—Será mejor que volvamos al trabajo. Somos adultos, ¿no?
Javier la observó salir, con el pecho apretado.
No la había recuperado.
Pero al menos… había empezado a enfrentar lo que destruyó.
Y eso, para un hombre como él, era apenas el comienzo.
Carmen entró a su oficina, cerró la puerta con cuidado y, apenas el pestillo encajó, se desplomó contra ella.
Aún no entendía cómo había logrado mantener la compostura frente a él.
Javier estaba más guapo que nunca.
Pero no fue eso lo que la desarmó.
Fue verlo vulnerable.
Cansado.
Con culpa en la mirada.
Eso fue lo que la descolocó.
Se llevó una mano al pecho, respiró hondo, intentando ordenar un torbellino de sensaciones que no había pedido sentir otra vez.
No ahora… no otra vez, pensó.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no escuchó el primer golpe.
—Carmen… —la voz de Ella sonó suave al otro lado de la puerta—. ¿Estás ahí?
—Sí… ya voy —respondió Carmen, aclarándose la garganta.
Se secó rápidamente el rostro, abrió la puerta y ahí estaba Ella. Bastó una sola mirada para que lo notara todo.
—Amiga… —dijo Ella, entrando sin pedir permiso—. ¿Qué pasó?
Carmen intentó sonreír, pero no le salió.
—Javier —susurró, como si decir su nombre en voz alta fuera peligroso.
Ella cerró la puerta y se acercó despacio.
—¿Te habló?
Carmen asintió.
—Y eso fue lo peor… —dijo, sentándose en la silla—. No vino a reclamar, ni a exigir. Vino a pedir perdón. Y eso… eso me desarmó.
Ella frunció el ceño.
—Carmen, mírame —le dijo con firmeza—. Que él esté arrepentido no borra lo que te hizo. No invalida tu dolor.
—Lo sé —respondió Carmen con la voz quebrada—. Pero también sé que aún hay partes de mí que reaccionan cuando lo veo. Y eso me asusta.
Ella se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
—Sentir no es fallar —dijo con suavidad—. Fallar sería volver a donde te rompieron sin haberte sanado.
Carmen cerró los ojos.
—Tengo miedo de no ser tan fuerte como pensé.
—No —corrigió Ella—. Tienes miedo porque ahora sí te importa protegerte.
Se quedaron en silencio unos segundos, respirando juntas.
—No estás sola —añadió Ella—. Y no tienes que decidir nada hoy.
Carmen apretó su mano.
—Gracias por entrar… justo cuando estaba a punto de caerme.
Ella sonrió apenas.
—Para eso están las amigas… incluso cuando el pasado insiste en tocar la puerta.
Ella salió de la oficina de Carmen con el corazón apretado y caminó sin detenerse hasta la de Javier.
Eran hermanos, sí, pero siempre habían sido tan distintos.
Javier había sido, durante años, el niño mimado de la familia.
Seguro de sí mismo, encantador, acostumbrado a tenerlo todo… incluidas las mujeres.
Novias iban y venían, ninguna se quedaba demasiado tiempo.
Por eso, cuando Ella se enteró de que él iba a casarse con Carmen, su mejor amiga, sintió dos cosas al mismo tiempo:
una alegría sincera… y un miedo profundo.
Alegría, porque Carmen merecía amor.
Miedo, porque conocía a su hermano.
Carmen no era el prototipo de mujer con el que ella estaba acostumbrada a verlo.
No era pasajera, ni superficial, ni un juego.
Carmen sentía de verdad.
Y quien siente así, puede romperse con facilidad.
Ella se detuvo frente a la puerta de la oficina de Javier.
Respiró hondo antes de tocar.
No iba como hermana.
Iba como amiga.
Y como alguien que ya no estaba dispuesta a callar cuando el daño ya había sido demasiado grande.
Ella tocó la puerta una sola vez y entró sin esperar respuesta.
Javier estaba de pie, de espaldas, mirando por el ventanal. Tenía las mangas de la camisa arremangadas y el nudo de la corbata flojo. Parecía cansado… vulnerable. Eso no le dio ventaja.
—¿Vienes a evitarme también tú? —dijo él sin girarse.
—Vengo a decirte lo que nadie te dijo cuando aún había tiempo —respondió Ella, cerrando la puerta—. Y lo que mereces escuchar ahora.
Javier giró lentamente. Al verla, algo en su rostro se quebró apenas un segundo.
—Yo la amo —soltó, como si eso explicara todo—. Siempre la amé.
Ella dejó escapar una risa seca, sin humor.
—No. No mientas.
La amaste cuando la perdiste. Y eso no es amor, Javier, es ego herido.
El golpe fue certero. Él bajó la mirada.
—No era suficiente para mí antes… —murmuró—. Yo era un imbécil. Tenía miedo, vergüenza, no lo sé. Cuando habló mi madre… cuando dije esas cosas… Dios, me odio por eso.
Ella dio un paso al frente.
— dijiste que era fea.
Que no podía ser tu esposa.
Eso no se borra porque ahora esté hermosa y todos la miren.
Javier apretó los puños.
—La busqué. Te lo juro. Cuando quise arreglarlo ya se había ido. Alemania… luego la vi con otro hombre, tomada de la mano. Pensé que ya era tarde.
—Lo era —dijo Ella, firme—. Y aún lo es.
Él alzó la vista, desesperado.
—¿Ella habló contigo?
Ella sostuvo su mirada, sin pestañear.
—Sí.
Y si de verdad la amas, harás lo único decente que puedes hacer.
—¿Cuál?
—Dejar de perseguirla.
No convertir tu culpa en otra carga para ella.
El silencio cayó pesado entre ambos.
—¿Crees que pueda olvidarme? —preguntó Javier, con la voz rota.
Ella negó despacio.
—No.
Pero vivir no siempre va de olvidar. A veces va de aprender a cargar sin destruir.
Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Si la vuelves a lastimar… esta vez no tendrás una hermana enfrente. Tendrás una enemiga.
Salió sin esperar respuesta.
Javier se dejó caer en la silla.
Por primera vez en su vida entendió que había perdido lo único que no se recupera: el momento exacto para amar bien.
Y en otra oficina, Carmen, aún con el corazón temblando, no sabía que esa conversación acababa de decidir más de su futuro del que ella imaginaba.