Pasado y presente.

1194 Words
La casa estaba en silencio. Un silencio incómodo, espeso, de esos que no alivian, que pesan. Alejandro caminaba de un lado a otro del salón con los puños cerrados. Cada paso era un latido de rabia contenida. En la planta alta, la puerta del cuarto de Carmen seguía cerrada. Una semana. Una maldita semana sin salir. Sin hablar. Sin comer casi. Hoy debía ser su boda. —Esto no se va a quedar así —dijo Alejandro, rompiendo el silencio—. Javier lo va a pagar. Su padre, sentado en el sillón, lo miró con cansancio. —Alejandro… —No, papá —lo interrumpió—. Esa familia, tarde o temprano, va a pagar lo que le hicieron a Carmen. Su madre tenía los ojos rojos de tanto llorar. —Tu hermana no se levanta de la cama —dijo con la voz quebrada—. Hoy debía estar vistiéndose de novia… no encerrada como si el mundo se le hubiera acabado. Alejandro apretó la mandíbula. —¿Lo llamaste? ¿Hablaste con él? —preguntó, mirándolos a ambos—. ¿Intentaron hablar con ese desgraciado? Su padre negó lentamente con la cabeza. —No, hijo. Javier se fue del país. Alejandro se quedó quieto. El aire pareció desaparecer. —¿Cómo que se fue? —dijo en voz baja, peligrosa. —Anoche. Sin despedirse. Sin dar explicaciones. Alejandro soltó una risa seca, amarga. —Cobarde —escupió—. Eso es lo que es. Caminó hacia la ventana y apoyó las manos en el vidrio. —Te lo juro, papá —dijo sin volverse—, cuando lo encuentre… le voy a partir la cara. —Alejandro —advirtió su padre—, no empeores las cosas. —¿Empeorarlas? —se giró de golpe—. ¿Sabes qué empeoró todo? Que ese imbécil jugara con mi hermana, que la hiciera creer que era suficiente y luego la tirara como si no valiera nada. Su madre sollozó en silencio. —Carmen no deja de preguntarse qué hizo mal —dijo—. Cree que es culpa suya. Eso fue lo que terminó de romperlo. Alejandro cerró los ojos un segundo. No fue tu culpa, pensó. Jamás fue tu culpa. —Nadie vuelve a humillar a mi familia —dijo, firme—. Nadie. En ese instante, sin saberlo, Alejandro tomó una decisión. No solo contra Javier. Sino contra todo lo que tuviera su apellido cerca. Y el destino, cruel como siempre, ya tenía preparado el nombre de Ella. Carmen se fue del país sin despedirse de casi nadie. Necesitaba huir. Respirar. Dejar de ser la novia abandonada, la mujer que no fue suficiente. Durante ese año se reconstruyó lejos de todos. Cambió de ciudad, de rutinas, de espejo. Aprendió a mirarse sin culpa. A vestirse para ella. A sonreír sin pedir permiso. El dolor no desapareció, pero dejó de gobernarla. Alejandro fue el único con quien mantuvo contacto. —Tienes que venir —le dijo una noche por teléfono—. Me caso. Hubo silencio al otro lado de la línea. —¿Cómo que te casas? —preguntó Carmen, incrédula—. ¿Con quién? Alejandro sonrió, apoyado en el bar de su departamento. —Ven a mi boda y te enterarás. —Alejandro, no juegues conmigo. —No juego —respondió serio—. Quiero que estés aquí. Es importante para mí. Carmen colgó con el corazón acelerado. ¿Alejandro, casándose? ¿Después de todo lo que juró? ¿Después de odiar el matrimonio casi tanto como a Javier? Pasaron los días y finalmente aceptó. Compró el pasaje sin decirle a nadie más. Era hora de volver. De cerrar ciclos. Lo que Alejandro no sabía… Era que Carmen ya no era la misma. La mujer insegura, opacada por el abandono, había quedado atrás. El dolor la había transformado. Su cuerpo había cambiado, su mirada también. Había aprendido a caminar con la cabeza en alto, a hablar sin pedir disculpas. Se había vuelto hermosa. Pero no solo por fuera. Cuando el avión aterrizó, Carmen se miró en el reflejo de la ventanilla. Sonrió con calma. —Que empiece el caos —susurró. Alejandro aún no lo sabía, pero esa boda no solo iba a unir dos familias. Iba a reabrir heridas, despertar deseos antiguos… Y cambiarlo todo. Carmen respiró hondo antes de tocar la puerta. No estaba nerviosa. Estaba volviendo. La casa seguía igual, pero ella no. Y eso la tranquilizó más de lo que esperaba. La puerta se abrió. —¿Carmen…? —la voz de su madre se quebró al instante. No hubo tiempo para explicaciones. Carmen fue envuelta en un abrazo fuerte, desesperado, lleno de culpas no dichas y noches sin dormir. —Volviste… —sollozó su madre—. Gracias a Dios. —Siempre iba a volver, mamá —susurró Carmen—. Solo necesitaba aprender a respirar otra vez. Su padre apareció detrás. No dijo nada. Solo la abrazó, como si necesitara comprobar que era real. —Estás distinta —murmuró—. Pero se te ve… bien. —Lo estoy, papá. De verdad. Antes de que pudiera decir algo más, escuchó pasos apresurados. —¿Carmen? Esa voz sí la hizo sonreír antes de girarse. —Ella. Ella estaba ahí, con los ojos brillosos, las manos temblándole un poco, como si no supiera si correr o quedarse quieta. —Mírate… —dijo, acercándose despacio—. Estás hermosa. —Tú también —respondió Carmen con sinceridad. No esperaron más. Se abrazaron fuerte, largo, como dos personas que se extrañaron en silencio durante un año entero. —Pensé en ti todos los días —confesó Ella contra su hombro—. Quise llamarte tantas veces… —Lo sé —respondió Carmen—. Yo también. Pero tenía que sanar sola. Se separaron apenas, mirándose a los ojos. —Me alegra verte feliz —dijo Carmen con suavidad. Ella dudó un segundo. —Estoy… intentando estarlo. Carmen lo entendió todo sin necesidad de preguntas. Entonces lo sintió. Esa presencia. —¿Ya llegó? —se escuchó desde el fondo. Alejandro. Carmen giró lentamente. Alejandro apareció en la sala… y se quedó inmóvil. No era sorpresa lo que había en su rostro. Era impacto. —Hermano —dijo Carmen con calma—. Vine a tu boda. Alejandro dio un paso hacia ella. —No sabía si vendrías… —Lo prometí —respondió—. Y yo cumplo mis promesas… incluso las que me duelen. El silencio fue espeso. Ella miró a uno… luego al otro. Y Carmen lo notó. Notó la forma en que Alejandro miraba a Ella. Notó la forma en que Ella se aferraba un poco más a su mano. Y sonrió. No con tristeza. Con aceptación. —Trátala bien —le dijo Carmen a Alejandro, sin dureza—. Es mi persona. Alejandro asintió. —Lo haré. Carmen tomó la mano de Ella. —Pase lo que pase —le susurró—, yo estoy aquí. Ella apretó su mano. —Siempre. Y en ese instante, Carmen entendió que había regresado justo a tiempo. Porque algunas historias no se rompen. Solo esperan.
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