Ella despertó primero.
Sin hacer ruido, se levantó de la cama y entró al baño. El agua de la ducha cayó sobre su cuerpo, ayudándola a ordenar los pensamientos que se le habían acumulado en el pecho desde la noche anterior. Había dormido poco… y sentido demasiado.
Mientras tanto, Alejandro despertó sobresaltado.
Extendió la mano instintivamente hacia su lado de la cama y no encontró nada.
El corazón se le detuvo.
Se incorporó de golpe, recorriendo la habitación con la mirada, hasta que la vio salir del baño. Envuelta apenas en una toalla, con el cabello húmedo y la piel aún tibia por el agua, su presencia lo golpeó directo en el pecho.
Su corazón volvió a latir… demasiado fuerte.
Al verla así, sintió ese tirón incontrolable que solo Ella le provocaba. No sabía en qué momento había ocurrido, ni cómo, pero la verdad era simple y aterradora: todo lo que era, todo lo que sentía, le pertenecía a ella. Y siempre le pertenecería.
Ella no le dijo nada.
Caminó hacia el clóset, se vistió con calma. Elegante, sobria, hermosa. Un vestido formal que marcaba lo justo, unos tacones discretos, el cabello recogido con sencillez. Se miró en el espejo solo un segundo antes de volverse hacia él.
—Te espero abajo —dijo, mirándolo por fin—. Acepto la propuesta que me hiciste. Voy a trabajar en tu empresa.
Alejandro abrió la boca para decir algo, cualquier cosa… una explicación, una disculpa, una palabra que la detuviera.
Pero ella ya se estaba yendo.
La vio desaparecer por la escalera, llevándose consigo el aire de la habitación. Alejandro se quedó inmóvil, con el pecho apretado, entendiendo demasiado tarde que el silencio también puede herir.
Y que esta vez, el que estaba perdiendo el control… era él.
El trayecto hasta la empresa fue silencioso.
Ella iba mirando por la ventana, con los brazos cruzados y la mente en otra parte. Alejandro conducía con ambas manos firmes en el volante, pero por dentro era un caos. Cada semáforo en rojo le daba tiempo para pensar en lo mismo: la estoy perdiendo… y es culpa mía.
Ninguno habló.
Al llegar, el edificio imponente de la empresa Solís–Solano se alzaba frente a ellos como un recordatorio brutal de todo lo que los unía… y los separaba.
—Te veré luego —dijo Ella al bajar del auto, con voz correcta, distante.
No fue “amor”.
No fue “Alejandro”.
Fue un luego que sonó a pared.
Alejandro la observó entrar al edificio. Caminaba segura, erguida, hermosa. No como una esposa dependiente, sino como una mujer que estaba empezando a construir algo propio. Y eso, aunque lo llenó de orgullo, también le dio miedo.
Dentro, el murmullo de la oficina se detuvo apenas un segundo cuando Ella pasó. Las miradas se giraron. Algunos sabían quién era. Otros solo veían a una mujer elegante que no parecía estar allí por casualidad.
—Buenos días, señora Solís —dijo Estela, la asistente, algo nerviosa—. Su oficina está lista.
Ella se sorprendió.
—¿Mi oficina?
—El señor Alejandro lo pidió anoche.
Ella asintió, sin saber si agradecerlo… o reclamarlo.
Al otro lado del piso, Javier levantó la vista desde su escritorio.
Y la vio.
El mundo se le detuvo.
No era la Carmen que recordaba… pero tampoco era una desconocida. Era ella. Más segura. Más fuerte. Más hermosa de lo que su memoria había sido capaz de guardar.
—Carmen… —susurró sin darse cuenta.
Ella caminaba acompañada por su padre, explicándole algo. No lo había visto aún.
Javier sintió ese golpe en el pecho que no te da el deseo, sino el arrepentimiento. El mismo que llevaba un año arrastrando.
La perdí, pensó.
Y ahora no sé cómo acercarme sin destruirla otra vez.
Desde el piso superior, Alejandro observaba la escena desde el vidrio de su despacho.
Vio a Javier.
Vio la forma en que miraba a Carmen.
Y el odio, ese viejo conocido, volvió a despertar.
—Ni se te ocurra —murmuró para sí—. Tu oportunidad ya pasó.
Abajo, Ella entró a su nueva oficina. Cerró la puerta suavemente y apoyó la espalda en ella.
Respiró hondo.
Trabajo nuevo.
Empresa compartida.
Una cuñada con heridas abiertas.
Un esposo que la deseaba… pero la alejaba.
—Esto apenas comienza —susurró.
Y tenía razón.
Carmen estaba revisando unos documentos cuando sintió esa presencia antes de verla.
Ese silencio raro.
Ese peso en el aire.
Levantó la vista…
y ahí estaba.
Javier.
De pie, nervioso, con las manos en los bolsillos del pantalón, como si no supiera qué hacer con su propio cuerpo. Ya no tenía la seguridad arrogante de antes. Ahora parecía un hombre al que la vida le había pasado factura.
—Carmen… —dijo por fin, con voz baja—. ¿Podemos hablar?
Ella no respondió de inmediato. Lo miró largo, sin rencor visible, pero tampoco con cariño. Esa indiferencia dolía más que cualquier reproche.
—Estoy ocupada —contestó al fin, volviendo a los papeles.
Javier tragó saliva.
—Solo un minuto. Te lo debo… te debo muchas cosas.
Carmen soltó el bolígrafo despacio y se levantó de la silla. No quería que la vieran así, no quería darle el espectáculo que tal vez él esperaba.
—Ven —dijo—. Pero aquí no.
Caminaron hasta una pequeña sala de reuniones vacía. Al cerrar la puerta, el silencio se volvió insoportable.
Javier fue el primero en romperlo.
—Te ves… increíble.
Error.
Carmen alzó la mano, deteniéndolo.
—No vine a escuchar eso.
—Lo sé, yo… —se pasó la mano por el cabello—. Carmen, yo fui un cobarde. Cancelé la boda porque no supe enfrentar lo que sentía. Me asusté. Me dejé llevar por cosas superficiales, por comentarios estúpidos, por mi propia inmadurez.
Ella lo miró fijo, con los ojos brillantes, pero firmes.
—¿Sabes qué fue lo peor, Javier? —dijo en voz calmada—. No fue que cancelaras la boda. Fue enterarme por otros de lo que dijiste de mí. Que no eras capaz de casarte con alguien “como yo”. Que te daba vergüenza.
Javier bajó la cabeza. Cada palabra era un golpe.
—Eso me persigue todos los días —confesó—. Me odié por eso. Me sigo odiando. Tú eras… eres una mujer increíble y yo fui incapaz de verte.
—Ahora sí me ves —respondió ella—. Qué conveniente.
—No es eso —dio un paso hacia ella—. Te vi antes, Carmen. Te vi tarde… pero te vi. Cuando te fuiste, cuando no pude encontrarte, cuando te imaginé con alguien más… ahí entendí que te amaba.
Ella rió suavemente, sin alegría.
—El amor que llega tarde también hiere, Javier.
Él cerró los ojos un segundo.
—No vengo a exigirte nada —dijo—. Solo… necesitaba que supieras que lo siento. Que si hoy te busco no es por orgullo ni por deseo. Es porque nunca dejé de pensar en ti.
Carmen respiró hondo. Hablar le costaba.
—Yo tampoco dejé de pensarte —admitió—. Y eso fue lo más difícil. Amar a alguien que te rompió.
Javier levantó la mirada, esperanzado.
—¿Entonces…?
—Entonces nada —lo cortó ella—. No sé si puedo perdonarte. No sé si quiero. Solo sé que hoy necesito paz. Y tú… —hizo una pausa— tú eres un recuerdo que todavía duele.
Abrió la puerta.