11 - Mónica

1331 Words
Disculpe, la llave del casillero de Andrés Mishoi, por favor —pedí a la mujer de la recepción, mientras intentaba mantener un tono de voz amable y calmado. Mis palabras salieron de mi boca con una naturalidad que a veces ni yo misma entendía, ya que era algo tan común para mí el moverme con tanta rapidez por la universidad, que el solo hecho de hablar con alguien más ya era casi un acto mecánico. — Señorita, no creo que él pueda venir hoy a clases. El correo de confirmación de la beca tardó bastante en llegar, y recién le llegó esta madrugada —se disculpó ella, visiblemente apenada. Lo notaba en su rostro, como si esperara que le recriminara por el retraso en la respuesta, pero en realidad no me importaba demasiado—. Además, dado que el joven Mishoi ya está aquí, ¿sería posible entregarle la llave? —agregó, con una pequeña sonrisa de disculpa, aunque en sus ojos había un brillo de esperanza por complacerme. — Aquí estoy... —dijo de repente Andrés, su voz resonando detrás de mí. Me giré rápidamente, sorprendida, y vi cómo la secretaria lo miraba incrédula, sin creerse lo que estaba sucediendo. — ¿Andrés Mishoi? Un gusto —saludó Andrés, sacando su identificación con una actitud relajada pero confiada, mostrándosela a la secretaria con una sonrisa de esas que dejan claro que no tenía miedo de nada. La mujer la observó, incrédula aún. — Ah, sí... si es así —respondió la secretaria, asintiendo y buscando rápidamente en su gaveta—. Aquí tiene, por ahora. Luego el candado será reemplazado por uno de combinación, y será usted quien lo coloque. —Extendió la llave a Andrés, quien la tomó con una sonrisa de gratitud. — Felicidades, joven Mishoi. Ha conseguido una de las notas más altas de todos los exámenes para la universidad. Si tiene alguna duda sobre el lugar o sobre cualquier otro tema, puede acudir a mí o a la señorita a su lado —dijo la secretaria, con un tono de voz orgulloso y sincero—. Y si tiene algún problema con los demás alumnos, no dude en venir a hablar conmigo o con la directora. Lo resolveremos de la mejor manera posible. Andrés sonrió de vuelta, aceptando sus palabras con humildad, aunque no podía evitar mostrar cierto aire de satisfacción por lo que acababa de lograr. — Gracias —respondió él, su tono amable, pero con una ligera sonrisa. Luego se giró hacia mí—. Vamos, Mónica —dijo, tomándome por sorpresa, pero aceptando la idea con facilidad. Sin pensarlo mucho, asentí, siguiendo sus pasos hacia la salida. — ¿Qué número te tocó? —pregunté, curiosa, mientras caminábamos hacia la zona de los casilleros. Miraba fijamente la llave que tenía en las manos. — 254-A —respondió Andrés, echando un vistazo a su llave con una pequeña sonrisa en su rostro, como si estuviera disfrutando del momento. Yo, por mi parte, sentía una emoción indescriptible. — ¡Está cerca del mío! —exclamé emocionada—. El mío es 199-A —dije, sonriendo ampliamente, casi como si fuera un niño pequeño recibiendo su regalo favorito. Andrés también sonrió al ver mi entusiasmo. — Guíame —dijo Andrés con una sonrisa confiada, y yo, sin pensarlo, lo llevé hasta su casillero. Mientras caminábamos, hablamos sobre cómo llevaríamos nuestra falsa relación aquí en la universidad. El acuerdo que habíamos hecho era claro: seríamos pareja para alejarnos de las personas indeseables y, por supuesto, no tener que lidiar con las "zorras" y los "putos". Ambos sabíamos que sería una situación temporal, pero nos manteníamos firmes en que era lo mejor. Después de dejar nuestras cosas en los casilleros, nos dirigimos al salón de clases. El camino era corto, pero la conversación se volvía más interesante conforme avanzábamos. De repente, Sitney se acercó con un rostro de asombro absoluto. Se detuvo frente a nosotros, observando a Andrés