—Tu padre va a estar bien... Aunque... — dice la enfermera Karla con preocupación.
—¿Qué? ¿Qué es? —pregunto con los brazos cruzados y desesperación.
—Me molesta que esté tan solo aquí. Trabajas nueve horas al día y todas esas horas él las pasa aquí, sintiendo lástima por sí mismo. Leah, el ataque que tuvo hoy y su enfermedad están vinculados a sus nervios y los nervios están vinculados a las emociones. De verdad creo que le ayudaría tener a alguien que lo entretenga aquí.
—Le he estado hablando de eso, pero se niega. Es muy necio a veces.
Ella asiente, mordiéndose el labio.
—Ya no se quejará más. Aceptará a cualquier persona que elijas, me asegure de ello.
Frunzo el ceño inclinando mi cabeza hacia un lado.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque hable con él. De hecho, lo amenacé.
Mis ojos se abren con sorpresa y hasta diversión.
—¿Amenazaste a mi padre? ¿A Caesar Van De Plasse? ¿Y te ha escuchado? —pregunto a punto de echarme a reír.
Ella se encoge de hombros con una sonrisa en los ojos.
—Y él escuchó. Es un hombre orgulloso, Leah. Ha sido un jefe durante la mayor parte de su vida ... estar tan enfermo de forma tan repentina ... es difícil, pero está dispuesto a hacer algo para mejorar su situación.
Asiento, caminando de un lado a otro. Bien, bien. Esto es bueno. ¡Esa es una muy buena noticia!
Ahora, tengo que encontrar a la mujer adecuada. Una que puede manejar los cambios de humor de papá, pero también alguien que sea divertida y comprensiva y que pueda hacerle ver que, a pesar de su enfermedad, la vida continúa.
—¡Tu! —grito, haciéndola saltar del susto —perdón por asustarte, pero es que eres perfecta. Te escucha y le gustas y.… espero que también te guste. ¿Puedes por favor decir que sí para que no tenga que pasar por el casting de enfermeros y escuchar a mi padre decirles que no a todos? ¡Por favor! Te pagaré lo que quieras. — musito privada de sueño. Es la una de la mañana, tengo que levantarme en cuatro horas.
Karla me mira, luego a la habitación de mi papá y luego a mí otra vez. Pongo mi mejor mirada de ''por favor, ayúdame o de lo contrario lloraré”, para que diga que sí, pero veo más que confusión en sus ojos. Veo miedo.
—Bueno. Trabajaré para ti.
Dejo salir un suspiro desde el estómago y asiento.
La acompaño a la puerta y luego regreso a mi habitación. La computadora portátil está en el medio de la cama, justo donde la dejé, con el texto no escrito. Me avergüenza decir que estaba a punto de decirle algo ingenioso, pero en lugar de eso solo respondo:
''Como CEO de su propia compañía, creo que puede entender que necesitamos dormir. Sí, si hay una razón por la que esperé hasta esta noche para escribirle, pero le prometo, no es para nada interesante, pero si aún quiere saberlo cuando amanezca para ambos, entonces cuando nos veamos cara a cara, responderé lo que quiera que yo responda. Buenas noches, señor Bianchi.
Leah Van De Plasse CEO de Van De Allure.''
Cierro mi portátil y me tiro en la cama, sin siquiera quitarme la bata y seguir con la ropa interior de Gian Bianchi puesta.
—¡Leaaaaaaaah! —Alguien grita en mi oído despertándome con un pequeño ataque de pánico. Ruedo en el borde de la cama, abriendo los ojos de par en par y con un grito silencioso. Estoy enredada en las sábanas, así que no puedo usar mis pies o brazos para evitar que pierda el equilibrio, caiga de la cama y aterrice en sobre mi culo, pero mi cabeza también recibe un golpe.
Lucho con la sabana hasta que logro quitarla de mi rostro y encuentro a la dueña del grito, al revés. Lleva un vestido de seda rosa y maquillaje muy dramático. Su cabello está amarrado en una cola que caballo y sus ojos azules brillan más hoy que cualquier otro día.
—Erin, pero ¡¿qué es lo que haces?! —le grito, exasperada y con el corazón a mil.
—¡Despertándote! ¿Has olvidado que día es hoy y quien visitara nuestra oficina en tan solo unas horas? —pregunta con las manos en la cintura.
—¿Quién te ha dejado entrar?
