Mi teléfono vibró en el bolso y dejé el vaso sobre la mesa para sacarlo. Era una llamada de Jeffrey.
—¿Diga? —respondí, desconcertada y con una ligera inquietud.
—Liliht, necesito de tu ayuda —dijo él, su voz sonando desesperada, lo que hizo que mi estómago se retorciera al instante. Me levanté de la mesa y me apoyé en la barra de la cocina, prestando atención a cada palabra.
—¿Qué ocurre, Jef? —pregunté, ya preocupada, tratando de mantener la calma.
—Mi hermano fue atacado por una de las pandillas del barrio y está hospitalizado de gravedad —respondió, su tono quebrado por el llanto. Era obvio que no sabía qué hacer, y eso me alarmó aún más.
—¿Qué? —casi grité, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. La ansiedad me invadió al instante, como si me hubiese sumergido en un pozo profundo.
—Necesito que me prestes dinero, por favor, mi hermano puede morir —dijo entre sollozos, con la voz temblorosa.
—Claro que sí, Jeffrey, sabes que eso jamás ha estado a discusión —respondí con firmeza, intentando calmarme mientras mi mente comenzaba a trabajar rápido, buscando soluciones. —Haz lo que tengan que hacer, y luego yo me encargaré de todo —añadí, con una calma que apenas podía mantener. —Haz que lo trasladen al hospital Saint Clare, yo me encargaré del resto —le dije, poniendo en marcha los contactos que sabía que podría usar.
—Muchas gracias, Lilith, te juro que te devolveré hasta el último centavo que gastes —respondió, su voz quebrada por el llanto, llena de gratitud pero también de una enorme preocupación.
—Eso no es necesario —le dije, intentando que entendiera que no era por el dinero, sino por la vida de su hermano lo que me preocupaba. —Haz lo que te dije, yo haré unas llamadas para que no tengas problemas —continué, sintiéndome más tranquila por tomar el control de la situación. —Avísame cualquier cosa —le pedí, tratando de transmitirle algo de calma.
—Claro, gracias de nuevo —dijo, antes de colgar.
Con el teléfono en la mano, me quedé un momento inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar. Mi corazón latía con fuerza, pero rápidamente retomé el control. Miré a mi alrededor, buscando a mi nana.
—¿Qué pasó, mi niña? —preguntó mi nana, entrando sin previo aviso a la cocina. La miré y negué con la cabeza, tratando de ocultar la preocupación en mis ojos.
—Nada, nana —respondí con una sonrisa que no alcanzó a llegar a mis ojos. Sabía que mi expresión debía delatarme, pero no podía preocuparla.
Busqué entre mis contactos el número de una doctora amiga mía, la única que sabía que podía ayudarme en situaciones así.
Marqué el número de la doctora Hemmen.
—Buenas tardes, Monica, ¿a qué se debe tu llamada? —dijo ella de inmediato, sin dejar de parecer tranquila.
—Hola, Tina —saludé—. Necesito tu ayuda en algo.
—¿Qué necesitas? —preguntó, siempre dispuesta a ayudarme.
—Que traslades a un chico de trece años que está en el hospital de los barrios bajos al hospital Saint Clare lo más rápido posible —pedí, tratando de no sonar tan desesperada, aunque mis nervios me hacían hablar rápido. —Se llama Cody Sorno, y su tutor es Jeffrey Sorno. Él también está buscando cómo trasladarlo, pero ya sabes cómo son las cosas sin la petición de un doctor... —dije, pasando mi mano por mi rostro, frustrada por la falta de control en esta situación. —Necesito que te encargues de él y hagas todo lo necesario para que se recupere. No te preocupes por tus honorarios, yo me encargaré de ellos —concluí, sintiéndome un poco más aliviada al haber tomado una decisión.
—No te preocupes, Mónica, ya está el traslado pedido. Estarán aquí en media hora —respondió, sin titubear.
—Gracias por todo, Tina —dije, sintiendo una oleada de agradecimiento. —Manténme informada de cualquier cosa, por favor.
—Claro que sí, yo te aviso —respondió con calma, y colgué, sintiendo que al menos algo estaba bajo control.
En ese momento, escuché pasos detrás de mí y me giré rápidamente. Ai estaba allí, observándome con curiosidad, como si algo no estuviera bien.
—¿Hay problemas? —preguntó, su voz suave pero llena de preocupación. Me asusté un poco, ya que no me había dado cuenta de que estaba tan cerca. La miré, sorprendida. —¿Quién está en el hospital, Moni? —preguntó, estirando su mano hacia mí, agarrando mi gorra blanca. Sonreí y negué, tratando de quitarle importancia al asunto.
—No te preocupes por eso —respondí, intentando disimular la ansiedad en mi voz. Tomé la gorra y le sonreí. —¿Lista? —le pregunté, sabiendo que necesitaba un poco de distracción.
Ella asintió, aunque no completamente convencida. Sentí su mirada fija en mí, como si supiera que algo no estaba bien.
—Bien, vámonos —dije, comenzando a caminar hacia la puerta. Ella me siguió, aún con la misma expresión pensativa.
Ambas salimos de la mansión, charlando de cualquier cosa, riendo despreocupadas para romper la tensión en el aire.
Me gustaba verla así, sin que tuviera que pensar en estudiar o practicar para alguna de sus actividades. Era un momento de calma para ella, un descanso necesario.
Tomamos un taxi hacia el parque de diversiones, y Ai parecía una turista mirando todo a su alrededor, como si no viviera en Nueva York, como si fuera la primera vez que salía de casa o algo así. Sus ojos brillaban con emoción al ver la ciudad como si fuera nueva para ella.
Me encantaba verla sonriente, tan despreocupada, actuando como una niña pequeña que disfrutaba de lo más simple, y me recordaba lo importante que era encontrar momentos de alegría entre tanto caos.