— Espérame un momento. — Dijo Valentina, todavía sosteniendo el vestido contra su pecho. — Voy a cambiarme y regreso. — Brenda se encogió de hombros, apoyándose contra el respaldo de una silla. — Claro… tómate tu tiempo. — El tono fue ligero, pero su mirada no lo era. Valentina no dijo nada más. Tomó el vestido que tenía en la mano y regresó al vestidor, cerrando la puerta tras de sí. Dentro, el silencio la envolvió. Dejó el vestido sobre la silla y caminó hasta el espejo. Fue entonces cuando volvió a ver la marca. La mordida en su clavícula. La tocó con cuidado. — Ay… — Murmuró entre dientes. Todavía dolía. No era una marca pequeña tampoco. Roja, intensa, demasiado visible para alguien que vivía en una casa llena de ojos curiosos. Soltó un suspiro. — Genial… — Abrió el armario

