Carmen respiró hondo antes de hablar. Sus manos temblaban un poco.
—Javier me está buscando —confesó al fin—. Desde la boda.
Ella se quedó quieta.
—¿Lo viste?
Carmen asintió, los ojos brillándole.
—Sí. Y luché por no desplomarme ahí mismo. No sabes lo que fue verlo… —tragó saliva—. Todo volvió. Ese amor que pensé que había enterrado regresó más fuerte, más cruel.
Ella apretó los labios.
—Carmen…
—Estuve en Alemania —continuó—. Después de la cirugía salí con varios chicos. Guapos, atentos, interesados… —negó con la cabeza—. Pero no sentí nada. Nada. No pude entregarme a ninguno.
Ella la miraba sin interrumpirla.
—Porque todos tenían su rostro borrado —susurró Carmen—. Todos eran él… y ninguno era Javier.
El silencio pesó.
—Tengo sueños —dijo de pronto, bajando la voz—. Sueños eróticos con tu hermano. Me despierto agitada, con su nombre en los labios… y luego recuerdo que nunca fue mío de verdad.
—Carmen… —murmuró Ella, con el corazón apretado.
—Soy virgen —confesó, y esa palabra le dolió decirla—. Y no sabes cuánto me duele nunca haber estado en sus brazos, no haber sentido su boca con la mía. —Su voz se quebró—. Muero lento, amiga. Lento.
Ella no dijo nada más.
La abrazó.
Un abrazo fuerte, protector, de esos que sostienen cuando todo se derrumba. Carmen escondió el rostro en su cuello y lloró en silencio, como había hecho tantas veces lejos de casa.
—No estás sola —susurró Ella—. Nunca lo estuviste.
Carmen cerró los ojos, aferrándose a ella.
Pero en el fondo de ambas, una verdad latía con fuerza:
el pasado no estaba enterrado…
solo estaba esperando el momento de volver a arder
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Carmen se acomodó en el sofá, como si por primera vez en mucho tiempo no tuviera prisa.
—¿Te quedarás aquí? —preguntó Ella, con cuidado.
Carmen levantó la vista. Sus ojos ya no huían.
—Sí. Ya no voy a huir nunca más.
Ella asintió, despacio.
—¿Retomarás tu puesto en la empresa, verdad?
—Sí.
—¿Y entonces por qué tanta preguntadera? —sonrió Carmen, cansada pero sincera.
Ella respiró hondo. No lo rodeó más.
—Porque Javier, mi hermano, ahora está trabajando allá.
El silencio cayó como un golpe seco.
Carmen se quedó sin palabras.
Ella continuó, sin dramatizar, como quien sabe que la verdad duele menos cuando no se adorna.
—Mi padre se lo pidió al tuyo. Dice que a ver si así Javier se vuelve responsable.
Carmen bajó la mirada. Pensó en su nombre dicho en voz alta, en su presencia inevitable.
—Espero no cruzarme mucho con él —murmuró al fin.
—¿Y tú trabajarás allá? —preguntó Carmen, levantando la vista.
—Alejandro me dijo que tengo un puesto disponible cuando quiera.
Carmen no lo pensó.
—Ve, por favor —dijo, casi suplicando—. Necesito compañía para enfrentar todo esto.
Ella sonrió, medio graciosa, medio nerviosa.
—Déjame pensarlo.
Se levantaron. Se abrazaron largo, de esos abrazos que no son despedida, sino promesa.
—Bueno, amiga… o mejor dicho, cuñada —bromeó Carmen.
—Cuídate —respondió Ella, dándole un beso en la mejilla.
Ella ya estaba cerrando la puerta cuando se giró, con esa sonrisa pícara que Carmen conocía tan bien.
—No duele si estás con la persona correcta —dijo, riendo—. 🤣🤣🤣
La puerta se cerró.
Y Carmen se quedó ahí, con el corazón acelerado, sabiendo que lo que venía no sería fácil…
pero que por primera vez, estaba lista.
Javier estaba sentado frente a su escritorio, pero no veía la pantalla.
No veía los números.
No veía los correos.
Solo veía a Carmen.
Dios… qué bella está.
Antes había sido un imbécil.
Un bueno para nada convencido de que merecía más, de que podía elegir, de que el amor era algo que siempre estaría esperando.
Yo no merecía a esa mujer.
Se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—¿Cómo pude dejarla? —murmuró—. ¿Por qué lo hice?
La respuesta le quemaba por dentro:
miedo.
Miedo a comprometerse, a amar de verdad, a sentirse pequeño al lado de alguien que lo entregaba todo.
Soy un estúpido.
Necesitaba verla.
De verdad la necesitaba. Sentía que no respiraba bien desde que la había visto en la boda. Como si el aire se le negara cada vez que recordaba su mirada… ya no suplicante, ya no rota.
Ella era otra.
Lo que Carmen nunca supo fue que Javier sí estaba enamorado de ella.
No después.
No ahora.
Desde antes.
Se dio cuenta demasiado tarde, cuando ya había cancelado la boda, cuando ya había visto su rostro romperse en mil pedazos. Intentó buscarla, llamarla, explicarse… pero Carmen había desaparecido.
Se había ido.
Fue entonces cuando fue a ver a su padre.
—Quiero hablar con Carmen —le dijo, directo—. Necesito arreglar las cosas.
El hombre lo miró con frialdad.
—Mi hija no es un salvavidas, Javier —le respondió—. Ahora que tus padres están en quiebra vienes a buscarla, pero no. No te diré dónde está.
Eso lo devastó.
Porque no era cierto…
pero entendía por qué nadie le creía.
Salió de esa casa sintiéndose más pequeño que nunca.
¿Por qué cancelé la boda?
¿Por qué me di cuenta de lo que sentía tan tarde?
Cuando se fue de viaje, la buscó.
Ciudad tras ciudad.
Café tras café.
Restaurante tras restaurante.
Hasta que la vio.
Estaba sentada en una mesa, riendo suavemente.
Hermosa. Segura. Viva.
Tomada de la mano de otro hombre.
Javier se quedó paralizado.
El pecho le ardió.
Las piernas le temblaron.
Quiso acercarse.
Quiso llamarla.
Quiso decirle la verdad por primera vez en su vida.
Pero no lo hizo.
Se dio la vuelta y se marchó.
Porque entendió, con una claridad cruel, que había llegado tarde…
y que algunos errores no se corrigen con palabras.
Ahora, en esa oficina, con el apellido Solano resonándole como una burla constante, Javier apretó los puños.
—Debo verla —susurró—. Aunque me odie… aunque me destruya.
Porque esta vez no huiría.
Aunque el precio fuera perderla para siempre.