De la Vega.

1734 Words
Barcelona despertaba con un cielo limpio cuando Valentina de la Vega ya llevaba horas en pie. La sede de la Casa De la Vega ocupaba un edificio antiguo rehabilitado en el centro, con techos altos, columnas discretas y ventanales que dejaban entrar la luz justa para no falsear los colores. El lugar olía a telas nuevas, vapor caliente y café recién hecho. Todo estaba vivo, pero bajo control. Valentina caminaba entre las mesas largas con pasos tranquilos y firmes. Vestía un conjunto sencillo: falda lápiz, blusa de seda color marfil y zapatos bajos. Nada ostentoso. Nada innecesario. Su feminidad no estaba en el exceso, sino en la precisión. En cómo sostenía una prenda entre los dedos. En cómo observaba una costura sin tocarla. En la forma en que su presencia ordenaba el espacio sin levantar la voz. — Ese pliegue no está respirando. — Dijo, deteniéndose frente a un vestido suspendido en un maniquí. — Se ve rígido. — Una de las diseñadoras tragó saliva. — Podemos soltarlo un centímetro. — No. — Respondió Valentina con suavidad. — Dos. Y cambia el hilo. Quiero que caiga, no que se rinda. — Nadie discutió. A su lado, Macarena, impecable como siempre, revisaba una carpeta con pruebas de color. — Nos quedan menos días de los que me gustan. — Comentó en voz baja. — El equipo está agotado. — Yo también. — Respondió Valentina sin apartar la mirada del maniquí. — Y aun así no vamos a entregar algo mediocre. — Más allá, entre estanterías repletas de telas, Álvaro emergía como un pez entre corales. Llevaba una cinta métrica colgada al cuello y una expresión teatral que contrastaba con la concentración del resto. — Valentina, amor, — Dijo. — esta organza está pidiendo protagonismo. No puede ir de acompañante. Es una diva. — Ella alzó una ceja, divertida apenas un segundo. — Entonces que se lo gane. — Respondió. — Aquí nadie entra sin justificar su lugar. — Álvaro sonrió, encantado, y volvió a desaparecer entre los rollos de tela. Mateo, su asistente, se acercó con una tablet y el gesto serio de quien administra crisis silenciosas. — Estamos bajo presión. — Dijo. — El calendario no perdona. La presentación se acerca y este proyecto está exigiendo más de lo previsto. — Siempre exige más. — Contestó Valentina. — Si no doliera, no valdría la pena. — Mateo dudó antes de continuar. — Tu padre ha llamado. Varias veces. — Valentina cerró los ojos un instante. Lo justo. Lo necesario. — ¿Almuerzo? — Preguntó él. — Dice que es importante. — No puedo. — Respondió sin titubear. — Si salgo ahora, pierdo el hilo del día. Dile que cenamos. Estaré en casa. — Mateo asintió, aunque algo en su expresión indicaba que la llamada no había sido una más. Se alejó para devolverla. Valentina retomó su recorrido. Ajustó un alfiler aquí, corrigió una caída allá, murmuró instrucciones que el equipo obedecía sin cuestionar. No porque temieran perder el trabajo, sino porque confiaban en ella. Porque sabían que no pedía nada que no estuviera dispuesta a sostener. — Respiren. — Dijo en voz baja, casi para sí. — Esto sale. Siempre sale. — Y la Casa De la Vega siguió latiendo alrededor de ella, envuelta en telas, decisiones y una presión constante que Valentina parecía cargar como si fuera parte natural de su cuerpo. ♧ El despacho estaba suspendido sobre Barcelona como una declaración de poder. Cristal de piso a techo, una mesa de nogal pulido sin una sola mota de polvo, arte contemporáneo cuidadosamente seleccionado para parecer moderno sin ser provocador. Todo en ese lugar hablaba de control. De dinero bien administrado. De una vida construida para no dejar fisuras. Y, sin embargo, las fisuras estaban ahí, abiertas sobre el escritorio. Rogelio de la Vega —porque nadie lo llamaba “señor”, y menos a sus espaldas— sostenía el documento con ambas manos. No lo leía. No ya. Lo conocía de memoria. El contrato había llegado una semana atrás, a través de canales que no dejaban rastro. Sin remitente oficial, sin sellos, sin amenazas explícitas. Solo cláusulas. Frías. Perfectamente redactadas. Letales. — La cláusula séptima es la más delicada. — Dijo el hombre sentado frente a él. No era un abogado común. Era uno de esos asesores que no figuraban en ningún organigrama, pero que sabían exactamente dónde estaban enterrados todos los cuerpos financieros. Traje oscuro, voz baja, mirada que no juzgaba. — No menciona nombres. — Continuó. — Solo exige la entrega formal en matrimonio de un m*****o directo de su familia. El sexo no es relevante. La edad, apenas regulada. El linaje, eso sí… es innegociable. — Rogelio apretó la mandíbula. — Lo sé. — El plazo es lo que nos está ahogando. — Añadió el asesor, deslizando una hoja. — Treinta días desde la firma preliminar. Ya han pasado veintitrés. — Silencio. Barcelona se movía abajo: coches, gente, vidas ajenas. Todo seguía su curso mientras, en ese despacho, una dinastía entera pendía de un hilo. — Si no se cumple, — Prosiguió el hombre. — se activan las cláusulas de revelación. No solo las empresas pantalla. También los fondos vinculados