bc

ADAMAH — Libro I: El Despertar de los Astros (Edición Definitiva)

book_age12+
7
FOLLOW
1K
READ
dark
forbidden
love-triangle
BE
friends to lovers
shifter
badboy
drama
tragedy
serious
kicking
medieval
mythology
small town
apocalypse
magical world
another world
childhood crush
superpower
war
ancient
like
intro-logo
Blurb

Una profecía olvidada. Siete astros destinados a reunirse. Una luz que deberá apagarse para renacer.

En el mundo de Adamah, el rey O'Connor ha reinado con justicia durante décadas, pero la traición de su mejor amigo, Arman Eliot, lo cambia todo. Una noche de sangre, el imperio cae. Las tres princesas —Sakura, Amelia y la recién nacida Serenidad— huyen separadas, condenadas a crecer ocultas mientras un tirano usurpa el trono.

Dieciséis años después, una voz despierta a Serenidad en el bosque, y junto a Ángel, un forjador que también escucha susurros, comienza a descubrir su verdadero origen. La búsqueda de sus hermanas las llevará a encontrarse con Jenny, una sacerdotisa que habla con los muertos; Kaito, el último cambiaformas de un clan exterminado; Sakura, la hermana guerrera; y Gaudi, un espadachín empuñando una espada mágica. También cruzará su camino Lans, el hijo del rey usurpador, que deberá elegir entre la lealtad a su linaje y el amor que lo transforma.

Pero los siete astros no solo luchan contra el tirano. Una oscuridad más antigua se cierne sobre Adamah, y la profecía exige un precio: "Una estrella brillará más que todas, pero su luz no despertará hasta que apague a sus astros."

El Despertar de los Astros es el primer volumen de una saga épica donde el amor, el sacrificio y la esperanza se entretejen en un mundo de magia ancestral, guerreros alados y un destino que solo podrá cumplirse cuando la luz y la oscuridad se reconcilien.