—El portero, ya me conoce y siempre dejas la puerta sin seguro.
—Yo ya tenía una alarma programada, Erin. ¿Qué? Haces.? — pregunto entre dientes. ¡Pude haber muerto o algo!
—Pues, soy tu nueva asistente, Lee. Tengo que prepararte.
—¿Eso significa que vas a despertarme todos los malditos días de un grito? — Finge pensarlo.
—Solo los días importantes.
—¡Estás despedida! —Susurro en un gruñido, levantándome del suelo, dejando las sabanas en el suelo.
—Leah, no seas irracional. No puedes despedirme. Tenemos mucho que hacer, ¡Mira tu cabello!
Tomo mi teléfono del mostrador para ver la hora. 4:58 a.m. No veo el pequeño reloj que aparece en la pantalla cuando si programo el despertador y es allí cuando recuerdo que nunca activé el despertador porque caí como muerta en la cama hace horas. Así que... tal vez debería agradecerle a Erin que me haya despertado porque si no lo hubiera hecho, todavía estaría en el sexto plano del reino del sueño... pero no lo haré.
Visito a papá. Ya sé que es muy temprano, pero todas las mañanas antes de irme visito a papá para darle un beso en la frente. El me desea un buen día en la oficina. Me recuerda que mi madre estaría orgullosa. Es casi una rutina. Si no beso la frente de mi padre antes de salir de casa, siento que algo irá mal. Cuando entro en la habitación, encuentro a papá boca abajo, con la cara hacia la ventana. Todavía está oscuro afuera, pero la tenue luz de la luna ilumina el cuarto y su rostro como una lámpara.
Me siento a su lado, con cuidado.
—¿Papá? —llamó su atención, acariciando su cabello. Papá responde a mi voz casi de inmediato, y abre sus enormes ojos. En sus labios crece una sonrisa, y frota sus ojos con sus manos para verme mejor.
—Buenos días, muñeca. ¿Estás lista para hoy?
—Eso creo, pero estoy más nerviosa porque papá, Gian Bianchi nos visitará hoy
Los ojos de papa se abren de par en par e intenta sentarse, pero yo lo detengo colocando una mano en la suya y negando con la cabeza.
—Tranquilo, papá. No tienes que levantarte y tampoco tienes que preocuparte por nada, por favor.
—Pero, hija mía. Si no estoy preocupado, ¡Estoy emocionado! ¿Cómo estás?
Suspiro, mirando por la ventana a la ciudad que despierta, y luego a la pintura de mi madre que descansa en la pared frente a la cama de mi padre.
—Ella sabría exactamente qué hacer y cuándo hacerlo, me temo que tal vez no sea lo suficientemente buena y termine arruinando todo...
Una ballena se sienta en mi pecho mientras las lágrimas comienzan a formarse en mis ojos. Papá deja escapar una risita y niega con la cabeza; luego toma asiento en su cama, se recuesta en ella y me invita a sentarme a su lado. Cuando lo hago, coloco mi cabeza sobre su hombro e inhalo su familiar olor a jabón y jazmín.
—Eres idéntica a ella. Ninguna de las dos podía ver el potencial en ustedes mismas como los demás lo hacían, siempre dudando y preocupándose. Incluso después de un gran éxito de ventas, tu madre se preocupaba y esa es una de las muchas razones por las que la amaba tanto; su dedicación, pero esa fue también una de las razones por la que la perdimos. Demasiada preocupación y estrés pueden acabar con una persona. No tienes nada de qué preocuparte; vas a llevar la innovación al sueño de tu madre. Ya lo estás haciendo y la gente empieza a ver, es por eso que Gian Bianchi viene a vernos. Mantuve vivo el sueño de tu madre vivo todo lo que pude, pero eras tú quien debía seguir adelante con él. Solo tienes que creer que puedes y no dejar que el miedo te ahogue.
Suspiro, sintiéndome como la persona más afortunada del mundo.
—No sé qué haría sin ti.
Mi papá es la luz de mi vida, el que me enseñó qué es realmente el amor, cómo debería sentirse. Extraño tanto a mamá que a veces me duele incluso respirar. Si no estuviera tan ocupada todo el tiempo, pasaría todo el día llorando su ausencia y sintiendo pena por la enfermedad de mi padre, pero de alguna manera, trabajar me hace sentir mucho más cerca de mi madre que cualquier otra cosa, incluso una foto.
