No llevaba guantes.
El vendaje comenzaba desde los nudillos y subía lento por la muñeca, capas firmes, precisas, apretadas con la experiencia de alguien que sabe exactamente cuánta presión soporta un hueso antes de romperse. Gael mantenía la mano extendida mientras uno de los asistentes tensaba la tela y otro vigilaba que no se formaran pliegues.
— Más firme. — Dijo, sin alzar la voz.
El chico obedeció de inmediato.
El ambiente olía a cuero, a desinfectante, a metal caliente. No era un vestuario improvisado: era una zona privada dentro del complejo, pasilleros amplios, bancos de madera oscura, lockers cerrados con códigos. Afuera se escuchaban golpes secos, respiraciones agitadas, el eco de cuerpos chocando contra sacos de entrenamiento.
Gael estaba tranquilo.
Demasiado.
Una chica revisaba la ropa sobre una mesa: camiseta negra, pantalón deportivo, zapatillas perfectamente alineadas. Cada tanto levantaba la vista para comprobar que todo estuviera en orden.
— Cinco minutos y estamos listos. — Dijo ella.
Él asintió apenas.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Entró uno de los suyos. No apresurado, no nervioso. Llevaba un folder oscuro bajo el brazo. El mismo tipo de carpeta que había cruzado medio continente sin levantar sospechas. El mismo peso. El mismo grosor.
Gael ni siquiera giró la cabeza.
— Puedes leerlo tú. — Dijo el hombre, extendiéndole el folder. — Creo que… deberías. — Gael rodó los ojos con fastidio contenido.
— ¿Ahora? — Preguntó, mientras seguían envolviendo la venda alrededor de su mano. — ¿En serio?
— Prefiero que lo leas tú. — Eso bastó.
Gael tomó el folder con la mano libre, lo abrió sin prisa. Sus ojos recorrieron las páginas mientras el asistente seguía trabajando en silencio. No frunció el ceño. No apretó la mandíbula. No cambió el ritmo de su respiración.
Leyó todo.
Al terminar, cerró el folder… y dejó que las hojas cayeran al banco como si no pesaran nada.
— Esto es obra de Yákov Mijáilovich. — Dijo al fin. — Viejo bastardo. — Suspiró. — Y se cree muy listo. — Volvió a estirar la mano. — Sigue. — El asistente dudó un segundo, pero obedeció. — No puede obligarme a hacer esto. — Añadió Gael, con absoluta calma. — No necesito una esposa. Una mujer es un accesorio de lujo… y ya tengo suficientes. — La chica intercambió una mirada incómoda con el otro asistente. — Además, — Continuó. — dos años. Eso es lo que dice la cláusula. Dos años no significan nada. Dos años aguantando a una compañera. — Se encogió de hombros. — He aguantado cosas peores. — El hombre del folder respiró hondo.
— Tenemos que ir a España. — Gael alzó una ceja.
— ¿Ah, sí?
— La candidata es viable. Hay negocios en juego. Mucho dinero. Todo tiene que salir bien. Todo. — Gael soltó una risa corta, seca.
— No voy a meterme con una mujercita solo para salvarle el culo a alguien. — Añadió, sin subir el tono, pero cargando cada palabra. — Se acabó. — El hombre dio un paso más cerca.
— Escúchame bien. Eres el candidato más joven que tienen. El único que puede cobrar esto sin que el sistema se caiga. Tú. Solo tú. — Lo miró fijo. — No te están pidiendo que te enamores. Es un trámite. Un polvo fijo por dos años. No llores. — Gael terminó el vendaje. Probó el ajuste. Cerró el puño. — Haz lo que tengas que hacer. — Concluyó. — Punto. — Gael se puso de pie. Tomó la camiseta. Se la pasó por la cabeza con un solo movimiento.
— Avísame cuando esté listo el jet. — Y sin mirar atrás, salió rumbo al gimnasio, con la venda aún fresca y el asunto reducido, en su cabeza, a lo que siempre había sido para él: un trámite más.
El pasillo que conectaba los vestidores con el área principal vibraba.
No por la música sino por la gente. Voces superpuestas, risas ásperas, billetes cambiando de mano, copas chocando. El lugar no tenía nombre visible. No lo necesitaba. Todos sabían dónde estaban y por qué habían ido.
