—¡Lo disfrute tanto! —me dice al oído mientras frotaba con más fuerza mi centro. La escena de la película aún seguía y tras mirar un poco, aceleré con mis manos el movimiento de sus dedos. ¡Estallé! En seguida un pequeño dolorcito placentero recorrió mi sexo y cerré las piernas para mitigarlo. Con voz sórdida y cansada añadí: —¡Me gustó mucho también! Lástima que me hayas traicionado de una manera tan vil. Tener sexo conmigo no cambia nada, mi decisión sigue implacable… ¡Quiero el divorcio!—Grité y me volví a meter en la tina. Como ya no quería ver su presencia le dije: —Anda, desaparece de mi vista. Vuelve solo cuando lo tengas bien duro y quieras lastimarme con placer. —Ese trozo de carne tan delicioso no tenía la culpa de que él no pudiese controlar sus impulsos. ¡Qué malo que el pene

