Pov Maximo
Una furia posesiva me hace apretar la mandíbula. Las sienes me laten con una especie de agonía que no había sentido antes.
Mía. Mía. Mía.
Escudriño la barra mientras uno de los miembros del grupo de Houston se ríe y acaricia el cuello de su par de prostitutas. Lo sorprendo deslizando una mano por la falda de una de ellas, y el disgusto me hace apartar la vista.
Me da vergüenza estar rodeado de estos cabrones. Todos ellos llevando anillos de boda. A los cuarenta y un años, nunca me he casado. Ni siquiera me he acercado.
Tengo casas en Manhattan, Grecia, una isla privada frente a la costa de Gran Caimán y una monstruosidad de casa que construí para sorprender a mis padres en Cleveland, donde crecí. Sin embargo, se negaron a mudarse a ella, estaban más que cómodos en el pequeño camper que compraron juntos justo después de casarse. Así que ahí está, vacía, excepto cuando la visito.
Paso la mayor parte de mi tiempo aquí en Manhattan dirigiendo mis negocios desde varias oficinas en la ciudad.
Sé que mucha gente en mis círculos sociales piensa que soy un mujeriego. Un prostituto, como he oído llamarlo. No me molesto en corregirlos. Me importa una mierda lo que la gente piense, me importa ganar. Ganar dinero. Sobre llegar a la cima.
Me he roto el culo para llegar a donde estoy. No nací con una cuchara de plata en la boca. Era de acero inoxidable, y bastante fina. Mis padres, por muy adoptivos que sean, fueron estupendos y me enseñaron a trabajar duro.
Así que eso es lo que hice. He trabajado muy duro para conseguir todo lo que tengo.
¿Quién sabe cómo habría sido mi vida si mi madre biológica no me hubiera dejado en un cesto de la ropa sucia en el centro de caridad católico? No me entretengo, pero estoy seguro de que si alguna vez me molestara en hacer terapia, habría bastantes sesiones sobre los problemas de abandono que me han llevado a no poder encariñarme con la mayoría de los humanos.
Durante el día, formo parte del consejo de administración de varias empresas de la lista Fortune 500. También soy el director general de mi empresa de inversión de capital riesgo "la primera que fundé". Pero a pesar de todo mi éxito, he mantenido un perfil bajo. No me gustan las entrevistas, la compra de franquicias deportivas, las salidas nocturnas llamativas, los coches rápidos ni nada que llame la atención.
Ya llamo bastante la atención con mi tamaño. Mide 1,90 metros y tengo la complexión de uno de esos competidores nórdicos de fuerza, con una cara que nunca adornaría la portada de GQ. Supongo que soy desagradable a mi manera, y me gusta que sea así.
El trabajo es mi droga. Ha sido mi esposa, mi amante y mi propósito, y hasta los últimos años había llegado a aceptar que sería así para siempre.
Luego, a medida que me llegaba un éxito tras otro, mi pasión por el trabajo disminuyó.
Así que me estoy aventurando en un ámbito filantrópico más serio. Estoy creando una organización que gestiona microcréditos y tutorías para los propietarios de pequeñas empresas. Y, para ser sincero, sobre todo a mujeres.
Es nuevo, pero tengo mi nueva oficina instalada en uno de los edificios de mi propiedad, que también alberga una empresa de relaciones públicas y marketing que está bajo el ala de mi organización de capital riesgo, y siento que una vez más estoy encontrando mi ritmo.
Ya veremos.
—Esta noche estás deprimido, Max.— Una voz se interpone en mis pensamientos, poniéndome los dientes de punta con el tono demasiado familiar y el apodo presuntuoso. —¿Sabes lo que necesitas?—Levanto una ceja a Rolando Owens, el mayor responsable del grupo de Houston. Es un joven de veinticinco años con mucho poder que nunca ha tenido que mover un dedo para ganarse la vida. Un hijo de un heredero de la industria naval que siempre ha tenido lo que necesitaba en su regazo. No le envidio el privilegio con el que nació, pero me alegro de no ser como él.
—Maldita sea.— Mi frustración va en aumento. Dejo el vaso de golpe en la barra y Rolando me dedica una sonrisa divertida.
—¿Pasa algo?— Se burla dando un sorbo a su bebida mirándome.
Miro a cada uno de los responsables de Houston y sacudo la cabeza. —Voy a dar por terminada la noche, señores.— Ya les he dado más de cuatro minutos, y está claro que nadie más que yo quiere hablar de negocios.
