El día transcurrió sin mayores sobresaltos. Alejandro y Ella se fueron juntos a casa al caer la tarde. No se habían visto en todo el día, apenas mensajes breves y formales. Él no supo nada de lo ocurrido en la oficina; nadie se lo contó y Ella no dijo una palabra. El silencio entre ellos empezaba a volverse costumbre. Carmen regresó a la casa de sus padres. Aún vivía allí, aunque ya no se sentía del todo su lugar. Apenas cruzó la puerta, la rabia contenida le ganó. —¿Por qué Javier Solís está trabajando en la empresa? —reclamó, sin rodeos. Su padre la miró con cansancio, pero sin esquivar la verdad. —Fue un favor que me pidió mí ahora consuegro. No podía decirle que no, Carmen. Los Solís y nosotros somos socios… y la empresa no está en posición de rechazar apoyos. —¿Y yo? —preguntó e

