No puedo estar lejos de ella
Alejandro
No podía estar lejos de Ella.
No era deseo solamente… era algo más primitivo, más oscuro, más peligroso. Como si mi cuerpo la reconociera antes que mi razón. Como si cada centímetro de mí supiera que ella me pertenecía… y yo a ella.
La vi salir del baño con el cabello húmedo, envuelta apenas en una bata ligera. El agua había dejado su piel brillante, tentadora, y el simple aroma de su jabón me nubló los pensamientos.
Dios… no.
Me acerqué sin pensar.
No pedí permiso.
No lo necesitaba.
La tomé de la cintura y la atraje hacia mí con un movimiento lento, seguro, posesivo. Ella inhaló con fuerza, sorprendida, y levantó el rostro para mirarme.
—Alejandro… —susurró.
Mi nombre en su boca era una condena.
—No te vayas —le dije en voz baja, casi contra sus labios—. No te alejes de mí.
La besé.
No fue un beso tierno.
Fue un beso cargado de hambre, de urgencia contenida, de todo lo que me estaba prohibiendo sentir. Mis labios reclamaron los suyos como si el mundo fuera a acabarse si no lo hacía.
Ella respondió.
Siempre respondía.
Sus manos se aferraron a mi camisa, arrugándola, como si también temiera perderme. La pegué más a mi cuerpo, necesitándola cerca, sintiendo su respiración acelerarse al ritmo de la mía.
—Alejandro… —volvió a decir—. ¿Qué te pasa?
La miré a los ojos.
—Me pasa que no sé cómo estar lejos de ti —admití—. Me pasa que te deseo incluso cuando intento odiarte.
Ella se estremeció.
Mis manos recorrieron su espalda, lenta y deliberadamente, marcando territorio, memorizándola. No era solo deseo… era posesión. Una necesidad feroz de tenerla cerca, de sentirla mía, de saber que estaba ahí.
—Eres mía —murmuré sin pensar.
Ella no se apartó.
No discutió.
No huyó.
Al contrario… se apoyó en mi pecho, como si esa frase la hubiera calmado.
—Y tú eres mío —respondió.
Ese fue el momento exacto en que supe que estaba perdido.
La levanté apenas y la senté en la orilla de la cama. Me quedé frente a ella, respirando fuerte, mirándola como si fuera la única cosa viva en el mundo.
—Me vuelves loco —le confesé—. No sé en qué momento dejé de resistirme… pero ya no puedo.
Ella deslizó los dedos por mi cuello, lento, provocador sin saberlo.
—Entonces no lo hagas —susurró—. No te resistas conmigo.
Cerré los ojos un segundo, apoyé la frente en la suya y la abracé con fuerza, como si así pudiera contener todo lo que sentía.
Pero no podía.
Porque entre el amor y el odio…
Ella ya había ganado.
⸻
Si quieres, el siguiente paso puede ser aún más peligroso:
Así transcurrió la luna de miel.
Yo era otro cuando estaba con ella.
No el hombre calculador, no el que medía cada palabra, no el que fingía control. Con Ella… todo eso desaparecía.
Con Ella, yo me perdía.
Las mañanas nos encontraban demasiado cerca, enredados, como si durante la noche hubiera intentado fundirme con su cuerpo para no volver a sentir el vacío. Despertaba con su respiración tibia contra mi cuello y una necesidad feroz apretándome el pecho.
No podía estar sin Ella.
No podía mantener distancia.
No podía conformarme con mirarla desde lejos.
La necesitaba conmigo. Dentro de mí. En mí.
Era como si mi cuerpo no entendiera otra forma de existir que no fuera pegado al suyo. Como si, al separarnos, algo esencial se rompiera. Me bastaba con verla caminar por la habitación, con la piel desnuda apenas cubierta por la luz del amanecer, para sentir cómo todo mi autocontrol se rendía.
Ella me cambiaba.
Me volvía más lento, más atento… pero también más posesivo. Mis manos siempre regresaban a su cintura, a su espalda, reclamándola sin palabras. No era ternura solamente. Era hambre. Era urgencia. Era miedo a perderla incluso teniéndola ahí.
—No me mires así —me decía a veces, sonriendo, sabiendo exactamente lo que provocaba.
Y yo no respondía.
Porque no sabía mentirle.
Cuando la tenía entre mis brazos, el mundo dejaba de existir. El tiempo se diluía. Las dudas se callaban. Solo quedaba esa necesidad constante de sentirla, de asegurarme de que era real, de que no iba a desaparecer cuando cerrara los ojos.
Yo no podía estar si no era dentro de Ella…
no físicamente solamente, sino en su espacio, en su aliento, en su presencia.
Y fue ahí, en medio de esa luna de miel perfecta y peligrosa, que entendí algo que no quise aceptar:
Ella no era solo mi esposa.
Era mi debilidad.
Mi refugio.
Y mi condena.
Entre el amor y el odio…
yo ya había cruzado una línea de la que no sabía volver.