Después hubo más. Mucho más. No de una forma ordenada ni bonita, sino como una tormenta que no sabe cuándo parar. El tiempo se diluyó. Los cuerpos se buscaron una y otra vez, sin palabras, sin relojes, sin consciencia clara de dónde empezaba uno y terminaba el otro. Cuando todo acabó de verdad, Valentina estaba exhausta. La piel caliente, húmeda, pegajosa. El vestido perdido en algún punto del suelo. El corazón aún golpeándole el pecho con fuerza irregular. Él cayó sobre ella poco después. Pesado. Tibio. Rendido. Un cuerpo grande, musculoso, completamente vencido por el cansancio. Valentina se quedó quieta varios minutos, mirando la nada. Respirando. Curiosamente, la borrachera se le había ido por completo. Como si el cuerpo la hubiera expulsado a golpes. Diez minutos más tarde, s

