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Al día siguiente, Isabella fue despertada con un amplio menú repleto de dulce en el desayuno, y a las pastillas vitaminas que se le daban a diario se le añadieron dos más que parecían ser de colores. Ella preguntó qué eran y sólo le respondieron que era Vitamina C. Se recordó a sí misma preguntarle por aquello al señor y con extrañeza se preguntó si aquello también estaría en el documento. “Necesito una maldita copia” pensó. Era martes, día de semana. El señor Spectrus debía estar muy ocupado como para no desayunar junto a ella o al menos pasar a verla antes de irse, se regañó mentalmente por esperar cosas ficticias de él. Quería ilucionarse con algo que no iba para nada y con resignación hojeó uno de los tantos libros nuevos que, con sorpresa y un poco de vergüenza, descubrió eran única

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