Morgana recibió las noticias de Dante con una alegría incontenible. Nada le daba más placer que imaginar la sensación de impotencia que debía tener el Caído en ese momento. Sin embargo, no era momento de celebrar, todavía tenía unos últimos preparativos que hacer. —Dante, quiero que te encargues de preparar el Énix. Nadie puede hacerlo excepto tú. —No me tienes que halagar, Morgana —dijo Dante con una sonrisa—. Este juego tuyo ha sido tan divertido que quiero ver cómo acaba. Morgana le devolvió la sonrisa y lo observó alejarse. Empezó a caminar hacia los aposentos de Voltar y Árides. No le molestaba para nada actuar de mensajera, puesto que también quería ver la expresión idiota de Voltar cuando supiera que, como siempre, ella había tenido razón. Por fin llegó a las grandes y hermosas

