Efecto dominó

1512 Words
Ese fin de semana me encargue de ordenar la casa para recibir a mamá. Por supuesto le avisé a Liz, como ella me encargó. Pero ese fin de semana no resultó como lo esperaba. Mamá vino a casa para buscar todas sus cosas e informarnos que ese mes que estuvo en Paris conoció un hombre millonario. Trabajó para él y de la noche a la mañana se enamoraron. Él le propuso que se mudaran juntos y le obsequió un lujoso anillo de diamante. A mamá le bastó saber que las cuentas bancarias de ese tipo estaban repletas de dígitos para decir que sí. Liz lo tomó con naturalidad, dijo que el pacto que tenía con papá era hasta que la muerte los separe, que si ella era feliz podía hacerlo tranquilamente. En cambio, mi reacción fue contraria a la de Liz y no me quedé callada nada de lo que sentía. Me pareció errónea la decisión que tomo mamá y la de Liz de aceptar esa conducta. Estoy convencida que es una falta de respeto hacia papá, por más que ya no esté, él se esforzó mucho por darnos una vida de julos, no dejó que nos faltara ni lo más mínimo. Pensé que mamá había reflexionado en el viaje y que regresaba para hacer el duelo junto a nosotras y hacerse cargo de la empresa, siempre tan ilusa yo. Me siento tan desilusionada de ella, treinta años llevo a su lado, pensé que era de esas mujeres que se la jugaban por la familia, pero resulta que un par de billetes tienen más peso que el amor y la unión familiar. Finalmente, ella se fue a rehacer su vida en otro continente, sin importar que acá dejaba una nieta, dos hijas, un yerno, una empresa y una casa. Le resultó muy fácil dar vuelta la página y empezar una nueva historia. Creo que lo que nos hizo no se lo perdonaré nunca. Como le dije a Liz esa semana me hice cargo de la empresa. Me sentí rara desde que puse un pie en la puerta, todos me miraban con cara de pena. Todo en ese lugar tenía olor a papá, me sentía observada, inevitablemente mis ojos se llenaron de lágrimas. Pero me dije a mi misma que debía ser fuerte, se lo debía a papá. Cuando me siento en su oficina veo en el escritorio tres teléfonos que no paraban de sonar, junto a ellos una foto de la familia, en una de nuestras mejores vacaciones en la playa. No resistí más y rompí en llanto. Guardé la foto en el primer cajón del escritorio. Entró London, secretaria de papá, con una bandeja entre sus manos. – Buenos días señorita Fernández, siento mucho lo de su papá. Le he traje un café – dijo con una sonrisa, dejó la taza de café en una mesita cercana al escritorio, la muy zorra. Si ese día hubiese sabido todo lo que pasó, le tiraba el café en la cabeza. Pero como no sabía nada esa mañana me tomé el café y encendí la computadora, en el correo electrónico indicaba una alerta de bandeja de entrada llena. Revisar esos mails me llevó dos semanas completas. El mismo tiempo que me llevó descubrir la estafa. Llegaba a la empresa a primera hora y era la última en retirarme. London se mantenía distante, pero alerta a lo que yo necesitaba. Luis, socio de papá, fue su mano derecha por años. Desde el primer día que me incorporé ignoró mis llamadas con el pretexto que estaba en un viaje de negocios determinante para la empresa. Fue él quien se hizo cargo de los principales clientes desde que pasó la tragedia hasta que yo decidí involucrarme. Llegaba a casa exhausta, tomaba un baño, me servía una copa de vino y me dirigía mi cama, esa rutina la opté por semanas, ni siquiera revidaba los mensajes del celular. Por las noches seguía con insomnio, se pasaban las horas mientras extrañaba a papá y trataba de buscar que hice mal para que la vida me estuviera golpeando así de duro. En la empresa las cosas no marchaban bien, los proveedores llamaban enojados porque no han recibido sus respectivos pagos. Los clientes enfurecidos reclamando sus pedidos y amenazando con que nos demandarían ya que ellos han cumplido con el pago de sus cuotas. Se les debían sueldos a varios trabajadores. Tras arduas reuniones con los socios minoritarios, contadores y abogados, mi estrés aumentaban, más de dos veces padecí ataques de pánico en la oficina. Pasaba horas desparramada