Gael caminó sin prisa.
El suelo era de cemento pulido, las luces bajas, rojizas. A ambos lados, puertas metálicas, guardias grandes, silenciosos. Cuando apareció, algunos dejaron de hablar. No por miedo: por reconocimiento.
— Es él.
— Joder… sí, es él.
— Hoy hay sangre. — Gael se detuvo un segundo. Un hombre le ajustó los guantes, apretando las cintas con fuerza. Otro le tendió el protector bucal. Gael lo mordió, encajándolo sin ceremonias. Movió el cuello. Los hombros. El cuerpo respondía como una máquina bien aceitada.
El ring estaba al centro del recinto, elevado apenas lo justo. Alrededor, mesas altas, sofás de cuero, hombres con relojes caros, mujeres con vestidos mínimos, copas llenas de licor oscuro. No eran aficionados de bar. Eran apostadores serios. Gente con dinero real y gustos específicos.
En una esquina, dos mujeres —piernas largas, tacones imposibles— servían vodka y whisky sin parar. En otra, una pantalla marcaba cifras que subían y bajaban en tiempo real.
— Las apuestas se cargan a Gael. — Dijo alguien. — Siempre se cargan a Gael.
— ¿Cuánto esta vez?
— Lo que quieras perder. — Su contrincante ya estaba arriba. Más bajo. Más ancho. Pecho tatuado, respiración pesada. Se balanceaba sobre los pies, nervioso, cargado de rabia y adrenalina.
Gael subió al ring.
Sin música. Sin anuncio.
Solo el sonido del público cerrándose como un animal expectante.
La campana sonó.
Primer round.
El otro atacó primero. Golpes rápidos, desesperados. Buscaba medirlo, probar suerte. Gael no retrocedió. Absorbió el impacto en los antebrazos, dejó que uno de los golpes le rozara el pómulo. Sonrió apenas, por dentro.
Respondió con un jab seco al esternón. No para dañar: para marcar territorio.
El público rugió.
Gael se movía con economía brutal. Cada paso tenía intención. Cada giro del torso era cálculo. Su pecho, descubierto, brillaba bajo las luces. Sin tatuajes llamativos. Apenas una marca pequeña cerca de la clavícula, discreta, casi invisible.
El otro lanzó un gancho. Gael lo esquivó por centímetros y respondió con un derechazo al hígado.
El sonido fue hueco.
El hombre se dobló un segundo.
No cayó.
La campana volvió a sonar.
Segundo round.
Las apuestas se movieron. Rápido. Violento.
— Sube. Sube ahora.
— Te dije que aguanta, pero no mucho. — Las copas se vaciaban. El sudor también corría fuera del ring.
El contrincante salió más agresivo. Golpes amplios. Quería acabarlo rápido. Error.
Gael cerró la distancia. Cuerpo contra cuerpo. Hombro clavado en el pecho ajeno. Rodilla firme. Golpe corto al rostro. Otro. Otro más.
El aire se llenó de respiraciones rotas.
Gael sentía cada impacto como una descarga conocida. No pensaba. Su cuerpo recordaba. El ruido del público se diluía. Solo existían los músculos, el ritmo, el pulso golpeando en las sienes.
Un uppercut limpio.
El otro retrocedió tambaleando.
— ¡Ahora! — Gael no se apresuró.
Avanzó.
Un golpe al rostro. Otro al costado. Un último, preciso, brutal, directo a la mandíbula.
El cuerpo cayó.
No dramatismo. No exageración.
Seco.
El ring vibró cuando el hombre tocó el suelo.
Silencio.
Un segundo.
Luego el estallido.
Gritos, billetes en el aire, risas, vasos alzados. Mujeres acercándose al borde del ring. Guardias empujando cuerpos. El árbitro contando sin necesidad.
Gael dio un paso atrás, respirando hondo, el pecho subiendo y bajando con control absoluto.
Se quitó el protector bucal.
Escupió al suelo.
Y mientras el ruido seguía creciendo a su alrededor, mientras el dinero cambiaba de dueño y la noche rusa seguía devorándose a sí misma, Gael ya estaba saliendo del ring, con la misma calma con la que había entrado.
