Susto

1923 Words
Pov Maximo —Simon está trayendo el coche. Te llevaré a casa.— No le doy ninguna opción. Mi médico personal le ha dado el visto bueno. Llevamos dos horas en el hospital mientras él la revisa, bajo mi supervisión, por supuesto. Hice unos putos ejercicios de respiración profunda mientras la examinaba, porque aunque la parte lógica de mí sabía que tenía que tocarla para cuidarla, seguía queriendo arrancarle la tráquea con los dientes. Pero hizo lo que necesitaba que hiciera, incluyendo una gammagrafía y una resonancia magnética para estar seguro. Incluso con la horrible bata de hospital que lleva, Keyla es lo más bonito que he visto nunca. Agarra la parte superior de la sábana con sus pequeños puños mientras mira sus pies moviéndose bajo la ropa de cama y responde, —No quiero imponerme.— —No hay nada en ti que pueda imponerse.— Sus dientes le cortan el labio inferior y mi corazón golpea con fuerza contra mi caja torácica, amenazando con salirse. Quiero ser yo quien muerda esos labios. Quiero ser el que lama cada centímetro de ese cuerpo hasta que se olvide cada escozor. Quiero saborearla, inhalar su aroma, y luego enterrar mi cara entre sus muslos apretados para beber su dulce néctar directamente del grifo. Mi polla se estremece, dura y atrapada en la pernera izquierda de mis pantalones. —Está bien. Es que necesito vestirme...— Mira su ropa, que he colocado en el pequeño medio sofá de la habitación privada en la que insistí. —¿Qué te detiene?— Juego, queriendo ver ese inocente rubor madurar en sus mejillas. Me recompensa con un profundo carmesí cuando ella inclina la cabeza hacia un lado, mientras yo me apoyo en la pared, inmóvil, reflexionando sobre si debo darme la vuelta, salir de la habitación o simplemente ver lo que hace. —Nada, supongo,— responde finalmente, echando las sábanas hacia atrás y balanceando las piernas fuera del costado de la cama, de pie con un destello de desafío en los ojos. —Buena chica,— le respondo, con sus ojos verdes ardientes clavados en los míos. Nunca había dicho esas palabras. He soñado con ello, he fantaseado con ello, pero aquí con Keyla se siente perfecto. —¿Quieres que me dé la vuelta?— Pregunto. Por mucho que quiera ver cada centímetro de ella, desenvolver este regalo es algo por lo que estoy dispuesto a esperar. Ella asiente. —Sí, por favor.— Sus ojos siguen en los míos y es como arrancar un m*****o cuando rompo nuestra conexión y me giro para mirar a la pared. —Gracias.— Su voz me hace vibrar por dentro y mi polla se niega a comportarse mientras miro el papel tapiz, contando los pequeños puntos que componen el patrón abstracto azul claro, intentando mantenerme bajo control. Escucho el sonido de la tela al crujir, apretando la mandíbula mientras sigo contando. —De acuerdo.— Su voz finalmente me libera de mi prisión de papel tapiz. —Puedes darte la vuelta.—Cuando lo hago, ella se adelanta y se detiene unos centímetros delante de mí, luego se da la vuelta y el control que he reunido casi se rompe. Utilizó la fuerza de voluntad que me queda para evitar que el semen salga disparado como un rayo de mis pelotas. —¿Puedes subirme la cremallera?— Joooooodeme. Acabo de tocar el jazz en mis pantalones un poco. El vestido está abierto por la espalda, exponiendo la carne que pide mi marca y confirmando lo que supuse antes cuando la vi por primera vez: no lleva sujetador. Arrastro el dorso de mis dedos por la hendidura de su columna vertebral y ella se detiene a medio respirar. Se me pone la piel de gallina al tocarla, y nunca antes había pensado en la espalda de una mujer como una obra maestra. Tan sencilla. Tan perfecta. Se tensa al tirar de la cremallera. Siento una sensación de pérdida cuando la tela se cierra, la vista de su piel me es arrebatada demasiado pronto. —Gracias.— Su voz es un poco sin aliento cuando terminó, volviéndose con una sonrisa insegura mientras se acerca y recoge su bolso de lona a rayas rosas y verdes. —Supongo que estoy lista.— Sus ojos se dirigen a los míos y luego a la puerta de la habitación del hospital. —Yo también,— respondo, sabiendo que no sólo estoy listo para que salgamos de esta habitación. Estoy listo para mucho más. Unos minutos más tarde, estamos fuera, y Simon sale de la puerta del conductor del coche justo a tiempo, pero le hago un gesto para que se aparte. A partir de ahora seré yo quien le abra la puerta, ni siquiera quiero que mi chófer le haga cosas que yo pueda hacer. Quiero hacerlo todo yo. Al verla deslizarse en el asiento trasero, vuelvo a disfrutar de lo pequeña que es a su manera. Crecida, pero no del todo. Tan perfecta. Quiero cuidarla y protegerla. Enseñarla. Guiarla. Ser su mayor defensor y su ancla. Quiero mantenerla a salvo, poner el mundo a sus pies. Mientras cierro la puerta y camino alrededor del coche, las estrellas son más brillantes de lo que recuerdo. Joder. Ya la echo de menos, y solo han pasado como diez segundos. Cuando me deslizo en el asiento de al lado, me mira con un brillo en los ojos que avergüenza a todas las estrellas. Me acerco a ella y le pongo el cinturón de seguridad en su sitio, encajándolo en la hebilla. —¿Crees que necesito un cinturón de seguridad en la parte trasera de una limusina?