Postre

1231 Words
Pov Keyla Mientras conducimos, Maximo me hace una pregunta tras otra. No creo que nadie haya estado nunca tan interesado en mí. Excepto quizás mi madre, pero las madres no cuentan. No así. Se mantiene alejado de temas más profundos como mi familia, lo que por ahora agradezco. Ahora mismo hay una especie de polvo de hadas en el aire entre nosotros, y no quiero que nada empañe el brillo. Ya son las dos de la madrugada cuando llegamos a mi apartamento. Llamarle apartamento es ser generoso, es una habitación en el piso de arriba de un tríplex destartalado con tuberías ruidosas, pintura desconchada y un casero gruñón que vive en el piso de abajo. Hay una tensión incómoda, mirando el lugar al que llamo hogar, comparado con lo que estoy segura que es un contraste salvaje con cómo vive Maximo, a juzgar por la limusina y el médico privado. Intento sonreír mientras me desabrocho el cinturón de seguridad, derritiéndome bajo el calor penetrante de su mirada azul. Su majestuoso tamaño es más pronunciado en el pequeño espacio, y no puedo evitar mirar sus ojos, tan claros como el cielo. Tan claros. Tan azules. Estoy dispuesta a ahogarme felizmente en ellos mientras el calor surge entre mis muslos. —Gracias,— digo cuando encuentro mi voz. —En realidad... siento que gracias no es suficiente por todo lo que has hecho por mí esta noche. —He hecho lo que quería hacer.—Se está prolongado. —Y, un extra para mí, aún no me has matado.—Tose con una carcajada y yo aprieto los ojos, la vergüenza se aferra a mi garganta. —Quiero decir, es sólo que podrías ser un asesino en serie. Lo cual no tiene mucho sentido ya que me llevaste al hospital para asegurarte de que estaba bien... así que, eso es una tontería. Lo siento. Eso no me ha salido nada bien. Mi boca se ocupa antes de comprobarlo con mi cerebro. —Eso suena tentador.—Tentador. Mi coño se enrosca con fuerza. Lo que es tentador eres tú. Su polla haciéndose espacio entre mis piernas es tentadora. Su lengua aterciopelada rodando sobre mis pezones es tentadora. Su enorme palma aterrizando con un fuerte golpe en mi culo es tentador. Buena chica. Respiro largamente, sin saber qué decir a continuación. Mi corazón se catapulta dentro de mi pecho mientras busco el pestillo de la puerta y fallo, dándole un manotazo en una búsqueda desesperada de una salida a mi lujuriosa vergüenza. Justo cuando pienso que no puede ser peor, encuentro la manilla y tiro. No pasa nada. Vuelvo a tirar. Nada. —¿Esas puertas no funcionan?— Me reprendo, tirando y soltando la manilla una y otra vez. —No te muevas. He puesto el seguro para niños.— Su voz es gruesa y grave cuando sale del vehículo y se acerca a mi lado. Cuando abre la puerta, su mirada me recorre antes de pronunciar, —A partir de ahora, cuando estés conmigo, nunca abrirás tu propia puerta. Wow. Se acerca a mi lado del coche, abre la puerta y me tiende la mano, y algo en mi interior solloza ante su belleza. Es tan increíblemente grande. Tan... deliciosamente masculino mientras mira hacia abajo. Es el hombre de mis sueños, aunque mis sueños no supieran ponerle cara. Las motas plateadas de su pelo y su barba lo hacen más sexy que cuando era más joven, estoy segura de ello. No quiero salir. Quiero quedarme cerca, quiero saber qué quiso decir con, A partir de ahora, cuando estés conmigo. Porque, por lo que veo, aquí es donde tomamos caminos distintos. Salgo del coche y me pongo a su lado, deleitándome con su fuerte olor a masculinidad y a sueños sucios. Me permito una breve imagen mental de su espalda desnuda, perlada de sudor, con mis uñas arañando la piel. Sus caderas se flexionadas mientras aprieta su polla en lo más profundo de mi coño palpitante... Papi va a poner un bebé en ti ahora. Agárrate fuerte, ángel... —¿Está todo bien?— Me mira con cautela. He perdido la voz. Estoy segura de que puede sentir mi excitación. Me paso una mano por el corpiño del vestido y noto los pezones presionando a través del material. —Sí, es que has estado muy bien. —Me alegro de haber estado en el lugar correcto en el momento adecuado para llevarte a casa a salvo.— A salvo. ¿Cómo un extraño me hizo sentir así? Quiero saborear la comodidad un poco más. Es embriagador. Quiero estar junto a Maximo un minuto más. Unos segundos. Retrasando lo inevitable con una generosa ración de desesperación, llega la inspiración. —Tengo una idea. —¿Y qué es eso?,— responde con sincero interés dándome ánimos para continuar. —He horneado una nueva versión de mi pastel de terciopelo rojo. Puedo ir corriendo a traerte un trozo. Me gustaría darte algo como muestra de gratitud. No es mucho... pero es delicioso, y puedes darme tu veredicto.—Espero que me diga gracias, pero no gracias. Todo cortesía y negocios. Sé que tiene cosas mucho más importantes que hacer, incluso a las dos de la mañana, que esperar mi húmedo pastel rojo con glaseado de arco iris. Y, sí, he usado la palabra húmedo, porque... pastel, está bien. En lugar de darme un roce reservado, cierra la puerta del coche y me pasa los dedos por la mejilla. —Me encantaría un trozo de tu pastel.— La forma en que lo dice hace que un escalofrío recorra el centro de mi espalda. —Con una condición.— —¿Qué es eso? —Me lo sirves personalmente. Ahora mismo, en tu cocina. —Eh...— Tuerzo los labios, tratando de encontrar una forma de evitar que suba y vea mi insignificante y algo vergonzosa disposición de vivienda, por no hablar de mi ropa sucia esparcida por todas partes. —Quieres subir...—Guíame.— Su cuerpo fuerte está posicionado hacia la entrada de la casa, con un brazo extendido hacia delante mientras el otro se apoya ahora firmemente entre mis omóplatos, guiándome. —No soy una panadera profesional. Sólo lo hago por diversión. Así que no te hagas ilusiones.—Está bien. Mi madre horneaba. El terciopelo rojo es uno de esos pasteles, la gente lo ama o lo odia. A mí me encanta. Es bastante divisivo, en lo que respecta a los productos horneados. —Me doy la vuelta. —Oh, hombre, la mía nunca podrá estar a la altura de la tarta de una madre. —No estés tan segura.—Sus labios se levantan sólo un poco en un lado, un destello de esos dientes blancos perfectamente imperfectos, y yo busco en mi bolso y tanteo mis llaves. Ascendemos y vuelvo la cabeza para ver sus ojos clavados en mi culo. —Ten cuidado en el siguiente paso.— Asiento con la cabeza dando golpecitos con el pie derecho en el punto suelto. —Quédate a la izquierda. El centro está roto.—Tu casero tiene que arreglarlo.— Su voz se inclina hacia la ira. —Lo sé. Se lo dije. Como cinco veces.—Maximo gruñe cuando llegamos a lo alto de la escalera y yo introduzco las llaves en las tres cerraduras y abro la puerta.
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