—Y nunca lo descubrirás. Ahora, vamos. Tienes que estar lista e irte antes de las siete — besa mi frente — no necesitas buena suerte, muñeca. Lo harás bien.
Me levanto de la cama sin querer dejarlo. Extraño tanto pasar tiempo con él.
—Tu nueva enfermera vendrá justo después de que me vaya. Compórtate, sé bueno.
Papa frunce el ceño y se cruza de hombros. Le doy una mirada severa y él asiente.
Regreso a mi habitación y encuentro a Erin usando mi computadora portátil con una mirada maliciosa en sus ojos. Frunzo el ceño, preocupada.
—¿Qué estás haciendo?
—Oh, nada. Solo leyendo los correos electrónicos entre tú y el señor Bianchi. Amiga, eso es coqueteo.
—No trates de leer demasiado entre líneas, eso es lo que hacen los hombres. Especialmente, si son tan poderosos y ricos como él.
Ella asiente, jugando con su pelo.
—Es cierto, pero se siente un poco demasiado juguetón. Y, por cierto, ya fui a través de tu armario. Elegí un vestido Dior color rosa de manga larga, hecho de lana y seda y los tacones del mismo color.
Hago una mueca de disgusto.
—Alan me dio esos zapatos.
—¿Y? ¿Eso significa que nunca los usarás? Hoy es importante.
—Erin, amor, entiéndeme. No quiero darle falsas esperanzas. Volveré a nuestro apartamento esta noche y si me ve usando esto, podría darle una idea equivocada.
—Bien, usa zapatos blancos entonces. Algo que te haga lucir bonita y poderosa, porque lo eres.
Le lanzo un beso volador y me meto al baño con mi vestido esperando afuera. Mientras me baño, empiezo a pensar en él de nuevo, no puedo tocar mi cuerpo sin pensar en él, pero me regaño. Hoy no hay tiempo para fantasear.
Una vez estoy fuera, Erin ya tiene la plancha de cabello lista, así que solo tengo que sentarme frente a mi espejo y dejar que haga su magia.
—El contrato de confidencialidad de Gian llegó a través del correo ayer, todos firmaron menos tú.
Mierda. Mierda. Mierda. Si no lo firmo, no podré verlo. ¿Cómo diablos funcionaría eso?
—Por favor, dime que lo has traído contigo.
—Por supuesto que lo traje. ¿Eres nueva? ¿No me conoces?
—Dios mío, eres perfecta. Te llevaré a cenar esta noche.
Ella se ríe y guiña un ojo. Una vez que ha terminado de dar ondas a mi cabello y lo hace brillar, saca los papeles de su bolso y no leo nada. Sé que se supone que debo hacerlo, pero no hay tiempo. Son casi las 6:30 a.m., todavía estoy atascada en casa y ni siquiera me he maquillado. Le pregunto a Erin dónde tengo que firmar y se lo devuelvo, luego corro al baño para hacer que mi rostro se vea decente. Tapa-poros, base, iluminador, bronceador, rubor, sombra de ojos color rosa, delineador, mascara, brillo de labios y veinte minutos de espera, estoy lista.
— ¡Vamos!
—¿Qué? ¿No vas a desayunar? —Pregunta, robando un poco de mi perfume.
—No hay tiempo. Tengo que asegurarme de que todo se vea perfecto en la oficina.
Ella asiente, me llevo las llaves de mi coche y salimos del departamento. Tengo la suerte de tener un Starbucks justo en el piso de nuestro apartamento, todos me conocen, así que tienen mis dos tazas de café listas, les pago y nos vamos. Mi estómago se va a quejar de beber tanta cafeína sin ningún alimento, pero pues que se queje todo lo que quiera, no importa. Hoy, nada importa más que Gian Bianchi, ni siquiera mi salud. Evitamos el tráfico y llegamos a la oficina a las 7: 02 am.
La oficina se ve más limpia de lo que nunca la he visto y, aunque quiero que Gian Bianchi se sienta bienvenido e importante, no quiero que se sienta demasiado importante. No quiero que sienta que necesitamos que él y su marca de lencería nos ayude a resurgir. Eso es lo que necesitamos, pero no puedo dejar que sienta que está haciendo una obra de caridad al trabajar con nosotros. Como CEOS, Gian y yo deberíamos sentirnos iguales, sin importar qué tan lejos esté eso de la verdad.
