Ella estaba sentada a la mesa, con una taza de café entre las manos, cuando su padre carraspeó levemente.
—Entonces… —dijo, como quien no quiere incomodar— ¿cómo va todo con Alejandro?
Ella levantó la mirada.
—Bien, papá.
Demasiado rápido.
Su madre lo notó.
—¿Bien de verdad? —preguntó con suavidad—. Todo pasó muy rápido, hija. La boda, el matrimonio, la luna de miel…
—Lo sé —respondió Ella—, pero… Alejandro ha sido bueno conmigo.
—No lo dudo —intervino su padre—. Solo me preocupa que estés cargando más de lo que te toca.
Ella apretó los labios.
—Yo quise esto, papá.
Un silencio incómodo se instaló en la cocina.
—Y la empresa… —continuó él—. Ahora que somos socios, todo se ha vuelto más complejo. Javier empezó a trabajar allá.
Ella levantó la vista de golpe.
—¿Javier? —preguntó, sorprendida.
—Sí —respondió su madre—. Tu papá aceptó. Dice que es bueno que se haga responsable, que aprenda.
Ella no dijo nada.
Solo asintió lentamente, como si esa información necesitara tiempo para acomodarse dentro de ella.
En ese momento, su teléfono vibró sobre la mesa.
Carmen.
El nombre iluminó la pantalla.
Ella sonrió sin poder evitarlo.
—Es Carmen —dijo—. Voy a contestar.
Se levantó y caminó hacia la sala.
—¿Hola?
—¡Ella! —la voz de Carmen sonó alegre, cálida—. Por fin te encuentro tranquila. ¿Cómo estás?
—Bien… mejor ahora que te escucho —respondió Ella, sentándose en el sofá—. ¿Y tú?
—Bien, pero te extraño. Necesito verte, hablar contigo, ponernos al día… como antes.
Ella sintió ese alivio inmediato que solo Carmen le provocaba.
—Claro que sí —dijo sin pensarlo—. Cuando quieras.
—¿Hoy? —preguntó Carmen—. Si no te molesta.
Ella miró alrededor, la casa de sus padres, ese refugio temporal.
—No, para nada —respondió—. Te espero en casa.
—¿En tu casa con Alejandro?
—Sí —dijo Ella, respirando hondo—. Te mando la dirección.
—Perfecto —respondió Carmen—. Nos vemos en un rato.
Colgó y, por primera vez en la mañana, Ella sonrió de verdad.
No sabía por qué…
pero sentía que ese encuentro iba a remover más cosas de las que estaba preparada para enfrentar.
En cuanto Carmen cruzó la puerta, Ella no le dio tiempo ni a saludar.
Se abrazaron fuerte, de esas veces en las que el cuerpo habla primero.
Carmen cerró los ojos, respiró hondo y sonrió.
—Te extrañé —dijo contra su hombro.
—Yo también —respondió Ella, con la voz cargada de emoción.
Se separaron apenas para mirarse.
—Estás hermosa —dijo Carmen, sincera.
—Y tú… —Ella la recorrió con la mirada—. Dios, Carmen, pareces otra persona.
—Luego hablamos de eso —rió—. Ven, siéntate.
Pasaron al sofá. Carmen se acomodó como si siempre hubiera sido su casa.
—Bueno… —dijo cruzando las piernas—. Cuéntame todo. ¿Cómo estuvo la luna de miel?
Ella arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.
—¿Para eso viniste? —preguntó con una sonrisa pícara.
—¡Claro! —rió Carmen—. Me debes todos los detalles. Todo. Absolutamente todo.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—Espera —dijo levantándose—. Déjame preparar algo y te cuento… con calma.
—Ajá… —respondió Carmen—. Eso suena a historia larga.
Ella fue a la cocina con una sonrisa que no podía borrar.
Mientras sacaba unas copas y algo para picar, pensó que hablar con Carmen siempre había sido fácil… incluso ahora, cuando su vida estaba llena de secretos, dudas y emociones que aún no sabía cómo ordenar.
Pero con ella…
podía ser Ella, sin máscaras.
Carmen chasqueó la lengua, molesta.
—Fue tu primera vez… y ese estúpido de mi hermano casi lo daña —dijo con rabia contenida—. Javier siempre ha sido un egoísta.
Ella suspiró.
—Al principio fue confuso… —admitió—. Yo estaba nerviosa, asustada. Pensé que no iba a poder… pero después todo estuvo bien.
Carmen levantó una ceja.
—¿Bien?
Ella sonrió, suave, cómplice.
—Muy bien.
Carmen rió por lo bajo.
—¿Y te dolió? —preguntó con curiosidad sincera—. Dicen que duele.
Ella no respondió de inmediato. Bajó la mirada, jugueteó con la copa entre sus manos.
Carmen la observó unos segundos más… y entendió.
—Aún eres virgen, Carmen —dijo Ella con cuidado.
Carmen bajó la cabeza.
—Sí.
—No pasa nada —añadió Ella enseguida—. Yo lo sabía… incluso cuando te ibas a casar con mi hermano. Pero ya pasó más de un año.
Carmen suspiró.
—Un año largo.
—Y no conociste a nadie en todo ese tiempo —continuó Ella—. ¿Dónde estabas? ¿Qué pasó contigo? —la miró con atención—. Porque… Carmen, no solo cambiaste por fuera.
Carmen se acomodó en el sofá, como si por fin fuera a contar algo que llevaba guardado demasiado tiempo.
—Me fui para huir —confesó—. Para reconstruirme. Javier me dejó sintiéndome invisible… fea… insuficiente. Y yo me lo creí.
Ella apretó su mano.
—Nunca lo fuiste.
—Lo sé ahora —respondió Carmen—. Me miré al espejo y decidí no volver a pedir amor donde no lo querían dar. Cambié mi imagen, sí… pero sobre todo cambié la forma en que me veo a mí misma.
Ella sonrió con ternura.
—Eso se nota.
Carmen la miró fijamente.
—Y tú… —dijo despacio—. Tú estás enamorada, pero también asustada.
Ella no lo negó.
—Alejandro me hace sentir viva… y vulnerable. Y eso me aterra.
Carmen apretó su mano con fuerza.
—Entonces prométeme algo —dijo—. No te pierdas a ti misma por nadie. Ni siquiera por el hombre que amas.
Ella asintió, con un nudo en la garganta.
—Te lo prometo.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue el tipo de silencio que solo existe entre dos mujeres que se conocen el alma.