— —Nueva regla, si estás en un coche que se mueve, siempre llevarás el cinturón de seguridad.—Mis ojos se posan en la hinchazón de sus tetas y salivo ante la idea de metérmelas en la boca. Admiro su perfil a la luz de la calle. Su pelo brilla incluso en la oscuridad, con ondas oscuras despeinadas que le rozan los hombros y un suave flequillo que le enmarca la cara, y sus ojos verdes añaden un toque de color a esa piel tan pálida. Las pecas que adornan su naricita necesitan ser apreciadas, besadas y amadas, cada una de ellas. Estoy destinado a ser el que tenga el honor de dar a esas pecas doradas el amor y la adoración que merecen. Estoy enamorado y esa no es una palabra que creo haber entendido antes de ella. Ciertamente no es una palabra que yo hubiera utilizado. —¿Cuál es tu dirección?— Ladro, con mi habitual carácter exigente difícil de frenar. —¿Perdón?— Se sobresalta, luego se recupera. —Oh, sí, tienes que llevarme a casa. Una dirección ayudaría... 3245 West Argyle.—¿Bronx?—Ella asiente con la cabeza mientras la tensión crece en mi interior. Ella vive demasiado lejos y esa zona no es lo suficientemente segura. No para Keyla. —¿Lo tienes, Simon?—Asiente con la cabeza mientras me aclaro la garganta, tratando de frenar el filo de mi voz. —Cuando te perdí en el bar... pensé que no volvería a verte. Ahora, tengo tu dirección. Puedo encontrarte cuando quiera.—Hace una pausa. —¿Y cómo te hizo sentir eso? ¿Pensar que tal vez nunca me vuelvas a ver?—Enfurecido. —Vaya.— Suelta una pequeña carcajada. —Espeluznante.—Ahora, podré vigilarte.— —Más espeluznante. Súper.—Su voz tiene un tono especial y, junto con la forma en que está acurrucada en su asiento, no puedo evitar la sensación de haber encontrado lo que nunca pensé que encontraría. Pulso el botón y cierro la pantalla de privacidad mientras el coche se pone en marcha. —¿Eres de Nueva York? ¿Vives sola o con familia?—Le sorprende de nuevo el tono de mi voz, pero responde. —No. Sólo estoy aquí por el verano antes de empezar la escuela en el otoño.— —¿Dónde estará la escuela?. —Sólo una pequeña universidad local donde vive mi padre. Morgantown, Virginia Occidental.— —Vaya. Estás muy lejos de casa.—Se encoge de hombros. —Estoy muy lejos de nuncajamas. No lo llamaría realmente mi hogar. —¿Por qué?— Odio la tristeza que inclina sus palabras. —No lo sé. Me fui a vivir con mi padre cuando tenía doce años. Antes de eso, ni siquiera lo conocía realmente. Mi madre murió, así que... me fui al pueblo de papa. Antes de eso, vivía en el norte, en Michigan. Houghton. Donde es invierno diez meses del año. Eso se siente más como un hogar. Me aplasta el corazón con su sonrisa forzada. Quiero saber más, quiero arreglarlo todo, pero ahora no es el momento, así que cambio de tema. —¿Y qué haces para divertirte?— No sólo pregunto, exijo, y necesito controlarme antes de asustarla. Quiero saberlo todo, inmediatamente, y no sé qué es la paciencia en este momento. Ella reprime una risa entre los labios cerrados. El sonido hace que mi polla se retuerza contra la pegajosa mancha de semen dentro de mis boxers. —¿Qué es lo gracioso?— —Tú. Estás haciendo preguntas normales y corrientes. Pero tu tono es...— Mueve la cabeza de lado a lado. —¿Duro?— Supongo. —Más bien un interrogatorio. Solo esperando que comience la luz blanca y el abordaje de agua.—Me resisto a sonreír y miro por la ventana. No estoy acostumbrado a reírme de las burlas puntuales de las chicas de la mitad de mi edad. Pero nunca he disfrutado tanto en compañía de una mujer. La mayoría de las mujeres de mi pasado se aseguran de estar de acuerdo con todo lo que sale de mi boca. Hacen todo lo posible por complacerme, esforzándose hasta la extenuación con la esperanza de ser inolvidables. Se vuelven tan intensamente agradables que me dan asco. A cada paso, siempre me muestran su verdadero objetivo. Conseguir sus ganchos en mi cartera, no necesariamente en mí. No siento nada de eso viniendo de Keyla. —Así que... de nuevo pregunto...— Tratando de mantener la dureza fuera de mi voz. —¿Qué haces para divertirte?—Ella juguetea con sus manos, entrecerrando los ojos antes de responder. —Ummm, horneo. Entre otras cosas, pero esa es mi principal afición, supongo.— Joder. Ella hornea. Hay dos razones por las que su respuesta no hace más que alimentar mi ya encendida obsesión por ella. Uno, mi madre hornea. Y cuando digo mi madre, me refiero a la que me crió. La otra es la que me parió y no más. Es su pasión, su alegría. Sobre todo los pasteles, pero en realidad cualquier cosa. El recuerdo de haber comido a hurtadillas un trozo de su terciopelo rojo, una especialidad que perfeccionó y que todavía hornea para mí cuando tengo la oportunidad de visitarla, hace que se me haga la boca agua al recordarlo. Segundo, es tan jodidamente normal. La gente en mi mundo no hornea. Tienen personal que lo hace por ellos, o comen fuera todas las noches, o no comen en absoluto porque sus balances e informes diarios o mantenerse delgados como modelos son más importantes que la comida. Keyla no es como nadie en mi órbita. Me tiene cogido por las pelotas y por el corazón y con cada palabra, me aprieta las dos cosas.
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