El despacho de Gael era un pequeño centro de mando. Pantallas encendidas. Carpetas abiertas. Un portátil proyectando gráficos en la pared. El aroma de café recién hecho todavía flotaba en el aire, mezclado con el de la comida ligera que había terminado apenas unos minutos antes. Gael firmó el último documento sin levantar demasiado la vista. — Que lo envíen antes del cierre de mercado. — Ordenó rdenó mientras dejaba la pluma sobre la mesa. — Ya está programado. — Respondió Agatha desde su escritorio, revisando una tableta. — También adelanté los reportes de Singapur. — Gael asintió apenas. Todo avanzaba con la precisión de un reloj suizo. En la pantalla del ordenador aparecía el recordatorio de la videoconferencia. Faltaban cinco minutos. Se recostó en la silla un segundo, soltan

