Llegada a casa.

977 Words
Perfecto. Seguimos. ⸻ De regreso de la luna de miel El avión aterrizó al amanecer. Ella dormía recostada sobre el hombro de Alejandro, con el cabello desordenado y esa calma que solo tenía cuando se sentía segura. Alejandro no se movió. La miró en silencio, con el pecho apretado. La luna de miel había sido todo aquello que no debía ser. Risas, piel, complicidad. Noches interminables donde el mundo parecía reducirse a ella respirando bajo su cuerpo. Momentos simples —desayunos tarde, paseos sin rumbo, conversaciones sin máscaras— que lo hicieron olvidar, aunque fuera por instantes, quién era y qué había prometido. Pero el regreso siempre llega. Y con él, la culpa. —Alejandro… —murmuró Ella, despertando poco a poco—. ¿Ya llegamos? —Sí, amor —respondió, besándole la frente. Ella sonrió, ajena a la tormenta que él cargaba dentro. Al salir del aeropuerto, el aire era distinto. Más pesado. Más real. Alejandro sintió cómo el pasado volvía a acomodarse sobre sus hombros. La ciudad los recibió como si nada hubiera cambiado, pero él sabía que todo estaba a punto de hacerlo. En el coche, Ella hablaba emocionada sobre lo bien que la habían pasado, sobre lo feliz que se sentía. Alejandro asentía, tomándole la mano, fingiendo una tranquilidad que no tenía. —¿Qué pasa? —preguntó ella de pronto—. Estás muy callado. —Nada —mintió—. Solo estoy cansado. Ella apoyó la cabeza en su pecho. —Yo soy muy feliz contigo —dijo sin pensarlo. Ese fue el golpe más duro. Porque Alejandro ya no podía negar la verdad: la amaba. La amaba de una forma que lo estaba desarmando por completo. Al llegar a casa, los recibió el silencio. No había flores ni aplausos. Solo ellos dos… y la realidad esperando. Alejandro dejó las maletas y observó a Ella caminar por el lugar como si ya fuera suyo. Sonreía, confiada, construyendo un futuro que él no sabía si tendría el valor de proteger. Esa noche, mientras ella dormía abrazada a él, Alejandro permaneció despierto. Sabía que el tiempo se estaba agotando. Que no podía seguir viviendo entre el amor y el odio sin que alguien saliera destruido. Y por primera vez desde que todo comenzó, tuvo miedo. No de perder el control. Sino de perderla ha ella. Al día siguiente, Alejandro despertó antes de que amaneciera. Se vistió en silencio, con la mente ya en la oficina y el pecho cargado de pensamientos que no lo dejaban respirar del todo. No despertó a Ella. La observó unos segundos, dormida, serena, ajena al torbellino que él llevaba dentro… y se marchó. La familia Solís siempre había sido poderosa. Rica, muy rica. Su abuelo había levantado un imperio con la exportación minera; su padre lo había consolidado, y algún día, ese legado sería suyo. Alejandro había crecido con privilegios, sí, pero también con responsabilidades que pesaban como una losa. Al llegar a la oficina, apenas cruzó el umbral, lo vio. Javier. De pie, revisando documentos, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Alejandro apretó la mandíbula. —¿Qué hace él aquí? —preguntó sin disimular el fastidio. —Un favor —respondió su padre con calma—. Tu suegro me lo pidió. Dice que es hora de que Javier se haga un hombre. Alejandro soltó una risa seca, amarga. —¿Niñito? —pensó—. Tenemos la misma edad. Pero no dijo nada más. Javier y Alejandro habían sido amigos. No, más que eso. Casi hermanos. Habían crecido juntos, compartido secretos, noches largas, planes de futuro. Javier había sido familia… hasta que dejó de serlo. Todo se fue a la mierda el día que canceló la boda con Carmen. Una semana antes. Sin explicaciones claras. Sin dignidad. Desde ese momento, Alejandro dejó de verlo como amigo. Y Javier perdió algo que nunca volvió a recuperar: la lealtad de un Solís. Alejandro pasó junto a él sin saludarlo. Javier alzó la vista, con una mezcla de culpa y nostalgia. —Alejandro… Él se detuvo, pero no se giró. —No me hables como si nada hubiera pasado —dijo con frialdad—. Ese día no solo rompiste una boda. Rompiste una familia… y perdiste a un hermano. Siguió caminando. Javier se quedó ahí, inmóvil, entendiendo por fin que el castigo no era trabajar en esa empresa. El verdadero castigo era ver todos los días al hombre que fue su mejor amigo… y saber que jamás volvería a serlo. Claro, amor. Te lo edito y lo elevo un poco, manteniendo la intimidad y esa sensación de vacío que empieza a anunciar lo que viene. ⸻ Ella despertó despacio, estirando la mano hacia el lado vacío de la cama. Frío. Abrió los ojos y la habitación estaba en silencio. Demasiado. Alejandro no estaba. Un nudo le apretó el pecho. Esa sensación incómoda, casi infantil, le recorrió el cuerpo. A Ella nunca le había gustado estar sola… y mucho menos desayunar sola. La casa, tan grande y tan elegante, se sentía ajena, distante, como si aún no fuera su hogar. Se levantó, caminó por el pasillo llamándolo en voz baja, aunque sabía que no respondería. Nada. Suspiró. Decidió no pensar demasiado. Se dio una ducha larga, como si el agua pudiera llevarse esa extraña melancolía. Luego se puso ropa cómoda: algo sencillo, sin pretensiones, como cuando aún vivía con sus padres y la vida parecía menos complicada. Sin desayunar, tomó su bolso y salió. Necesitaba estar con ellos. Con su madre. Con su padre. Con el lugar donde todavía se sentía a salvo. Minutos después, el auto se detuvo frente a la casa que la había visto crecer. Al bajar, algo dentro de ella se acomodó un poco… aunque en el fondo sabía que esa sensación de soledad no se había ido. Solo estaba esperando.
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