevamente tratando de entender en aquella duda lo que estaba sucediendo. El patrón no coincidía con infecciones ni rechazos. Era distinto. Único. Como si algo las hubiese saboteado desde adentro, impidiéndoles cumplir con su función biológica más básica. “extraño” se dijo a sí mismo mientras continuaba configurando la visualización en el lente.
— No es normal… —murmuró para sí.
Sacó una de las muestras de sangre que había recogido durante el procedimiento. Solo por rutina, se dijo. Aunque sabía que no era cierto. Usó una microcámara para revisar en tiempo real su comportamiento. Ahí fue cuando su espalda se tensó. Aunque lo llevó al micro visor y dejó que el escáner hiciera su trabajo, notó algo realmente insólito. Las plaquetas rodeaban las trazas de metal de forma curiosamente organizada. No con violencia, como se esperaría de un cuerpo atacando un agente extraño, sino con una especie de protocolo sistemático. Curiosamente su trabajo era desorganizado, pero de alguna forma perfecto. Era como si intentaran entender antes de atacar. Aprendían y analizaban antes de actuar. Como si reconocieran el material y lo estudiaran. Intentaban encapsularla. Como si fueran soldados que se lanzaban sobre una toxina desconocida, buscando aislarla, aprender de ella, transformarse.
— Esto no es habitual —murmuró, apenas audible. De nuevo volvió a espiar a su alrededor. Sentía que aquello no debía ser visto como un niño que robaba un dulce y no quería ser descubierto.
Apoyó los codos sobre la mesa y se frotó el rostro. Se quedó con ambas manos sobre su boca por un momento, intentaba disimular que esta estaba abierta por la impresión, quizá conjeturas, pero era algo extraño. Anormal. Continuó sujetándose la mano en su cuello y apretando con todas sus fuerzas, “quizás estoy cansado” volvió a justificarse nuevamente, su comentario solo intentaba consolarlo de alguna forma.
El médico se quedó en silencio. Sus ojos se cerraron por un momento casi dejándolo en un breve pero profundo letargo. Su mente divagó por doquier hasta que pensó en lo que alguna vez escuchó en una vieja conferencia antes de que las universidades dejaran de financiar la investigación genética: "la evolución no siempre tarda milenios. A veces, ocurre en saltos discretos, invisibles al ojo común… hasta que alguien sobrevive a lo imposible."
Antes de ser el matasanos de la mafia, su trabajo era de investigador genético, un hombre a primera vista honorable, pero que colaboró en varios proyectos, uno de ellos con el propio primer gran líder mafioso del mundo; el padre de Simón, durante un tiempo su obsesión lo llevó incluso a experimentar con células y tejidos, pero poco después de un tiempo, todo se derrumbó con la muerte del jefe de investigaciones y su sentencia como cómplice de un desarrollo tabú.
Recordó entonces, algo que había leído hace años, cuando aún quedaban revistas científicas impresas en los laboratorios clandestinos: casos aislados de pacientes cuyo cuerpo parecía anticiparse a ciertas heridas o infecciones. ¿su investigación había sido filtrada? Un engaño quizá. Entonces su juicio ya estaba nublado, por lo que decidió ignorarlo y aislarse de toda comunicación. Sin embargo, era imposible que alguien pudiera dar con su trabajo debido a que en si misma eran teorías descartadas por falta de evidencia. Algunos lo relacionaban con procesos evolutivos tempranos, otros con pura coincidencia genética, nadie sabía que en parte era obra de aquel médico. El famoso doctor Cliff Sergei.
Sus ojos se abrieron de nuevo. Volvió a ver el monitor y notó como la aleación metálica desaparecía por completo ante sus ojos, miró el reloj en tiempo real. Tres horas, ¿durmió por tres horas? Solo ese tiempo bastó ¿y el cuerpo de Mila se recuperó en ese tiempo? Era algo completamente nuevo. De inmediato se enderezó y miró por el monitor y la grabación acelerada en tiempo real.
Pensó corrigiéndose a sí mismo, era algo imposible que solo hubieran sido esas tres horas, anotó el tiempo posible desde que Mila había sido herida, solo suposiciones. No tenía una evidencia concreta de la hora debido a su organismo. Quizá siete. Tal vez diez horas antes de que llegara a sus manos. Había posibilidad de que otra bala hubiera ingresado en el cuerpo de Mila aparte de su encuentro con Silvia, necesitaría verificar con la propia paciente. Desconocía por completo sobre ello, pero había posibilidad de que fueran en menos de 72 horas para que su cuerpo estuviera como nuevo. Tal vez solo conjeturas.
Un sistema eficiente. Casi limpio. Como si el cuerpo se hubiese reorganizado por su cuenta, eliminando lo innecesario.
Quizá era casualidad. O quizá no.
— Curiosa, esta chica… —susurró, más para sí mismo que como una conclusión real.
No lo anotó en el informe. No por negligencia, sino por prudencia. Había cosas que era mejor observar en silencio. Esperar a ver si se repetían. Además, ya había demasiados ojos puestos sobre ella. No quería encender una alarma antes de entender lo que realmente estaba viendo.
Cerró la muestra, limpió la mesa y apagó el micro- visor. Antes de salir, miró una vez más hacia donde Mila dormía, aún bajo el efecto de los sedantes. Respiraba tranquila, ajena a la turbulencia que estaba dejando atrás. El doctor apretó los labios.
A veces el cuerpo dice la verdad antes que la persona. Y el de Mila, claramente, estaba hablando.