Como si nada de eso hubiera sido más que otra cosa que sabía hacer bien.
♤
La camioneta avanzaba lenta entre el tráfico nocturno.
Vidrios oscuros. Interior de cuero n***o. El motor ronroneando con suavidad, como si también supiera cuándo no llamar la atención. Gael iba en el asiento trasero, camiseta negra limpia, chaqueta abierta. Aún olía a sudor, a metal, a pelea reciente. Se pasó una toalla por el cuello con parsimonia, sin apuro, mientras uno de sus hombres conducía y otro revisaba el teléfono en el asiento delantero.
— ¿Al bar? — Preguntó el conductor, sin girarse.
— Ajá. — Respondió Gael. — Uno solo. — La vibración del teléfono rompió el silencio.
Pantalla encendida. Número sin nombre.
Gael lo tomó sin apuro. Contestó antes del segundo timbrazo. — Habla. — La voz al otro lado era grave, madura, con ese tono de quien no suele repetir órdenes. Un hombre que llevaba décadas firmando acuerdos que no admitían marcha atrás.
— Buen combate. — Dijo. — Llegó hasta aquí el ruido. — Gael soltó una exhalación corta, casi una risa.
— No llamas a hablar de boxeo.
— No. — Concedió el otro. — Llamo a hablar de lo que ya leíste. — Gael apoyó la cabeza contra el respaldo, mirando las luces pasar por el vidrio polarizado. Su voz no cambió. No se tensó. No se endureció.
— Ya vi los papeles. Ya sé qué quieren. No hace falta que me lo repitas.
— Es un acuerdo serio.
— Todos lo son. — Respondió. — Hasta que dejan de serlo. — Hubo un silencio breve. Del otro lado, el hombre sonrió. Se le notaba incluso sin verlo.
— Sigues igual. — Dijo. — Haces las cosas a tu ritmo. Nunca te gustó que te respiraran en la nuca. — Gael cerró los ojos un segundo.
— No me presiones. — Dijo, sin elevar la voz. — Si esto se va a hacer, se va a hacer como siempre. A mi manera. Sin llamadas diarias, sin recordatorios, sin gente creyendo que puede decirme qué día levantarme o con quién acostarme.
— No estás recibiendo órdenes. — Respondió el hombre. — Es una propuesta… costosa.
— No me interesa cómo la llames. — Replicó Gael. — Ya no soy el niño aquel. No soy el gatillero que mandaban. No soy el sicario que esperaba permiso. Eso se acabó hace años. — La camioneta giró una esquina. El neón de un bar elegante se reflejó en el vidrio.
— Lo sabemos. — Dijo la voz. — Aquí todos lo saben. Si te niegas, no podemos obligarte. No hay forma. Tendríamos que buscar a otro. — Gael abrió los ojos. Su mirada era tranquila. Demasiado.
— Entonces no me jodan. — Dijo. — No hace falta. Lo voy a hacer igual.
— ¿Seguro?
— Son dos años. — Respondió. — Tres, si se alarga. No es una condena. Es un trámite. No me están pidiendo que me enamore ni que me vuelva un hombre de familia. Solo que cumpla. — El hombre rió suavemente.
— Siempre fuiste práctico.
— Y ustedes siempre supieron con quién estaban tratando. — Otro silencio. Esta vez más largo. Más denso.
— España. — Dijo finalmente la voz. — Todo está listo allá. La familia está avisada. El margen de tiempo es corto.
— Lo sé. — Respondió Gael. — Ya me ocuparé.
— Bien.
La llamada terminó sin despedidas.
Gael bajó el teléfono y lo dejó sobre el asiento, como si no acabara de decidir una parte importante de su vida. Se inclinó hacia adelante, golpeó suavemente el vidrio que separaba al conductor.
— Déjame en el bar. — La camioneta se detuvo.
Antes de bajar, Gael se ajustó la chaqueta, pasó una mano por el corte militar impecable y respiró hondo. El ruido, el alcohol, la gente… todo eso era fácil.
Lo otro también lo sería.
Porque al final, para él, incluso un matrimonio no era más que otra cosa que había que hacer bien… y sin que nadie creyera que podía decirle cómo.