Svetlana no había reaccionado. Seguí gimiendo. Tenía la boca bien abierta para que el oxígeno entrara fácilmente. Su respiración se había vuelto jadeante. El placer se intensificaba. Franck había pronunciado de nuevo las palabras de amor, idénticas: “Te amo, Svetlana.” Una vez más, Svetlana no había dicho nada. ¿Por qué no le respondía la misma cosa? O simplemente: “yo también”. Franck se preguntaba. Su comportamiento demostraba que ella tenía sentimientos por él. ¿Por qué no los compartía? Franck seguía sacudiéndola, ya que Svetlana no era todavía el tipo de mujer que conduce los movimientos en un baile de pasión. El silencio de su compañera lo perturbaba sin embargo. Franck estaba confuso. No escuchaba más que el ronroneo de una gallina que se sofoca durante un orgasmo. Una vez el p