La primera en saludarme es mi diseñadora de lencería de alta costura. Ella grita y viene corriendo hacia mí y yo corro hacia ella hasta que terminamos en un abrazo asfixiante. Estaba de vacaciones en Bali, en realidad, sigue estando de vacaciones regresa a trabajar hasta mañana, pero seguro ha venido para brindarme apoyo. Es la diseñadora más antigua de nuestra humilde compañía; trabajó para mi madre por pura pasión y creencia, y hoy oscila su nuevo color de cabello este mes. Su cabello de marzo se ve liso y muy, muy azul y hace contraste con sus ojos azules. Kalea es como una tía para mí y la única que creyó en mamá cuando nadie más lo hizo.
—Escuché por la recepcionista que el hombre está en camino. El lugar se ve increíble, Leah. Estoy muy orgullosa de ti —ella susurra en mi oído.
Dejamos de abrazarnos, pero ella no me suelta de los brazos
—¿Qué estás haciendo aquí? Aún tenías un día libre de toda esta locura y mi ansiedad e inseguridades.
Me calla con un movimiento de su muñeca.
—Me he acostumbrado a ellos, tanto, que no puedo estar sin ti durante más de unas pocas semanas. ¿O no recuerdas quién solía calmarte antes de que tuvieras que recitar alguna poesía frente al auditorio en la escuela?
Miro hacia abajo, recordando. El director de la escuela privada en la que estudié sabía exactamente quién era y en quién me iba a convertir, así que se centraron en ayudarme a superar mi miedo a hablar en público. Cada vez que teníamos un concurso de poesía u oratoria, siempre me elegían para hablar frente a las personas y odiaba que me obligaran a hacerlo, pero de adulta comencé a apreciarlo. Sin embargo, mis manos solían temblar, mi ritmo cardíaco se elevaba hasta el techo y sudaba mucho. Kalea no solo tiene talento para el diseño, también es sabe cantar, aunque, nunca le intereso hacerlo profesionalmente. Su voz es un poco ronca y aterciopelada. Sus falsetos son ligeros y dulces, y puede imitar perfectamente las voces de Christina Aguilera y Céline Dion.
Cuando mamá o papá no podían asistir al auditorio, ella se escapaba de la oficina a escondidas, ponía mis manos sobre las suyas detrás del escenario y me pedía que cantara con ella. Kalea solía decir que no hay nada tan liberador como cantar, no importa si tienes una voz perfecta o no. Cantar siempre mejoraba todo para ella, y luego para mí. Cuando tenía que recitar poesías, me daría una interpretación perfecta de "Feeling Good" de Nina Simone y para oratorias cantaría "Neon Moon" de Brooks & Dunn. Mis dos canciones favoritas de todos los tiempos.
—Creo que olvidaré mi propio nombre antes de que olvide quien estuvo conmigo cuando más necesitaba a alguien.
Ella acaricia mis brazos y luego me suelta.
—Sé que estás nerviosa y por eso estoy aquí; para decirte que no estás sola y sabes, si quieres cantar algo hasta que él llegue, podría arreglar eso.
Miro alrededor, buscando a Erin que ha desaparecido con mi última taza de café. La mataré si se la bebe.
Lo pienso, veo la hora: 7:22 a.m. y sonrío.
—Te he extrañado. Vamos a mi oficina.
Subimos las escaleras y saludamos a todos los demás, quienes parecen estar drogados por lo felices que se ven. Hay música de fondo, Jazz. Solo ponemos música cuando las modelos están aquí o cuando tenemos castings.
Cuando llegamos al cuarto piso, alias mi oficina, me detengo y la bilis me quema la garganta, amenazando con tocar mi lengua al verlo. Lleva un traje n***o con corbata roja y la sonrisa del mismísimo diablo. Se ha teñido de nuevo el pelo color n***o con la intención de cubrir su edad real. Él está sentado en mi oficina, en mi silla. La silla de mi madre, con las piernas sobre el escritorio como si perteneciera allí. Como si él fuera el dueño del lugar. Toda la paz y la sensación de seguridad con la que contaba, salen disparadas de mi cuerpo cuando recuerdo que soy una mera esclava de ese hombre y su dinero. Recuerdo con quién tuve que casarme y a quién se lo debo todo. A quién le debo que pueda seguir llamando a esta compañía mía.
—Buenos días, nuera. ¿Cómo estás?