A la mañana siguiente, Valentina baja temprano. Está acostumbrada a empezar el día así. Café, desayuno ligero, agenda mental. El comedor es acogedor. Luz natural, mesa larga de madera, vajilla elegante pero simple. El aroma a pan recién hecho le resulta casi hogareño. Se sienta. Espera. Mira alrededor. Gael no aparece. Las amas de llaves se mueven en silencio, hablando entre ellas en ruso. Valentina entiende apenas algunas palabras sueltas. Lo suficiente para saber que no hablan de ella, pero no lo suficiente para sentirse parte. Pide café en inglés. Responde en inglés. Todo ocurre en inglés y eso la cansa más de lo que quiere admitir. Pasan los minutos. Luego, el desayuno termina. Gael no baja. Más tarde lo sabrá, casi por casualidad: Gael no desayuna. Gael duerme hasta tar