con incredulidad. — ¡Vaya! Chico nuevo, ardiente y becado con el 100% en su examen... —dijo, claramente sorprendida—. ¿En serio? —Miró a Andrés, sin creer lo que acababa de escuchar. Andrés no pudo evitar sonreír con suficiencia, consciente de la situación. — Soy consciente de todas las noches que no fue al club para estudiar —comenté con un encogimiento de hombros, lanzando una sonrisa ladeada. A Sitney se le notaba la sorpresa, pero también el asombro de no esperar una respuesta tan tranquila. — ¡Wow! —fue lo único que dijo, aún incrédula ante todo lo que estaba sucediendo. Andrés, al ver la escena, miró el reloj de su muñeca, preocupado por el tiempo. — Ya vamos demasiado tarde a clases —dijo, levantando la vista hacia nosotros, y con un tono de voz algo urgente. Yo, por mi parte, asentí, ya preocupada también por el retraso. — Nos vemos en el almuerzo —se despidió Sitney, sin poder ocultar el asombro que seguía pintado en su rostro. Y, sin perder más tiempo, continuamos nuestro camino al salón. Cuando finalmente entramos, el profesor nos miró extraño, como si no entendiera por qué llegábamos tan tarde. Me dio un vistazo que sabía no era amigable, y de inmediato se dirigió a mí. — Señorita Supernot, viene demasiado tarde... ¿Cuál es el motivo? —preguntó con un tono de voz que dejaba claro que no estaba satisfecho con la situación. Luego, al notar que Andrés estaba detrás de mí, miró a este, curioso—. ¿Y él es? —preguntó, con evidente desconcierto. Andrés no se demoró en dar su respuesta. — Andrés Mishoi —se presentó, con esa confianza que lo hacía parecer más un adulto que un simple estudiante. El maestro, al escuchar su nombre, abrió los ojos tan ampliamente que pensé que se le saldrían. — ¡No lo esperaba hoy, joven Mishoi! De hecho, lo esperaba la próxima semana —comentó, aún incrédulo. Yo no pude evitar sonreír ante la sorpresa del profesor. — No quería perder más clases, ya voy demasiado atrasado... —respondió Andrés con total sinceridad. El maestro asintió, como si entendiera la situación perfectamente. — Ella me estaba ayudando a llegar aquí —agregó, señalándome a mí con una ligera sonrisa. — Está bien. Si ese es el motivo, no hay problema. Tomen asiento —dijo el maestro, sonriendo ligeramente, y señalando a los asientos vacíos—. Bueno, él es su nuevo compañero. Se llama Andrés Mishoi, y es... —intentó continuar, pero lo interrumpí rápidamente. — Mi novio —dije, afirmando con rotundidad, y tomé su mano con una sonrisa confiada. El maestro me miró desconcertado, claramente sin entender lo que acababa de suceder. — Vamos, bebé —dije, sonriendo mientras tiraba de su mano, llevándolo hacia los asientos de atrás. Andrés no pudo evitar sonreír y negar con la cabeza mientras caminábamos. Nos sentamos en las sillas de arriba, con una pequeña satisfacción en el aire. — ¿Qué fue eso, Mónica? —susurró Andrés, todavía sin poder creer lo que acababa de pasar. — Te molestarán si saben que eres becado. Normalmente, los becados no duran ni una semana por las burlas... —le dije en voz baja, mirando a los chicos de la clase que nos observaban desde sus lugares. Me giré hacia él, tomando su mano—. No me preocupo, sé que les partirás la madre si te joden, pero te meterás en problemas... demasiados problemas —le advertí, y él asintió, entendiendo que no era una simple recomendación. — Está bien... pero si me joden, los mando al hospital más lejano —respondió con una sonrisa traviesa. Yo no pude evitar soltar una risa ante su respuesta. — Yo te ayudaría —dije, sonriendo de manera cómplice. Ambos comenzamos a prestar atención a la clase, ya dejando atrás esa charla tan productiva. El ambiente se sentía diferente ahora, como si algo nuevo hubiera comenzado entre nosotros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD