Su primera vez.

794 Words
⸻ La tomé en mis brazos y, con una suavidad que no sabía que tenía, la deposité sobre la cama. La sentí temblar apenas, como si su cuerpo me estuviera confesando lo que su boca aún no podía decir. La besé. Al principio despacio, con amor contenido… pero el beso creció, se volvió más profundo, más urgente. Nos separamos solo para tomar aire, y entonces mis labios bajaron por su cuello, dejando besos lentos, marcando su piel, hasta llegar a su clavícula. Aparté con cuidado el camisón de seda y me quedé observándola, envuelta en esa pequeña bata que apenas lograba ocultarla. —¿Por qué me miras tanto? —preguntó, nerviosa. —Porque es la primera vez que te veo así… —le respondí con la voz baja—. Y eres una diosa. Ella se sonrojó y giró el rostro, como si no pudiera sostener mis ojos. Volví a besarla, esta vez con más decisión, mientras comenzaba a desvestirme. Su piel era suave, tibia, perfecta. Intenté detenerme, lo juro… pero no pude. No cuando lo único que deseaba era hacerla mía, cuidarla, tenerla para siempre a mi lado. Cuando me quité la camisa, sentí su sorpresa al verme. —¿Te gusta lo que ves? Asintió sin hablar. Me deshice del resto de la ropa y noté cómo tragaba saliva. Me acerqué y sentí su nerviosismo. —¿Qué pasa, Ella? —pregunté con cuidado—. ¿No quieres… estar conmigo? —Sí quiero —dijo, casi en un susurro—. Solo que… es mi primera vez. No sé si seré suficiente. No tengo experiencia… Sus palabras me atravesaron el pecho. —Tranquila —le dije—. Podemos detenernos aquí si tú quieres. Lo dije con miedo. Con un deseo que dolía. Pero ella negó con la cabeza. —No. Quiero hacer el amor contigo. De verdad lo quiero. Algo dentro de mí se quebró… y se reconstruyó al mismo tiempo. La abracé con más fuerza, con más necesidad, sabiendo que yo sería el primero… y deseando con todo que también fuera el último. La besé de nuevo. Bajé por su cuello, retiré con cuidado la bata. Intentó cubrirse, pero la detuve. —No —susurré—. Déjame mirarte. Quiero grabarte en mi memoria para siempre. Mis besos descendieron lentamente, haciéndola suspirar, estremecerse. Su cuerpo reaccionaba a cada caricia, a cada roce, y yo me movía con cuidado, atento a cada gesto, a cada respiración. —Confía en mí —le dije. —Confío en ti, Alejandro. Cuando sentí que su cuerpo se rendía, que ya no había miedo sino entrega, supe que estaba lista. Su respiración se aceleró, su cuerpo se arqueó, y entendí que había cruzado un límite hermoso, irreversible. —¿Estás bien? —pregunté, besándole el rostro. —Sí… —respondió, cubriéndose la cara—. Tengo vergüenza. —No tengas —le dije—. Esto es amor. La besé con ternura, aunque mi cuerpo ardía por ella. Cuando quise acercarme más, volvió a cubrirse los ojos. —Mírame —le pedí—. No puedo estar contigo si no me miras. Con cuidado le tomé las manos y la ayudé a bajarlas. Su expresión, entre miedo y asombro, me hizo sonreír. —¿Todo eso…? —susurró. —Despacio —le prometí—. Con calma. No voy a hacerte daño. La abracé, la besé, recorrí su cuerpo con mis manos como si fuera algo sagrado. Cuando finalmente me uní a ella, lo hice lentamente, escuchando cada uno de sus suspiros, respetando cada segundo. —¿Estás bien, preciosa? —Sí… La abracé, esperé, y solo entonces me moví con suavidad. La sentí aferrarse a mí, escucharla gemir mi nombre, sentirla conmigo… fue algo que jamás olvidaré. —Te amo, Alejandro… —me dijo, con la voz quebrada. Y ahí… ahí fue cuando lo perdí todo. La abracé, la besé con el alma, y nos entregamos el uno al otro sin reservas, sin mentiras, sin contratos. Solo nosotros. Cuando todo terminó, nos quedamos abrazados, respirando juntos. Besé su frente, incapaz de dejar de pensar en lo que había dicho. Ella me ama. Si supiera que yo la amo más que a mi propia vida. —¿Cariño? —Sí, amor. —¿Estás bien? Estás muy callado. —Sí… solo que nunca imaginé que fueras virgen. Se sonrojó. —Carmen me habló de Alfonso… —Sí, salimos —admitió—. Pero nunca fue así. Nunca me sentí atraída. —¿Entonces por qué…? —Porque quería sentir lo que veía en los demás… pero nunca fuiste tú. Esas palabras sellaron todo. No supe qué más hacer… excepto besarla, abrazarla y amarla el resto de la noche y parte de la mañana.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD