CAPÍTULO 6.
Sigo viva.
Mariela
Después de asimilar todo lo que descubrí, tomé la decisión de distanciarme por un tiempo y me sumergí en mis estudios.
Sin embargo, aquella opresión en el pecho persistía, un recordatorio constante de lo sucedido.
No veía la necesidad de contárselo a mi madre. ¿Para qué? Solo conseguiría un interrogatorio exhaustivo o, peor aún, una fractura en la dinámica familiar.
—Mami, si Enrre logra llamar—comencé, buscando las palabras adecuadas para no despertar sospechas—, dile que no estoy disponible —articulé con cautela.
—Entendido, Mariela —respondió ella, permitiéndo me soltar un suspiro de alivio—. ¿Podrías decirme por qué? —inquirió, observándome con atención.
—Recuerda que te comenté que estoy en época de exámenes y con muchísimas tareas pendientes —improvisé. Su mirada inquisitiva denotó que intentaba recordar en qué momento le había dicho tal cosa.
La verdad era que no había mencionado absolutamente nada, pero confiaba en su habitual distracción y olvidos para que creyera que sí lo había hecho.
—Necesito concentración absoluta, mamá; cualquier distracción es inoportuna en este momento tan crucial. Y esto no va solo por Enrre, sino por cualquier persona. Sabes que necesito silencio para poder concentrarme.
Añadí esta última frase para reforzar mi argumento. No todo lo que le decía era completamente falso.
—De acuerdo, hablaré con tus hermanos para que no te interrumpan con sus juegos.
—Gracias, mami —respondí con satisfacción, mientras me dirigía a mi habitación.
Durante los primeros días, Enrre llamaba insistentemente, pero yo ignoraba sus llamadas; reconocía su número al instante.
A veces me quedaba al otro lado de la puerta, escuchando fragmentos de sus conversaciones con mi madre.
En otras ocasiones, si estaba sola, contestaba el teléfono fijo.
—Hola —escuchaba al otro lado de la línea. Siempre esperaba a que hablaran antes de pronunciar una sola palabra.
Un escalofrío recorría mi estómago, la familiar sensación de mariposas revoloteando y el corazón latiendo con fuerza al oír su voz.
En repetidas ocasiones, optaba por colgar la llamada sin decir nada.
Y así transcurrieron los días, las semanas y los meses, hasta que casi dos años después, sus llamadas cesaron por completo.
Finalmente, obtuve mi título de bachiller; solo restaba esperar el momento oportuno para ingresar a la universidad.
Sentía una necesidad imperante de cambiar de ambiente, de explorar nuevos horizontes, y después de tanto tiempo, decidí regresar al campo por unos días.
Cualquiera que conociera mi historia probablemente se preguntaría: «¿Y si Enrre está allí? ¿Qué sucederá entre ustedes?».
Nada.
Absolutamente nada iba a pasar... porque en mi interior no quedaba ningún sentimiento hacia él.
Las ganas de salir de la rutina eran tan intensas que no esperé al día siguiente, como solía hacer.
Eran las tres de la tarde y aún tenía tiempo de encontrar un autobús. Una emoción palpable me embargaba, pues, a pesar de todo, sentía un profundo cariño por todos en aquel lugar, siendo completamente sincera conmigo misma.
Me concentraría en contemplar las vastas extensiones de tierra sembradas de maíz, girasoles y caña de azúcar, esa misma de donde se extrae el dulce néctar.
Sin darme cuenta, el viaje llegó a su fin, y me encontré frente a la casa de la familia Velásquez. Solo en ese instante un ligero nerviosismo me invadió, aunque racionalmente no había razón para sentirme así. Exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo y, reuniendo valor, avancé hacia el interior.
—Buenas —saludé con suavidad.
En el recibidor, varias personas conocidas estaban reunidas, disfrutando de una taza de café.
—¡Mariela! —exclamó la pequeña Selena, corriendo a abrazarme. Al mismo tiempo, escuché a la esposa de Leo decir con una sonrisa:
—Pájaro malo por tierra —y todos compartimos una carcajada.
—Así es —respondí divertida—. Llegó la que estuvo ausente, ¡pero sigo viva! —concluí, riendo con ellos.
—¿Cómo están todos? —volví a saludar, y ya entrando en temas más serios, todos me dieron una cálida bienvenida.
Terminamos reunidos, conversando animadamente sobre diversos temas.
Descubrí con sorpresa que Leo tenía un hijo, constatando cómo la familia seguía creciendo.
Afortunadamente, aún no me había cruzado con él. Quizás estuviera allí, o tal vez no, pero no tenía ninguna intención de averiguarlo.
La noche cayó rápidamente. Después de la cena, me recosté en una hamaca, contemplando el cielo tachonado de incontables estrellas, mientras a lo lejos se escuchaban los tenues sonidos de diversos insectos, cuya presencia no me molestaba en absoluto.
Y allí permanecí, dejándome vencer por el sueño sin darme cuenta, hasta altas horas de la madrugada, cuando desperté por el intenso frío y terminé huyendo en busca del calor reconfortante de mi cama.
Saber que Enrre tuvo una relación con una niña de quince años cuando él tenía dieciocho... ¿en qué estaba pensando?
La diferencia de edad era de tres años, pero más allá de eso, nunca asumió la responsabilidad por sus acciones, huyendo cobardemente.
Por otro lado, existía otra historia con una mujer a la que él llamaba "NOVIA", y por lo poco que pude entender, a si la ama, pero su familia se oponía a la relación y la obligaron a casarse con otro hombre para alejarlos.
Dos historias que me sorprenden profundamente, revelando una faceta de él que jamás habría imaginado.