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Isabella despertó realmente sorprendida cuando sintió un peso en el colchón que, al abrir los ojos, se dio cuenta de que era Cíen. El señor Spectrus había dormido a su lado, ella estaba sorprendida y aunque quisiera levantarse, no lo haría, en cambio se quedó mirando fijamente sus facciones, tan rudas y rectas que, en aquel estado de calma, parecía el rostro de un guerrero pacífico. Sus pestañas eran muy pobladas, más que las de ella, y a eso se desvió su atención, sus cejas eran delineadas y gruesas y tenían un perfecto arco en ellas, su nariz era pronunciada más no sobresaliente, encajaba a la perfección en su rostro donde su recta mandíbula se dibujaba y su barbilla cuadrada enmarcaba aquellos labios gruesos, delicados y pronunciados que tenía y que mantenían una mueca seria pero que, e

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