chap-preview
Free preview
Capítulo 1: Prólogo y La Caída del Imperio
"Dicen los ancianos que al principio solo existía el susurro del viento estelar... y del aliento de las estrellas, nació el mundo." Mucho antes de que los reinos de Adamah alzaran sus murallas, antes de los castillos, las guerras y los nombres tallados en piedra, solo existía la Luz. Una luz antigua, pura y vibrante, que colmaba todo con su energía. De ella emergió Adamah: un mundo vasto, fértil, lleno de mares sin nombre, ríos que cantaban y montañas que danzaban con los cielos. Pero incluso antes de la luz, algo sin nombre ya había despertado. Algo que el tiempo no puede tocar y la muerte no puede callar. El Primero. Una sombra incorpórea, testigo del nacimiento de toda creación, que aguardaba paciente entre los hilos invisibles del cosmos. Cuando los primeros hombres despertaron, el mundo los abrazó con generosidad. Aprendieron a sembrar, a construir, a alzar sus voces en canciones que reverberaban por los valles. Y cuando esos cantos llegaron a las estrellas, éstas respondieron. Fue entonces cuando llegaron los Astros. Siete fragmentos de conciencia celestial, almas puras nacidas del corazón de los cielos. No eran dioses, ni hombres, ni bestias. Eran equilibrio. Vida. Fuerza. Y fueron enviados a habitar entre los pueblos de Adamah, ocultos en carne y espíritu, hasta que su presencia fuera requerida de nuevo. Cada Astro llevaba consigo una parte del orden del mundo: fuego, agua, viento, tiempo, verdad, destino... y amor. Pero como toda luz, su existencia despertó también la oscuridad. La llegada de los Astros trajo consigo una era de prosperidad. Los mares calmaron sus tormentas. Los árboles dieron fruto sin cesar. Los cielos se mantuvieron azules durante generaciones. La humanidad, guiada por sabiduría invisible, prosperó. Y así nacieron los siete reinos: Asturias, junto al mar eterno, pescadora de estrellas. Gaya, oculta bajo la gran cascada cristalina. Saris, fortaleza entre montañas y cielo. Isagar, reino de secretos y sombras. Felian, jardín de flores eternas y canciones. Paris, tierra de fuego y forja. Amethet, donde el sol nunca duerme y la arena canta. Cada reino alzó su estandarte. Cada uno levantó torres, forjó espadas y escribió su historia. Pero con el paso del tiempo, el equilibrio comenzó a desmoronarse. Los pueblos olvidaron las canciones antiguas. Los Astros se volvieron leyendas. Y entre la g****a de su olvido, la Sombra sin nombre —el Primero— encontró una abertura. Y así comenzó el lento declive. Primero, las guerras. Después, las traiciones. Luego, el silencio de los sabios. Pero no todo estaba perdido. Una profecía antigua, escrita en una lengua que ya nadie recuerda, prometía que cuando el mundo olvidara la luz, los Astros despertarían. Que uno de ellos se sacrificaría por todos. Y que la oscuridad tendría un nombre... pero no un final. Porque no todo puede ser destruido. Algunos males no nacen. Algunos males simplemente existen. Y así, bajo cielos cada vez más turbios, Adamah aún esperaba. Esperaba que la memoria de las estrellas volviera. Que el amor renaciera. Que el equilibrio despertara. Y que la historia comenzara de nuevo. En los árboles de los tiempos, cuando el ser humano vivía en armonía con los dioses y aún con los demonios, existía un mundo llamado Adamah. En este mundo, el rey divino ejercía su reinado en paz; el cielo resplandecía en toda su inmensidad y los árboles mostraban la grandeza del imperio. Ese rey se llamaba O'Connor. Había comenzado su reinado a los diez años, tras la muerte de su padre, y gobernó con sabiduría durante décadas. Bajo su mandato, los siete reinos conocieron una era de prosperidad sin precedentes. Las rutas comerciales florecieron. Los ejércitos se convirtieron en guardianes, no en invasores. Y el Clan Eliot, los guerreros divinos del rey, conocidos por su fuerza y valentía, habían olvidado el sabor de la guerra. O'Connor se casó con una hermosa mujer de nombre Ana, quien le dio tres hijas: Sakura, Amelia y Serenidad, la cual nunca llegó a conocer. El palacio de París, capital del imperio, era un faro de luz y esperanza. Sus torres de mármol blanco se elevaban hacia el cielo, sus jardines perfumaban el aire, y sus fuentes cantaban día y noche. Allí, la familia real vivía feliz, ajena a las sombras que se gestaban en los corazones de los hombres. Pero la felicidad, como la luz, siempre proyecta una sombra. Y esa sombra tenía nombre. Arman Eliot. El día en que Ana dio a luz a su última hija, el cielo sobre París se cubrió de un manto de estrellas inusual. Una constelación de siete puntas brillaba con una intensidad nunca vista, como si los propios dioses observaran el nacimiento. Dentro del palacio, en una habitación iluminada por velas de cera lunar, la reina Ana yacía agotada pero radiante. En sus brazos, la recién nacida dormía plácidamente, ajena al mundo que la esperaba. —Es hermosa —dijo O'Connor, arrodillado junto a su esposa, con lágrimas de alegría en los ojos—. Serenidad. La llamaremos Serenidad. Ana sonrió, débil pero feliz. —Nuestra hija... nuestra pequeña luz. En ese momento, las puertas de la habitación se abrieron de golpe. Arman Eliot entró con la espada desenvainada. Su armadura, la misma que había compartido cien batallas junto a O'Connor, estaba manchada de sangre. No de enemigos, sino de los guardias que habían intentado detenerlo. —Arman... —dijo O'Connor, incorporándose—. ¿Qué significa esto? El comandante del Clan Eliot no