No puedo tocarte.

902 Words
Ella salió del baño envuelta en la bata de seda, ligera y transparente, que apenas cubría su cuerpo. El aroma de su perfume llenó la habitación, y Alejandro no pudo evitar quedarse mirándola. Su torso desnudo reflejaba la luz tenue de la lámpara, y su respiración se aceleró sin que pudiera controlarlo. Una erección indudable se dibujó en su cuerpo, y por un instante se sintió vulnerable ante Ella. —¿Ves algo que te guste? —preguntó ella, con un toque de picardía, aunque su corazón latía rápido por la tensión que percibía. Él sonrió, tragando saliva y desviando la mirada hacia la pared antes de volverla a ella. —Prefiero… a ti —respondió, con voz grave, casi ronca, mientras un escalofrío le recorría la espalda. Ella se sonrojó, dejando que su mirada bajara unos segundos, sin atreverse a decir nada más. Alejandro se recostó, intentando recomponerse. —Estoy cansado… dormiré —dijo finalmente, acomodándose bajo las sábanas, dejando entrever sus brazos fuertes y su pecho definido—. Cuando termines, apaga la luz. Mañana tengo mucho trabajo. Ella lo observó, con el corazón apretado. La distancia que él mantenía a veces la confundía, la hacía dudar de lo que sentía. —Mañana… yo también iré a la oficina —dijo, tratando de sonar firme, aunque un dolor en el pecho le recordaba que no entendía qué pasaba con él, por qué podía ser tan cercano y a la vez tan distante. Alejandro, sin mirarla, cerró los ojos, pero su mente no descansaba. Cada movimiento de Ella, cada línea de su cuerpo, se grababa en su memoria. Y mientras fingía dormir, su corazón ardía por ella, atrapado entre el deseo y la obligación que aún lo retenía. Ella suspiró, dejando que la bata de seda cayera ligeramente sobre sus hombros, antes de apagar la luz. La habitación quedó en penumbra, pero ninguno de los dos dormía realmente: sus pensamientos estaban demasiado ocupados en el otro. La habitación estaba en silencio, salvo por la respiración contenida de ambos. Ella se acomodó en la cama, todavía sintiendo el calor de la ducha en su piel y el roce de la seda sobre su cuerpo. Intentó concentrarse en dormir, pero no podía dejar de pensar en Alejandro. La forma en que la miraba, su cuerpo tan cerca… algo dentro de ella ardía con ganas que no podía controlar. Él, por su parte, fingía descansar, pero su mente estaba despierta. Cada curva de Ella, cada movimiento de la bata que dejaba entrever su piel, lo torturaba. No podía estar lejos de ella, no podía soportar la idea de perder siquiera un instante más. Cada fibra de su ser deseaba poseerla, pero debía mantener la calma. Tenía que mantener el plan, aunque le doliera el corazón. A mitad de la noche, sin que Ella lo notara, Alejandro se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo. La miró dormir un instante, su respiración ligera y pausada, su rostro relajado… y de repente el deseo lo venció. Quiso acercarse, tocarla, pero se contuvo. “Todavía no… no puedo arruinarlo todo ahora”, se dijo, aunque su cuerpo gritaba lo contrario. Ella se movió en la cama, despertando apenas. Sus ojos se encontraron con los de él, y un escalofrío recorrió su espalda. —¿No puedes dormir? —susurró, sin poder ocultar el temblor en su voz. —No… —respondió él, en un tono bajo, cargado de emoción contenida. Se acercó un poco, dejando que su mano rozara la de ella—. Tú… estás aquí y… no puedo dejar de mirarte. Ella tragó saliva, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. —Yo… tampoco puedo dormir… —dijo, y el sonido de su voz apenas audible lo hizo sentir aún más vivo. Por un momento, se quedaron mirándose, cada uno consciente del deseo del otro pero sin atrever a cruzar la línea. Alejandro respiró hondo, acercándose lentamente, apoyando su frente contra la de ella. —Ella… —susurró, su voz ronca—. No sabes lo que me haces sentir. Ella apenas podía responder, su cuerpo reaccionando sin control. Un calor intenso subió desde su pecho hasta su rostro. —Alejandro… —murmuró, con un hilo de voz. Él cerró los ojos un segundo, luchando contra el impulso de tomarla por completo. Se separó apenas un poco, y volvió a recostarse a su lado, manteniendo la distancia mínima que podía soportar. —Esta noche… debo esperar —dijo él finalmente, con dolor en la voz—. Pero no puedo prometer que mañana lo haga… o pasado. Ella lo miró, confundida, con deseo y miedo a la vez. —¿Por qué…? —preguntó apenas. —Porque… aún no puedo decirte todo —respondió, con un suspiro que dejó entrever su lucha interna. Y aunque sus labios no se tocaron esa noche, la tensión entre ellos era tan palpable que ambos sabían que ese silencio estaba cargado de promesas y fuego que nadie podía apagar. Ella se acomodó bajo las sábanas, tratando de calmar su corazón acelerado. Alejandro permaneció allí, a su lado, sin dormir, observándola, protegiéndola… y muriéndose de ganas de poseerla. La luna entraba por la ventana, iluminando sus cuerpos y marcando el inicio de una historia donde el deseo, el amor y el secreto los mantendrían atrapados el uno del otro… hasta que Alejandro finalmente se atreviera a dejar caer todas sus mentiras
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD