Entre el amor y el odio.

1157 Words
Alejandro estaba de pie frente al altar, pero no sentía el suelo bajo sus pies. Sentía a Ella. Su perfume. El leve temblor de su mano cuando la tomó. La forma en que lo miraba como si él fuera un refugio… y no una tormenta. —Respira —le susurró su padre por lo bajo. Alejandro sonrió para los demás. Por dentro, estaba en guerra. Esto no era parte del plan. El plan era frío, calculado, exacto. El plan no incluía que el pecho doliera así cuando Ella bajara por el pasillo vestida de blanco. Cuando la vio acercarse, todo lo demás desapareció. No vio invitados. No vio acuerdos. No vio venganza. Solo a ella. —Dios… —pensó—. ¿Cómo se supone que la destruya si lo único que quiero es protegerla? Ella llegó a su lado. Alejandro tomó aire. Ámala, le gritaba el corazón. Úsala, le recordaba el odio. El sacerdote comenzó a hablar, pero Alejandro apenas escuchaba. Cada palabra sobre amor eterno le quemaba la lengua. Cuando Ella pronunció sus votos, la voz le tembló… y eso fue el golpe final. —Te elijo —dijo ella—. Sin dudas. Alejandro sintió que algo dentro de él cedía. No mereces esto, pensó. No mereces lo que voy a hacerte. —Alejandro —lo llamó el sacerdote—. Tus votos. El silencio fue absoluto. Alejandro miró a Ella. Sus ojos brillaban. Confiados. Llenos de amor. Y entonces habló… diciendo la verdad y la mentira al mismo tiempo: —Te elijo —dijo—. Y prometo cuidarte. No prometió no destruirla. No prometió no mentirle. Porque sabía que eso… no podría cumplirlo. ⸻ Mientras los aplausos llenaban la iglesia, en el fondo del lugar, Carmen acababa de entrar. Y no entró sola. Javier estaba allí. El aire cambió. Carmen se quedó quieta al verlo. No lo había buscado. No lo esperaba. Javier la miró como si hubiera visto un fantasma… uno hermoso. —Carmen… —susurró. Ella era otra mujer. Segura. Elegante. Imposible de ignorar. —Javier —respondió ella, sin rencor… pero sin ternura. El silencio entre ellos gritaba todo lo que no se dijeron hace un año. —No sabía que vendrías —dijo él. —Yo sí sabía que huirías —contestó Carmen, firme—. Y aun así, aquí estoy. Javier bajó la mirada. —Lo siento. Carmen lo observó un segundo más… y luego sonrió con una calma que lo desarmó. —Llegas tarde —dijo—. Yo ya sané. Y se alejó. Javier se quedó ahí, entendiendo por primera vez que no perdió a Carmen cuando canceló la boda, la perdió cuando creyó que ella no valía lo suficiente. ⸻ La familia celebraba. Copas en alto. Risas. Fotos. Para todos era una boda perfecta. Para Alejandro… era el principio del infierno. Mientras bailaba con Ella, la apretó un poco más de lo necesario. —¿Estás bien? —preguntó ella, mirándolo con amor. Alejandro apoyó la frente en la suya. —Estoy luchando —admitió en voz baja. —¿Contra qué? Contra mí. Contra mi pasado. Contra el odio que me enseñaron. Pero solo dijo: —Contra perderte. Ella sonrió, sin saber que ya estaba en medio de la batalla. Y Alejandro lo supo con certeza: -Amarla sería su perdición. -O destruirla lo destruiría a él. No había salida limpia. Solo entre el amor y el odio. Carmen salió al jardín buscando aire. La música de la boda llegaba amortiguada, lejana, como si no perteneciera a ese momento. La noche estaba tibia. Tranquila. Demasiado tranquila para el torbellino que llevaba dentro. —Carmen… La voz la alcanzó antes de que pudiera girarse. Javier. Cerró los ojos un segundo. Respira. No huyas. —¿Qué haces aquí? —preguntó sin mirarlo todavía. —Necesitaba hablar contigo. Ella se giró despacio. Lo miró como si evaluara a un extraño. —Un año tarde —respondió—. Bastante eficiente para alguien que se fue del país. Javier tragó saliva. —No sabía que vendrías a la boda. —No sabía que tú tendrías el descaro de venir —dijo ella, tranquila, sin alzar la voz—. Parece que ambos nos equivocamos. Él dio un paso hacia ella. —Estás… diferente. Carmen sonrió apenas. —Sí. Ya no estoy esperando a que me elijan. Eso le dolió más que cualquier grito. —Carmen, yo nunca quise hacerte daño. Ella soltó una risa suave. Cansada. —Eso es lo que siempre dicen los cobardes. Javier frunció el ceño. —No fui un cobarde. —Cancelaste la boda tres días antes —lo miró fijo—. Sin mirarme a la cara. Sin darme una razón real. Te fuiste del país y me dejaste con un vestido colgado y una vida hecha pedazos. ¿Quieres que te aplauda por eso? El silencio cayó pesado. —No estaba listo —dijo él, casi en un susurro. —No —lo corrigió ella—. No estabas dispuesto. No era lo mismo. Javier dio otro paso. —Me asusté. —Yo también —respondió Carmen—. Pero me quedé. Él la observó con una mezcla de deseo, culpa y nostalgia. —Nunca pensé que te perdería. Carmen lo miró como si, por fin, lo viera claro. —Ahí está el problema, Javier. Nunca pensaste. El viento movió su cabello. Ella estaba hermosa. No de una forma llamativa, sino segura. Entera. —Te amé —dijo él de golpe—. A mi manera, pero te amé. Carmen respiró hondo. —Yo también te amé —admitió—. Y me odié por hacerlo cuando tú no me mirabas igual. Javier bajó la cabeza. —Si pudiera volver atrás… —No puedes —lo interrumpió—. Y aunque pudieras, ya no soy la mujer que dejaste. Levantó el mentón. —La que tú rechazaste se quedó rota en esa casa durante meses. Yo reconstruí lo que quedó. Y no pienso entregártelo otra vez. Él la miró, desesperado. —¿No queda nada? Carmen pensó en Alejandro. En su hermano. En la boda. En Ella. —Queda respeto —dijo—. Y eso es más de lo que tuviste conmigo aquel día. Javier quiso tocarle la mano. Ella dio un paso atrás. —No lo hagas. Se miraron por última vez. —Cuídate, Javier —dijo ella—. Y aprende algo de todo esto. Luego se dio la vuelta y regresó a la luz, a la música, a su familia. Javier se quedó solo en la oscuridad, entendiendo que no perdió a Carmen cuando canceló la boda, la perdió cuando creyó que ella siempre estaría ahí esperando. Y en ese instante, Alejandro los observaba desde lejos. Apretó los puños. —Demasiado tarde —murmuró. Y la promesa silenciosa volvió a arder: - Javier Solano pagaría. -Toda esa familia pagaría. Aunque el precio fuera el amor de Ella.
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