—¡Acabamos de empezar!— Roland me mira como si yo fuera el padre que arruina la fiesta.
Una de las acompañantes se ríe mientras desliza una mano por el cuello de su vestido. Desvío la mirada. Tengo la tentación de darle un puñetazo en la cara.
—Que tengáis todos una buena noche,— termino, mis ojos ya escudriñan a la multitud.
Francisco debe notar el tic furioso de mi mandíbula, porque se apresura a interponerse entre nosotros. —Maximo tiene una loca reunión a primera hora de la mañana con unos inversores de Japón.—Ya no me importa una mierda. La mentira servirá. —Espero que ustedes, caballeros, puedan llegar a un acuerdo. Manténgame al tanto.
Con eso, giro sobre mi talón y miro a través de la multitud, buscando....
—¿Dónde estás, pequeña?— Susurro con los dientes apretados, mis ojos recorren la habitación.
Nada.
Busco a la rubia pechugona que se la llevó a rastras, pero de nuevo, nada.
Me dirijo hacia la barra abriéndome paso entre la gente sin disculparme. Parecía amigable con el camarero, así que quiero preguntarle si sabe algo. En la barra, llamo su atención con un billete de cien dólares entre los dedos.
—¿Qué puedo ofrecerte?— Se acerca inclinándose.
—La morena de antes. ¿Soda Club, sin hielo, con limón? Vestido rosado...—Asiente con la cabeza. —¿Sí?
—¿La conoces?— Me da un encogimiento de hombros casual. —En realidad no. Sólo su bebida. Viene con el mismo grupo un par de veces a la semana.
—¿No sabes su nombre? ¿Algo sobre ella?.
—En realidad no. Sin embargo, la he visto salir patinando por la puerta principal hace unos minutos. No suele trasnochar. No estoy seguro de dónde ha ido el resto de su equipo.— Levanta la cabeza por encima de la multitud. —Su mesa está vacía.
—Gracias.— Empujo el dinero a través de la barra y me giro hacia la puerta principal.
Encontraré la manera de volver a verla. Tengo un investigador privado que empleo. Él sabrá dónde indagar. Hay cámaras aquí en el bar. Le daré un presupuesto ilimitado para que pague a quien sea necesario para conseguir una filmación de ella. Luego, haga una búsqueda inversa de su imagen en cualquier software de reconocimiento facial que tengamos o podamos comprar. Pasaré el resto de mi vida buscando esos ojos verdes.
Me adentro en la cálida noche. El olor neoyorquino del tubo de escape de los coches y de la agria alcantarilla me resulta familiar, alejando lo último de su dulce aroma. Mi chófer, Simon, se para en la acera y mantiene la puerta abierta cuando me ve.
Le asiento con la cabeza, mi forma silenciosa de darle las gracias mientras escucho el crujido de mis dientes al morder con frustración. Me deslizo por el asiento trasero mientras él cierra la puerta desabrochando el botón de mi chaqueta de traje.
Oigo cómo se cierra la puerta del conductor mientras abro la mininevera y saco una botella de agua. La limusina avanza acelerando hacia el tráfico mientras yo desenrosco el tapón, dispuesto a ahogar mis penas en lo más parecido a una ducha fría en estos momentos.
Antes de que pueda llevarme la botella a la boca, recibo una sacudida de líquido frío y un sonido metálico que cruje cuando la limusina da una fuerte sacudida y se detiene. Me tambaleo en el asiento y el agua apenas pasa por encima de mis pantalones y cae al suelo.
—¡Joder!—
—¿Está usted bien, señor?— Simon baja el cristal de privacidad y me mira con preocupación.
Me asomo por los cristales tintados. —Estoy ileso, ¿y tú?— —Yo también estoy bien, señor.— Abro la puerta de mi coche. Fuera de la limusina, observo el viejo Honda rojo que está arrugado de cabeza en la esquina del lado del pasajero trasero de la limusina.
Miro los daños y luego el Honda. El conductor sale tambaleándose, prácticamente cayendo al suelo.Cuando levanta la vista hacia mí, mi miedo a que esté herido se convierte en ira. Tiene los ojos inyectados en sangre. Intenta estabilizarse contra su coche.
—Estás jodidamente borracho,— meneo la cabeza, el asco me invade. —Podrías haber matado a alguien.—Se agarra a la manilla de la puerta del conductor del Honda y se sostiene.
Y es entonces cuando la veo.