en el escritorio llorando, me sentía una total inútil. Le estaba fallando a papá no podía responder los tres teléfonos, de hecho, dejé conectado el que me comunicaba con London porque si no enloquecería más de lo que siento estar. Mandé a buscar a Luis, debía hacerse presente y explicarnos que pasó en los días de ausencia de mi padre. Sus explicaciones no fueron coherentes. Dada las pruebas contra él, tuvo que intervenir la Justicia. Se descubrió que Luis quebró la empresa, la dejó sin fondos, se robó tan solo en semanas todo lo que mi padre logró conseguir en años. Su cómplice fue la zorra de London, era amante de Luis. Tenían todo planeado, ella supo todo desde el principio, se hizo la mosquita muerta con mi papá para que el confiara en ella y le diera información sensible como ser las claves. La mal agradecida tuvo trabajo por años y en cuanto mi padre fallece, ella se aprovecha de la situación. Estoy devastada, si había pensado que mi vida se había derrumbado, pues pensé mal. Aun puede estar peor. Cuando ya no se pudo hacer nada por recuperar algo del imperio de los Fernández, fui a casa de Liz para comunicárselo. Ella fue comprensiva, me apoyo, me pidió que no me preocupara, me hizo entender que no era culpa mía, después de todo papá nunca se fio de ese tal Luis me aseguró. Sus palabras fueron confortadoras para mí. También sugirió que buscara un empleo, porque ella no podría prestarme dinero. Mi vida estaba siendo como una piedra que caía al vació, cada vez más profundo. Por el día intentaba reestablecer las relaciones con los potenciales compradores que asistieron a mi muestra hace un par de meses atrás, pero ninguna prosperaba. Por las noches me iba a tomar unos tragos a Peaki Bar, donde estaba el famoso King Bar de mi juventud. Me hice amiga de la cajera, y de los chicos que trabajaban en la barra, pues ellos me escuchaban hablar de mis problemas, noche tras noche. Comencé bebiendo una copa de Martini de manzana, al día siguiente fueron dos, al día que le sigue fueron cuatro y así el número de copas que tomaba por noche siguió aumentando. Por las mañanas dejé de buscar trabajo, dado que la resaca me duraba todo el día. Bajé de peso, no podía probar bocado, el alcohol me provocaba un amargor en la boca que me daba asco el sabor de la comida. Las salidas nocturnas ya eran un hábito. Llego al bar, me siento la barra en el mismo lugar de siempre. – Hola Maggi, dile a Eric que me sirva el mejor wiski del bar, que esta noche brindaremos por el amor. – grito al aire, sacudiendo una botella de ron que tenía en mi mano. – ¿Ya has estado bebiendo, Sophia? – me pregunta Maggi con el ceño fruncido. – No me regañes amiga, estoy festejando que la vida es una m****. – intento decir modulando palabra por palabra. Añado: – ¿A caso, no notas que hoy me he vestido de fiesta, amiga? – Si, estas bien guapa. –me dijo colocándome un mechón de cabello detrás de la oreja. Siento el cuerpo pesado, me apoyo sobre la barra estirando mis brazos hacia delante, dejando caer mi cabeza sobre ellos. Siento una caricia que comienza en una de mis manos y se extiende por mi brazo hasta el hombro. Levanto lentamente mi cabeza para ver quién es. Es Daniel, le regalo una sonrisa seductora. No lo recordaba así de guapo. – Esta noche estás más lindo, bombón. – le dije guiñando un ojo. – Daniel debes traer más hielo. – le ordena Eric desde la otra barra que hace rato que noes está observando. Daniel le hace caso a Eric y me deja sola. Observo que el bar estaba repleto, pero ningún hombre me parecía sexi. Me siento dándole la espalda a la barra y busco algún buen mozo que me consienta esta noche. Ninguno me gusta. Pero recuerdo que tengo el numero de un hombre que si me parece sexi, así es que agarro mi celular y le mando un mensaje, sin mirar la hora, comienzo a tipear en mi celular en el chat de Thomas: “Estoy en Peaki Bar. Ven (le envío mi ubicación en tiempo real, por error)” Estoy demasiado ebria para eliminar la ubicación y volverle a mandar la ubicación actual, al fin es lo mismo. Quiero indicarle donde está el bar.
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