17 - Mónica

1143 Words
A las cinco y media de la tarde, después de varias horas de diversión en el parque, decidimos regresar a la taquilla para comprar más tiquets. El chico que nos atendió en la ventanilla se rió al vernos, ya que era la tercera vez que regresábamos a comprar más. —¿De cuáles? —preguntó, su tono era amigable y se notaba que disfrutaba de nuestra energía. —¡De los de fichas! —casi gritó Ai con entusiasmo. Yo reí y asentí. —Bien —dijo él, sonriendo mientras comenzaba a sacar más tiquets de la máquina—. Como han comprado demasiados, estos tendrán una promoción especial. Serían mil trescientos. Asentí rápidamente, saqué el dinero de mi bolso y se lo entregué. Mientras el chico nos entregaba los tiquets, no pude evitar pensar lo afortunadas que éramos por poder disfrutar de un día tan especial juntas. —Gracias —le dije con una sonrisa, y en cuanto nos entregaron los tiquets, nos giramos rápidamente y comenzamos a correr hacia el juego de los aros, que había sido nuestro favorito hasta ahora. Era donde habíamos ganado más tiquets, y sabíamos que era nuestro lugar de confianza para seguir acumulando más. Pasaron varias horas, y poco a poco nos fuimos quedando sin tiquets. A pesar de la emoción de los juegos, no podíamos evitar sentir que estábamos agotadas. Sin embargo, estábamos decididas a no irnos hasta conseguir los premios que queríamos. Ai, especialmente, no podía esperar para obtener ese peluche gigante que había estado mirando todo el día. Por mi parte, estaba buscando un peluche mediano, pero también estaba muy emocionada con la idea de sorprender a mi hermano con un regalo. Después de agotar todos los tiquets que habíamos comprado, finalmente logramos completar las fichas necesarias para obtener los premios que habíamos estado deseando. Al llegar al puesto de premios, la expresión del chico que estaba detrás de la mesa al ver la cantidad de fichas que teníamos era simplemente un poema. Él no podía creer lo que estaba viendo, y nosotras solo nos reímos al ver su cara de sorpresa. Mientras él contaba las fichas con un aparato, nosotras decidimos ir a comprar una manzana acaramelada, porque no había nada mejor que disfrutar de un dulce mientras esperábamos. Cuando regresamos, el chico ya había contado las fichas y nos dio la noticia: ¡teníamos más fichas de las que pensábamos! Ai consiguió su peluche gigante, y yo mi peluche mediano, que también me hizo sentir como una niña pequeña. Al juntar las fichas restantes, decidimos escoger un cojín de cerdito para nuestro hermano, pensando que sería un detalle que le encantaría. Era ya bastante tarde, alrededor de las siete de la tarde, y comenzamos a caminar hacia el área de espera para tomar un taxi de regreso a casa. Ai estaba emocionadísima, todavía abrazando su peluche gigante, que, debo decir, era más grande que ella misma. No podía dejar de sonreír, y eso hizo que mi día fuera aún mejor. Después de unos minutos de espera, finalmente apareció un taxi. Subimos rápidamente y le dimos al conductor la dirección de nuestra casa. En el camino, mi teléfono sonó, y al ver que era Tina, lo saqué del bolso y descolgué. —Hola, ¿cómo sigue Cody? —le pregunté con un tono preocupado, sabiendo que su estado aún era delicado. —Está estable, Monica. Su hermano no se ha separado de él desde que lo trasladaron a una habitación normal —respondió Tina, aliviándome un poco. —Para Jeffrey, Cody es su mundo. Si puedes hacer algo para que se quede con él, te lo agradecería mucho —dije, sabiendo que Jeffrey estaba pasando por un momento muy difícil. —Claro que sí, de eso me encargo yo —respondió Tina, con la seguridad que me tranquilizó un poco. —Con el asunto del dinero no te preocupes, yo me encargo... No le des ningún dato a Jef sobre eso, por favor —le pedí, mirando a Ai, que ya se había quedado dormida en el asiento del taxi, abrazada a su peluche. A pesar de su energía durante todo el día, la emoción la había dejado exhausta. —Claro, sabes que con eso no tengo problemas —respondió Tina, su voz tranquila me dio un respiro. —Muchas gracias por todo, Tina —le dije sinceramente. —Para lo que gustes, Monica —respondió Tina con amabilidad antes de colgar. Guardé el teléfono en mi bolso, sabiendo que pronto tendría que hablar con Jeffrey, pero por ahora quería disfrutar del tiempo con Ai, que, como siempre, no dejaba de emocionarse con el día tan increíble que habíamos tenido. Seguramente, Jeffrey no recordaba mucho sobre su estado ni sobre el dinero, solo quería centrarse en su hermano. Al poco tiempo, llegamos a la casa. El chofer anunció que habíamos llegado, y saqué dos billetes de quinientos para pagarle. —Conserve el cambio —le dije mientras le entregaba el dinero. —Muchas gracias —respondió él, tomándolo con una sonrisa. —Ai, llegamos —le dije en voz baja, ya que ella seguía dormida, abrazada a su peluche gigante. Ella abrió los ojos lentamente y me miró, todavía con una sonrisa soñolienta. —Vamos a que duermas en tu cuarto —le dije, y ella asintió, aún sin soltarse de su peluche. Bajamos del taxi, y al llegar a la puerta de la casa, entramos con la emoción de haber vivido un día increíble. La llevé al cuarto y, mientras ella se tiraba en la cama con su peluche gigante, reí y le quité los zapatos. Parecía una niña pequeña disfrutando de su juguete favorito, lo que me hizo sentir un cariño inmenso hacia ella. Salí del cuarto cerrando la puerta con cuidado y luego fui al de mi hermano. Lo encontré en la cama mirando su teléfono, aparentemente distraído. Decidí sorprenderlo, así que le lancé el cojín de cerdito que habíamos comprado. —¡Qué lindo! —dijo él, riendo mientras lo miraba, claramente contento con el regalo. —Es tuyo —le dije, sonriendo. —Gracias, enana —respondió, viéndome con una expresión agradecida. Asentí con una sonrisa y luego me senté a su lado un momento. —¿Nuestros padres están en casa? —le pregunté, ya que no los había visto por la tarde. Negó con la cabeza mientras se acomodaba con el cerdito en su cama. —Tienen una cena con unos inversionistas, regresarán tarde —respondió. Asentí con comprensión. —Bien, me voy, en un rato saldré —le avisé al salir de su cuarto. —¡Ten cuidado, enana! —gritó desde la cama. Sonreí, cerré la puerta y me fui al mío, pensando en todo lo que había sucedido ese día. Sin duda, había sido uno de esos días que recordaríamos para siempre.
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