De regreso a la realidad.

970 Words
Alejandro se acercó a Javier sin prisa, con esa calma peligrosa que solo tienen los hombres que ya tomaron una decisión. Javier lo vio venir y supo, de inmediato, que no era una charla amistosa. —Aléjate de Carmen —dijo Alejandro en voz baja, sin rodeos—. Tuviste tu oportunidad… y la desperdiciaste. Javier apretó la mandíbula. —No tienes derecho a decirme eso. Alejandro esbozó una sonrisa fría. —Sí lo tengo. Tú la rompiste cuando más te necesitaba. La dejaste sola, humillada, hecha pedazos. Ahora no vengas a buscar lo que no supiste cuidar. —Yo… —Javier intentó hablar, pero Alejandro lo interrumpió. —No —sentenció—. Ya no. Carmen pasó un infierno por tu cobardía. Y si hoy sonríe, no es gracias a ti. Javier respiró hondo, intentando recuperar terreno. —Te casaste con mi hermana. Somos cuñados. Alejandro dio un paso más cerca, lo suficiente para que solo él pudiera escucharlo. —Eso no te da ningún derecho sobre Carmen. Al contrario —bajó aún más la voz—, te obliga a mantener distancia. Por tu bien… y por el de ella. Javier lo miró, dolido, derrotado. —Nunca dejé de amarla. —Amar no es huir —respondió Alejandro sin pestañear—. Y tú huiste. Se alejó sin esperar respuesta. Desde lejos, Alejandro vio a Carmen reír junto a Ella. Hermosa. Segura. Fuerte. Y supo que, pasara lo que pasara con su propio matrimonio, a Carmen no volverían a romperla jamás. La boda terminó entre aplausos, risas y promesas dichas en voz alta. Uno a uno, los invitados se fueron despidiendo, dejando atrás flores marchitas, copas vacías y una casa que, de pronto, se sentía demasiado grande. Alejandro se excusó y entró al despacho de su padre. Cerró la puerta tras de sí. —Ya está hecho —dijo Alexander Solís Santoro sin levantar la vista de los documentos—. Todo salió como debía. Alejandro apoyó las manos sobre el escritorio. —No fue solo un trato —respondió con dureza—. No esta vez. Su padre lo miró por fin, midiendo el peso de esas palabras. —Recuerda por qué empezamos esto. —Lo recuerdo —dijo Alejandro—. Todos los días. Hizo una pausa, respiró hondo. —Pero Ella no tiene la culpa. Alexander guardó silencio unos segundos. —Ten cuidado, hijo. El amor suele arruinar los planes mejor pensados. Alejandro no respondió. Salió del despacho con el corazón apretado, sabiendo que esa advertencia ya era tarde. En el vestíbulo, Ella lo esperaba. Había cambiado el vestido por algo más sencillo, pero seguía viéndose hermosa. Cuando lo vio, sonrió como si el mundo fuera seguro entre sus brazos. —¿Listo? —preguntó ella. Alejandro asintió. —Sí. Vámonos. Se despidieron de la familia entre abrazos y buenos deseos. Carmen fue la última en acercarse. Abrazó a Ella con cariño sincero y luego miró a su hermano. —Cuídala —le dijo—. De verdad. Alejandro sostuvo su mirada. —Lo haré. Minutos después, ya en el coche, Ella apoyó la cabeza en su hombro. —No puedo creer que ya estemos casados —susurró. Alejandro entrelazó sus dedos con los de ella. —Ni yo. El motor arrancó. La casa quedó atrás. Y con ella, el ruido, las miradas, las cuentas pendientes. La luna de miel los esperaba. Un lugar lejos de todos… pero no lejos de la verdad que Alejandro llevaba dentro.. ⸻ De regreso de la luna de miel El avión aterrizó al amanecer. Ella dormía recostada sobre el hombro de Alejandro, con el cabello desordenado y esa calma que solo tenía cuando se sentía segura. Alejandro no se movió. La miró en silencio, con el pecho apretado. La luna de miel había sido todo aquello que no debía ser. Risas, piel, complicidad. Noches interminables donde el mundo parecía reducirse a ella respirando bajo su cuerpo. Momentos simples —desayunos tarde, paseos sin rumbo, conversaciones sin máscaras— que lo hicieron olvidar, aunque fuera por instantes, quién era y qué había prometido. Pero el regreso siempre llega. Y con él, la culpa. —Alejandro… —murmuró Ella, despertando poco a poco—. ¿Ya llegamos? —Sí, amor —respondió, besándole la frente. Ella sonrió, ajena a la tormenta que él cargaba dentro. Al salir del aeropuerto, el aire era distinto. Más pesado. Más real. Alejandro sintió cómo el pasado volvía a acomodarse sobre sus hombros. La ciudad los recibió como si nada hubiera cambiado, pero él sabía que todo estaba a punto de hacerlo. En el coche, Ella hablaba emocionada sobre lo bien que la habían pasado, sobre lo feliz que se sentía. Alejandro asentía, tomándole la mano, fingiendo una tranquilidad que no tenía. —¿Qué pasa? —preguntó ella de pronto—. Estás muy callado. —Nada —mintió—. Solo estoy cansado. Ella apoyó la cabeza en su pecho. —Yo soy muy feliz contigo —dijo sin pensarlo. Ese fue el golpe más duro. Porque Alejandro ya no podía negar la verdad: la amaba. La amaba de una forma que lo estaba desarmando por completo. Al llegar a casa, los recibió el silencio. No había flores ni aplausos. Solo ellos dos… y la realidad esperando. Alejandro dejó las maletas y observó a Ella caminar por el lugar como si ya fuera suyo. Sonreía, confiada, construyendo un futuro que él no sabía si tendría el valor de proteger. Esa noche, mientras ella dormía abrazada a él, Alejandro permaneció despierto. Sabía que el tiempo se estaba agotando. Que no podía seguir viviendo entre el amor y el odio sin que alguien saliera destruido. Y por primera vez desde que todo comenzó, tuvo miedo. No de perder el control. Sino de perderla a ella.
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