Llega él

1768 Words
El día está hermosamente soleado, el calorcito de primavera se sentía junto a la brisa con aroma a flores frescas, típico día de primavera. Luz ha sido bendecida por nacer en primavera, para cada uno de sus cumpleaños el clima acompaña a los festejos. Tanto mi hermana como yo no corrimos la misma suerte. A mis festejos siempre faltaba la mayoría de los invitados debido a las bajas temperaturas características del mes de julio, casi siempre me pillaba con un resfrío terrible y las fiestas eran siempre en nuestro pequeño living, por lo cual no disponíamos de mucho lugar para jugar. A Liz, le pasaba algo parecido por más que ya eran los últimos fríos del invierno. Volviendo al festejo de mi sobrina. El jardín de casa estaba completamente decorado, globos de todos los colores, flores de papel y una simpática piñata con forma de la Princesa Sofia colgada en el medio del patio. Las mesas y sillas estaban vestidas acorde a la temática del evento. Todo lo que miras o tocas tiene la imagen de la Princesa Sofía, como para que nadie tuviera duda alguna sobre el dibujo animado favorito de Liz. La mejor parte a mi parecer es la mesa dulce, primero que nada, la torta de tres pisos, rellena de dulce de leche, chocolate y frutillas, color lila y repleta de glitter, con cinco velas en la parte superior adornada con delicadas flores se lleva toda la atención. Pero no en mi caso. La extravagante torta no logra llevarse mi atención, más bien mi interés está en el lemon pie y el cheesecake de fruto rojo. Hechos en la mejor pastelería, que conozco. De solo ver la mesa dulce servida con tales manjares se me hace agua la boca. –Ring, ring. – suena mi celular con una llamada de Liz. –Hola hermanita, como lo planeamos, ya está todo listo. – dije al contestar la llamada. –Perfecto. Termino de vestir a tu sobrina y salimos hacia allá. – respondió Liz. –Los esperamos. – acabé diciendo y colgué la llamada. Toda la familia desde temprano colaboramos en acomodar cada cosa en su lugar. Cinco minutos antes de terminar Liz fue a vestir a la pequeña cumpleañera. Mamá y papá fueron a retirar la comida y yo me quedé sola con los últimos detalles. Como ya sabía de la temática del cumple de antemano, le compré a Luz un vestido igual que al de la Princesa Sofia. Enloqueció de la alegría cuando se lo entregue y por supuesto dijo que lo estrenaría en la fiesta. El sol comienza a caer y el patio de casa se va colmando de invitados. Por un lado, un grupo de pequeños saltando en un inflable a puro gritos y risas, por el otro lado los adultos disfrutando de unas frescas bebidas. Todos parecen divertirse al ritmo de la música infantil. Sentada sola en la barra tomando una cerveza roja, me deleito en las sonrisas que tienen los niños en sus rostros y recuerdo lo feliz que fui en mi infancia. – Tía – exclama Luz acercándose a mí. Inmediatamente dejó la cerveza en la barra y me acerco a ella. –¿Qué pasa mi pequeña princesa? – le pregunto, doblando las rodillas hasta quedar a su altura. – Ya es hora de tu magia. – susurra en mi oído. – Claro que sí. – digámosle a mamá. Tomo su mano y entramos a casa buscando a mi hermana que estaba en la cocina, sirviendo la comida. – Liz, ¿Te parece que ya es hora de pintar esas caritas? – le consulto a mi hermana. – Porfis, mami. – ruega mi sobrina. – Por supuesto. – accede mi hermana. – ¡Tía voy a buscar a mis amigos! – exclamó la pequeña y salió corriendo Liz, me mira, guiña un ojo y añadió: –Somos muy afortunados de ternarte, hermanita. A lo cual respondí con una leve y amorosa sonrisa en mi rostro y le largué un beso invisible. Regreso al patio y veo que Luz está reclutando a sus compañeritos del jardín. Me dirijo al sector que habíamos preparado y espero se acerquen. Algunos niños lo hicieron de la mano de sus padres, otros corrieron hacia mí tan rápido como le daban sus piernitas. –Por favor, los niños hagamos una fila por este lado. – señalo donde se tienen que colocar. Muy obedientes a mi directiva, se organizan rápidamente uno detrás de otro y el bullicio disminuye de forma paulatina. Mientras los papás realizan un semicírculo para poder observar. –¡A la cuenta de tres, comenzamos! – anuncié con vigor. Inmediatamente todos contaron eufóricamente. Comencé con Luz, ella eligió una mariposa lila, para que le combinara con su vestido. Me dispuse a maquillar esos rostros aplicando mis conocimientos. Cuando se trata de hacer arte, para mí implicaba usar todos mis sentidos y fluir. Uno a uno, iba maquillando esas caritas angelicales y el público se iba renovando. El gozo de verlos felices, no tiene precio. No me di cuenta del tiempo, ya estaba con el último niño cuando de repente escucho una voz de un papá. –Disculpe señorita, ¿puedo seguir yo? – me consulta, observando