Se me hace un nudo en la garganta. La sangre sale disparada de mis extremidades para compensar los latidos erráticos de mi corazón. Me abro paso junto al conductor y abro de un tirón la puerta trasera del Honda.
Ahí está ella. Agarrándose la cabeza.
Joder. Está herida.
Si está lesionada, le romperé la columna a ese conductor sobre mi rodilla. No verá la mañana. Keyla me mira con los ojos muy abiertos y confusos cuando le cojo la mano libre, y el zumbido y la emoción me inundan de nuevo. Está temblando.
La subo y la saco del coche, y ella se apoya en mi brazo.
Ahora se siente mucho más pequeña. Quiero estrecharla contra mi pecho. Se me contrae la garganta mientras una sensación de calor se enrolla alrededor de mi hasta ahora insensible corazón. Temía que se hubiera atrofiado por años de mal uso y negligencia.
Sin embargo, aquí está. En mi corazón. En mis brazos.
Sus tetas se aplastan contra mi pecho. Ella se apoya en mí, confiando en que la sostengo, y en ese momento juro que nunca romperé esa confianza.
Acaricio el costado de su frente. —¿Estás bien, pequeña?—Mi voz parece centrarla. Se aparta de mí para ponerse recta, alisando su vestido sobre las caderas, y no puedo creer que la haya llamado pequeña. Esas palabras nunca habían tocado mis labios, pero ahora que lo han hecho, le pertenecen a ella.
El conductor ebrio de Keyla se apoya en el coche, tratando de no dormitar.
—Simon,— digo bruscamente y él hace un gesto con la cabeza en mi dirección. —Llama al 911. Policía y médico. Tiene que ir al hospital.—
—No lo hago,— le responde Keyla siseando, poniendo cara de circunstancias. —Estoy bien.—Vuelvo a mirar a Clancy. —Entonces llama al doctor Oliver. Dile que se reúna con nosotros en el Hospital.—Simon asiente, con el teléfono ya en la oreja.
Intento controlar la rabia que se acumula como una olla a presión dentro de mí.
—Tu amigo está borracho,— exclamo, queriendo matarlo por ponerla en peligro, y luego queriendo volver a matarlo por estar cerca de ella.
Se gira hacia el conductor, con los ojos muy abiertos. —No es un amigo. Es un taxi.— Un momento de alivio me permite respirar, sabiendo que ella no se iba a ir con este pedazo de mierda, pero dura poco cuando él abre la boca.
—No estoy borracho, imbécil.— Se frota la cara con ambas manos. —¡Has salido de la nada con ese puto coche fúnebre!— Su voz es gruesa, las palabras arrastradas.
Llevo mi puño hacia atrás y se lo clavo en la cara al mierdecilla, rompiéndole la nariz, la sangre le salpica y le corre por los labios y por la barbilla goteando de los tres pelos que hay allí imitando una barba.
—¡Jesucristo!— Chilla, tambaleándose hacia atrás. —¿Qué carajo, hombre?—Keyla está a mi lado, poniendo sus manos en mi brazo. —Detente. Te arrestarán... entonces tendrás que irte.—Sus palabras me estrujan el corazón. Ella me quiere aquí, y es lo único que me impide golpear al imbécil contra el asfalto.
—Parece que se golpeó la nariz con el volante.— Simon levanta las cejas mientras se acerca a mi lado izquierdo. —Estaba sangrando cuando salió del coche. La policía, los bomberos y el servicio de emergencias están de camino y el doctor Oliver le esperará en el hospital.
—No voy a ir al hospital,— interviene Keyla, con la voz tensa. —Estoy bien, en primer lugar. Y segundo, no tengo seguro, así que es estúpido ir cuando estoy bien.
—Vas a ir y no necesitas un seguro,— respondo, viendo el conflicto en sus brillantes ojos verde pradera. —Vas a ir. Yo pago. Se acabó.
—Soy capaz de tomar decisiones por mí misma, ya sabes.—Es bueno saberlo,— respondo. —Pero ahora mismo, no lo eres.—Veo cómo sus perfectos labios rosados se tensan mientras medita una respuesta.
Ella responde, pero en lugar de usar palabras, arruga la nariz y saca la lengua. Mi reacción es que la erección contra la que he estado luchando desde que la vi, me hace un hueco en la parte delantera del pantalón.
Ya puedo decir que esta dulce y jodidamente joven belleza va a sacar a la luz esas partes de mí que he intentado mantener ocultas durante tanto tiempo.
Espero que esté preparada, porque sé que yo lo estoy.