a su esposa. Las cuentas heredadas. Los fideicomisos familiares. — Rogelio cerró los ojos un segundo. No era solo su patrimonio lo que estaba en juego. Era su apellido. El legado que había construido durante décadas. La imagen impecable que su esposa defendía en cada evento social. El futuro de sus hijas. — Nos destruirían sin disparar una sola bala. — Murmuró. El asesor no lo contradijo. — La alianza garantiza protección mutua por un mínimo de dos años. — Dijo. — Tiempo suficiente para estabilizar los activos, blindar los movimientos y… cumplir con la cláusula de descendencia. — Rogelio abrió los ojos de golpe. — Eso no estaba en la primera lectura. — Está muy abajo. — Admitió el hombre. — Redactado con cuidado. No exige amor, ni convivencia prolongada. Solo… continuidad. — Un heredero. Un niño que sellara el acuerdo con sangre nueva. Rogelio dejó el contrato sobre la mesa, como si quemara. Pensó en sus hijas. En la mayor, siempre firme a su lado, preparada para los negocios y en Valentina. Valentina, que había construido su propio imperio con telas, aguja y carácter. Valentina, que lideraba desde la feminidad sin pedir permiso. Valentina, que no sabía nada. El peso de la decisión le cayó encima como una losa. — Si no hago nada, — Dijo finalmente. — lo pierdo todo. A mi esposa. A mis hijas. A mi nombre. — El asesor se levantó despacio. — La única salida, — Dijo con suavidad. — es hablar con su familia. Especialmente con su esposa. El contrato exige consentimiento formal… aunque el sacrificio sea silencioso. — Rogelio asintió, sin convicción. Sabía que esa noche no dormiría. Sabía que esa conversación cambiaría el rumbo de sus vidas. Y, por primera vez en muchos años, entendió que el poder también cobra intereses emocionales. Y esta vez, el precio no se pagaba con dinero. La tarde avanzó sin que Rogelio se moviera del despacho. El sol empezó a inclinarse y el reflejo anaranjado chocó contra el cristal, tiñendo la oficina de un tono casi irreal. Barcelona seguía viva ahí abajo, pero él llevaba horas atrapado en el mismo pensamiento, girándolo, retorciéndolo, buscándole una salida que no existía. Volvió a leer la cláusula. No exigía mujer. No exigía hombre. No exigía amor. Solo exigía un m*****o de su familia. Y, para el cumplimiento total… un hijo nacido de esa unión. Su mano tembló apenas. Pensó en su hijo menor. Ya era mayor de edad. Legalmente capaz. Un varón. Podría funcionar. Podría ser… una solución temporal. Un sacrificio calculado. Un peón mientras él ganaba tiempo, mientras encontraba la forma de desactivar el acuerdo, de romper la alianza sin que todo explotara. — Joder… — Murmuró. Por un instante, esa idea le pareció incluso lógica. Cruel, sí. Pero lógica. Mejor él que Valentina. Mejor un hijo que no había construido un imperio propio, que no era el rostro visible de nada, que no cargaba con un apellido convertido en marca. Pero la tranquilidad no llegó. Porque entonces pensó en qué tipo de unión exigía ese contrato. En la palabra descendencia. En el hecho de que no era solo una firma. Era una vida compartida con alguien que ni siquiera conocía y ahí volvió la pregunta que le estaba carcomiendo las entrañas: ¿A quién carajo se lo iba a entregar? No era una familia cualquiera. No era una mafia improvisada. No era un millonario excéntrico buscando alianzas. Era una organización estatal. Eso era lo que más lo aterraba. Estructura. Disciplina. Silencio. Poder respaldado por algo mucho más grande que un apellido. Había activado todos sus contactos discretos. Llamadas cifradas. Favores viejos. Hombres que debían demasiado como para negarse. Y aun así, la información llegaba a cuentagotas. — No es un político visible. — Le dijeron. —Pero tampoco un civil cualquiera. — Está dentro del engranaje. — Susurraron. — Y no es alguien a quien se le diga que no. Rogelio se pasó la mano por el rostro, tenso, contraído, nervioso como no se había sentido en décadas. Miró el teléfono. Cinco llamadas perdidas a Valentina. Tres a su hijo. Mensajes secos. Imperativos. 《Esta noche tienen que estar en casa.》 《No es negociable.》 《Es un asunto de familia.》 No estaba pidiendo. Estaba exigiendo. Porque ya no tenía tiempo. Menos de ocho días. Siete, para ser exactos. Siete días para decidir si perdía todo lo que había construido… o si entregaba a uno de sus hijos como moneda de cambio. — ¿Qué padre hace esto? — Se preguntó en voz baja, aunque sabía la respuesta. El tipo de padre que ya está acorralado. El tipo de hombre que creyó que siempre tendría el control. El tipo de imbécil que pensó que el poder bastaba para proteger a los suyos. Apoyó ambas manos sobre el escritorio. La pregunta volvió, más brutal, más clara, imposible de esquivar: ¿A quién? ¿Al hijo, como solución fría y estratégica? ¿O a Valentina, sabiendo que eso la rompería… y que jamás se lo perdonaría? Esa noche hablaría. Esa noche, su familia dejaría de ser solo familia. Esa noche, el apellido de la Vega cambiaría para siempre. Y él lo sabía.
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