que no había más fila. –Claro que sí, papá. ­– asisto. Él toma asiento. –¿Qué vas a querer que te dibuje? ¿Lo mismo que tu hijo? – consulto asumiendo que su hijo ya había pasado por ese lugar. –No tengo hijos. Quisiera el escudo del Capitán América– respondió. Yo boca abierta, me quedé mirándolo fijo como una boba, con el pincel en una mano. ¡Qué estúpida conclusión! –¿Será posible? – rompiendo el silencio, me consultó riéndose. En ese instante sentí como el calor subía desde mis pies hasta mi rostro, de la vergüenza que estaba pasando. Me quedé fascinada con su sonrisa, me sentía completamente incapaz de poder responder. Con mis cachetes ruborizados y su mirada puesta en mí logré balbucear: –Si, sí. Disculpa. Asumí que alguno era tuyo. No dejé que me respondiera, me apresuré en tomar su rostro entre mis dos manos y observé cual sería el lugar indicado para la ilustración. A medida que avanzaba en el dibujo, el calor que sentí de repente va disminuyendo, pero mi mano temblaba igual que mis piernas. ¿Qué es lo que me está sucediendo?, ¿desde cuándo un hombre me saca de mi eje de tal forma? Me pregunto en mi mente una y otra vez. Logro terminar y al fin puedo respirar. –Listo caballero. – le informo dándome vuelta. –Muchas gracias. – respondió serio. Giro sobre mi hombro y miro disimuladamente. Él se paró de la silla como para incorporarse en la fiesta. Cuando lo toma por el hombro mi cuñado. –Amigo, veo que ya conociste a mi cuñada. Su nombre es Sophia. – dice Michelle –Es una verdadera artista. Un gusto, Sophia. – agrega extendiendo su brazo hacia mí. No me quedó otra opción que darme vuelta y extenderle la mano. –Vamos a divertirnos– dijo Michelle. Tomó con el brazo izquierdo a su amigo y del lado derecho me tomó a mí y nos animó a caminar junto a él hasta una mesa. No nos alcanzamos a sentar que ellos ya estaban hablando de futbol, precisamente del clásico del fin de semana pasado. En cuanto nos acomodamos. A lo lejos nos observa Liz, toma cuatro botellitas de cerveza y comienza a caminar con dirección a nuestra mesa. –Si no toman algo, se les va a resecar la garganta de tanta charla. – dijo Liz y repartió una cerveza para cada uno. –¿Qué harán esta noche? – interrumpió la charla varonil. En ese momento agrando mis ojos y la penetro con la mirada. Por debajo de la mesa le pego una sutil patadita. Quiero matarla. Ya conozco a Liz y sé las intenciones de ella al hacer esa pregunta. No respondo. Los hombres se miraron. Sabiendo Michelle que debía regresar a su casa con su esposa y su hija tampoco respondió. Solo quedaba una persona para responder y lo hizo. – Hay una fiesta en el nuevo bar donde era King Bar, promete estar interesante. ¿Pero vas a dejar ir a tu marido? – dirigiendo la pregunta a Liz con cara de chiste. – Mi marido ya tiene planes, pero no te preocupes mi hermana seguro te puede acompañar, ¿verdad Sophia? – dijo en victoria, estirando su cuello. Su objetivo ya estaba logrado. Insisto, quiero matar a mi hermana. Me pongo nerviosa, no sé qué decir, quiero beber un trago para hacer tiempo, voy agarra la botella, le pego sin querer con la mano... ¡Crash! Toda la cerveza en la camisa del hombre más sexi del mundo. Achiqué mis hombros y me escurrí por mi silla hacia abajo. Él solo exclamó: – ¡Ay! Michelle y Liz se apresuraron a limpiarlo con servilletas. Acostumbrados a su hija, que todo el tiempo lo hacía. Desaparezco de escena y corro a la habitación de papá, abro el placar y comienzo a revolver buscando algo canchero y no tan anticuado. Encuentro una camisa azul oscura, la retiro de la percha y bajo corriendo al patio. – En verdad lo siento mucho, déjame arreglarlo. Ponte esta. – le paso la camisa. – Gracias, eres muy amable. – añade: – El problema es que ya no tienes cerveza, deberías acompañarme al bar así puedo comprarte una. – Con lo que acabo de hacer, debo decirte que sí a cambio de que me disculpes. –dije. –Vayan, vayan, que no se les haga tarde. – saltó mi hermana antes de que me arrepintiera. A ese nivel, conoce cada cosa que estoy pensando o sabe lo que voy a decir y cómo voy actuar así es que siguió. – No te preocupes Sophia, nosotros nos encargamos de dejar el patio impecable y nos quedamos con los papás. – agregó. Salgo de casa, cuando estoy subiendo a su auto caigo en la cuenta que no me despedí de nadie. Ya está estaba a punto de tener una cita después de tantos años sin salir con nadie. Mis manos sudan y mi corazón parece que se va a salir de mi pecho. El bar está a minutos de casa, menos mal porque no sé de qué hablar con este hombre. Él va muy concentrado y serio al volante. Parece estar enojado, pero no hay motivo así es que esa opción queda descartada. Estoy muy nerviosa y no recuerdo su nombre.
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