respondió. Solo avanzó, paso a paso, con una mirada que sus amigos de toda la vida nunca habían visto. Una mezcla de odio, dolor y algo más profundo: obsesión. —Lo siento, viejo amigo —dijo Arman, con voz hueca—. Pero esto tenía que pasar. La espada se hundió en el pecho de O'Connor antes de que pudiera desenvainar la suya. El rey cayó de rodillas, la sangre brotando a borbotones de la herida. No miró a su asesino. Sus ojos buscaron a Ana, que observaba la escena con horror paralizante. —Te... amo... —alcanzó a susurrar. Y luego, su mirada se perdió en el vacío. El grito de Ana desgarró la noche. —¡No! ¡O'Connor! Arman se arrodilló frente a ella, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía si eran de dolor o de triunfo. —Ana... ya está hecho. Ahora puedo protegerte. Gobernaremos juntos, como siempre debió ser. Pero Ana, con las últimas fuerzas que le quedaban, lo maldijo. —Nunca te amé como a él —susurró, con los ojos llenos de odio y tristeza—. Nunca. Y por tu locura, por tu sangre derramada, tu propia sangre vivirá para destruirte. ¡Te lo juro, Arman Eliot! ¡Tu sangre será tu perdición! Luego, con un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza hacia la puerta. Una niña de siete años, de cabello oscuro como la noche y ojos violeta, acababa de entrar corriendo. Era Sakura, su hija mayor. —¡Mamá! —gritó la pequeña, paralizada por el horror. Ana reunió sus últimas fuerzas. Con un gesto, señaló un pesado tapiz en la pared. —Sakura... —su voz era apenas un susurro—. Detrás del tapiz... el pasadizo... Toma a Serenidad... y a Amelia... y huye. ¡Corre, mi niña, no mires atrás! Sakura, con el instinto de supervivencia más fuerte que el miedo, actuó. Corrió hacia la cuna, tomó a la recién nacida en brazos, agarró de la mano a su hermana Amelia, de apenas tres años, que lloraba asustada en un rincón, y se lanzó hacia el tapiz. Detrás, una puerta secreta se abrió con un crujido. Antes de desaparecer en la oscuridad, Sakura miró hacia atrás por última vez. Vio a su madre, sonriéndole con una paz que no era de este mundo. Vio a Arman, de pie, inmóvil, con la espada goteando sangre. Luego, la puerta se cerró. Arman no intentó perseguirlas. Se quedó allí, de rodillas, sosteniendo el cuerpo sin vida de Ana entre sus brazos. Durante un largo minuto, no se movió. Solo la sostuvo, como si aún pudiera despertar. Pero no despertó. Lentamente, se levantó. Tomó la espada manchada de sangre y, con ella, cortó la cabeza de O'Connor. Salió al balcón principal del palacio. La multitud, atraída por los rumores y los gritos, comenzaba a congregarse en la plaza. Cuando vieron la cabeza ensangrentada del rey en lo alto, un murmullo de horror recorrió las calles. —¡El rey ha muerto! —gritó Arman, con una voz que resonó en todo París—. ¡Yo, Arman Eliot, comandante del Clan Eliot, soy vuestro nuevo rey! El silencio fue absoluto. Nadie aplaudió. Nadie protestó. El pueblo, sencillamente, calló. Y en ese silencio cómplice, nació la tiranía. Esa noche, mientras París ardía en llamas y el miedo se extendía por los siete reinos, tres niñas corrían por un pasadizo oscuro, hacia un futuro incierto. El imperio de O'Connor había caído. Pero la historia... apenas comenzaba. En las profundidades del palacio, bajo el trono de hierro donde Arman se sentaría por primera vez al día siguiente, una losa de piedra grabada con runas antiguas comenzó a brillar con una luz tenue. Era el Sello del Vacío, uno de los siete que mantenían encerrada una dimensión de oscuridad pura. Se agrietó. Y al otro lado, algo antiguo, hambriento e infinito, abrió un ojo. En una mansión apartada, en el corazón del reino de Gaya, una mujer de ojos blancos como la luna dejó caer la pluma sobre el pergamino. Anyanka llevaba años esperando aquella noche. Años observando el cielo, leyendo las señales en el vuelo de los pájaros y en el murmullo de los ríos. Y ahora, por fin, lo había sentido. Un cambio. Algo se había roto en el equilibrio del mundo. Frente a ella, un antiguo libro de cuero n***o descansaba abierto. En su página central, un símbolo brillaba con luz propia: un astro de siete puntas, grabado en oro. Anyanka extendió la mano y tocó el símbolo. Por un instante, una visión la atravesó como un rayo: tres niñas corriendo en la oscuridad, un guerrero de alas blancas, una sombra inmensa que lo devoraba todo. Y luego, el silencio. Retiró la mano, temblorosa. Miró por la ventana. La estrella de siete puntas aún brillaba en el cielo, aunque comenzaba a desvanecerse con la llegada del alba. —Ya comenzó —murmuró, con voz apenas un susurro—. Que los dioses nos ayuden. Cerró el libro. En la última página, donde la tinta aún estaba fresca, había escrito unas líneas. No era una profecía completa. Solo el comienzo de algo que aún no entendía del todo: "Siete serán los que busquen... y uno será el que encuentre." Dejó el libro sobre la mesa y se perdió en la penumbra de la mansión. Afuera, el viento comenzó a soplar de nuevo. Llevaba consigo el eco de una pregunta que nadie podría responder aún: ¿Por qué lo hizo?

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

La verdadera mate del Alfa

read
34.4K
bc

Tres Reyes Lycan Amados

read
40.5K
bc

La Esclava Del Lobo Alfa

read
12.7K
bc

La Venganza De La Ex-Luna

read
7.2K
bc

Esclava De Cuatro Alfas

read
5.3K
bc

El Rey Alfa es mi segunda oportunidad como compañero

read
159.2K
bc

Luna abandonada: Ahora intocable

read
44.7K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook