Gael sale de Rusia cuando Moscú ya está oscuro.
El jet despega poco después de las 22:30. Él no mira por la ventanilla. Está sentado con una pierna cruzada, camisa negra abierta en el cuello, mangas remangadas. Lee un informe sin demasiado interés, más por costumbre que por necesidad. Dormita apenas veinte minutos. Lo justo. Nunca más.
Cuando el avión aterriza en España, son cerca de las 02:45 de la madrugada.
Barcelona, todavía respira. No es silencio. Es ese murmullo nocturno de ciudad viva: taxis, luces, gente que aún no quiere irse a casa. Gael baja primero. No hay comitiva exagerada. Seguridad media. Dos hombres visibles, vestidos como ejecutivos cansados. Otros dos, más lejos, casi invisibles.
Él parece… nada especial.
Un hombre alto, guapo, bien vestido.
Uno más.
Su asistente camina a su lado, móvil en mano, confirmando rutas, tiempos, ubicaciones. Todo fluye. Nadie lo espera con pancartas ni reverencias. Así le gusta.
— Tenemos una invitación. — Le dice. — Jean está en la ciudad. — Gael arquea apenas una ceja. Jean no es cualquiera. Es uno de esos hombres que lo conocieron cuando aún no era Gael, sino algo más salvaje, más sucio. Un ruso expatriado, ahora metido en negocios grises en Europa. Amigo no. Cercano, sí.
— ¿Dónde? — Pregunta Gael, sin emoción.
— Un club privado. Boxeo. Apuestas altas. Nada público. — Eso basta. No pasan por el hotel. Cambian de vehículo. Media hora después están entrando a un edificio discreto, sin letreros. Adentro, el ambiente es otro mundo: humo, luces bajas, alcohol caro, mujeres hermosas vestidas para mirar y ser miradas. Hombres que saben apostar y perder sin llorar.
Cuando Gael entra, no hay anuncio.
Pero se siente.
Algunos lo reconocen. Otros no. Los que sí, bajan un poco la voz. Jean se le acerca con una sonrisa ladeada, copa en mano.
— Pensé que no vendrías.
— Pensé que dormiría. — Responde Gael. — Pero me aburrí. — Se dan un abrazo breve. De esos que no necesitan palabras. Gael se sienta. Observa el ring. Esta vez no pelea. Hoy es espectador. Whisky en vaso corto. Hielo. Nada más.
Mira los golpes con ojo clínico. Evalúa. Disfruta. Su cuerpo responde igual que siempre: tensión en los hombros, mandíbula firme, la vieja electricidad recorriéndole los brazos. La violencia sigue siendo un idioma que entiende demasiado bien.
Las apuestas suben. El dinero cambia de manos. Las risas son fuertes, un poco falsas. Las mujeres se mueven entre mesas. Algunas lo miran. Él no devuelve la mirada. No hoy.
La noche pasa sin que se dé cuenta.
Cuando salen, el cielo ya empieza a aclarar. No es día todavía, pero la oscuridad se retira lentamente. Afuera, el aire es más frío. Más limpio.
Gael se detiene. Saca un cigarro. Lo enciende con calma. Aspira. Exhala.
Jean habla de negocios. De viejos tiempos. De oportunidades. Gael escucha a medias.
En dos días estará casado.
La idea le cruza la mente sin peso. Como una frase mal escrita que no termina de importar. Se fue de Rusia como un hombre libre. Volverá con un anillo en el dedo. Un símbolo que, en su cultura, no se rompe fácilmente, aunque haya contrato de por medio.
Da otra calada al cigarro.
— Barcelona no está mal. — Dice finalmente. — Demasiado tranquila. — Sonríe apenas.
Sube al vehículo. La seguridad se mueve sin ruido. La ciudad despierta lentamente mientras él se aleja, intacto, como si nada estuviera a punto de cambiar… aunque todo ya haya empezado.
Al dia siguiente...
El día para Gael empezaba tarde.
Demasiado tarde.
Las diez de la mañana entraban por los ventanales como una luz blanca y descarada, reflejándose en el mármol pulido del lugar. La ciudad estaba despierta desde hacía horas; él no. Y aun así, el mundo seguía girando a su ritmo.
Gael estaba sentado en una de las sillas bajas del comedor privado.
Descalzo.
Solo con el pantalón puesto.
El torso desnudo, relajado, sin tensión aparente, como si no cargara sobre los hombros decisiones que podían costar vidas, dinero o prestigio.
Tenía una taza de café n***o en una mano y un cigarro a medio consumir en la otra. No se apresuraba. Nunca lo hacía.
Frente a él, de pie, su equipo.
A la izquierda, Abraham —el chico que había ido con él—: traje oscuro impecable, hombros rectos, expresión seria. No hablaba si no era necesario. Aprendía rápido.
A la derecha, Ágata.
Ágata era profesional hasta la médula. Traje claro, perfectamente entallado. Cabello larguísimo recogido en un moño pulcro que no lograba disimular ni su presencia ni su cuerpo. Elegante, precisa, letal con las palabras. De esas mujeres que no elevan la voz porque no lo necesitan.
El contraste era deliberado.
Ellos formales.
Gael… dueño del lugar, del tiempo y de la conversación.
Gael dio una calada lenta, exhaló sin prisa y habló por fin:
— Estamos tarde. — Dijo, sin levantar la voz. — Así que vamos directo al punto. — Dejó la taza sobre la mesa. — Explíquenme por qué acepté esto… y por qué no debería levantarme ahora mismo y mandar todo al carajo. — Abraham miró a Ágata. Ágata asintió apenas y tomó la palabra.
— Porque no es solo una deuda común. — Dijo. — Es una deuda mal manejada, vieja, con demasiadas ramificaciones. Droga, rutas, nombres importantes. Si cae mal… cae grande. — Gael arqueó apenas una ceja.
— Eso no responde por qué yo. — Ágata no titubeó.
— Porque eres el ejecutor ideal. No trabajas para nadie, pero eliges qué trabajos tomar. Y cuando aceptas uno… se cobra. Siempre. — Silencio.
Gael sonrió de lado, sin humor.
— ¿Cuánto? — Abraham intervino esta vez.
— En dinero directo, el porcentaje es alto. Más de lo habitual.
— ¿Y lo que no es dinero? — Interrumpió Gael. — Ágata cruzó las manos frente a sí.
— Control. Acceso. Una alianza a largo plazo con la organización rusa del campo. Infraestructura limpia. Protección mutua. — Gael aspiró del cigarro.
— Y el matrimonio. — La palabra cayó pesada.
— El matrimonio es la garantía. — Continuó Ágata. — No simbólica. Real. Si el acuerdo se rompe… respondes tú. — Ahí, Gael dejó de parecer relajado. No se movió, pero algo cambió en el aire.
— O sea, — Dijo despacio. — si ella huye, si no cumple, si el hijo no llega… el problema es mío.
— Exactamente. — Respondió ella. — Tú eres el aval. — Gael soltó una risa baja, seca.
— Siempre me gustaron los riesgos. — Murmuró. — Pero no los estúpidos. — Se incorporó apenas, apoyando los codos en las rodillas.
— Háblenme del hijo. — Ágata no bajó la mirada.
— No es negociable. No es inmediato, pero es parte central del trato. Un heredero consolida la alianza. Sangre mezclada. Poder asegurado y la certeza de que toda deuda debe pagarse con sangre o muerte. Sin mencionar que las filas de la organización crecerán. — Gael apretó la mandíbula.
— Un hijo no es una firma. — Dijo. — Es una bomba de tiempo.
— Lo sabemos. — Respondió ella. — Por eso hay escenarios. — Abraham dio un paso adelante y enumeró, como si leyera un informe invisible:
— • Opción A: aceptas el matrimonio, cumples el plazo, todo sale limpio. Ganancia máxima.
• Opción B: aceptas, algo falla, pero se controla. Pierdes margen, no poder.
• Opción C: todo se va al carajo. La deuda rebota… y tú respondes.
Gael se quedó en silencio unos segundos. Luego alzó la vista, directa, dominante.
— ¿Y por qué no simplemente ejecuto la deuda como siempre? — Ágata respondió sin rodeos.
— Porque esta vez no quieren sangre. Quieren continuidad. — Otra calada. Otra exhalación lenta.
— Así que no me están obligando. — Concluyó Gael. — Me están tentando.
— Exacto. — Dijo ella. — Y tú no haces nada gratis. — Gael se puso de pie. Descalzo sobre el mármol frío. Imponente. Natural. Como si el lugar existiera solo para sostenerlo.
— Día y medio. — Dijo. — Eso es lo que tengo. — Miró a ambos. — En ese tiempo:
• Uno: quiero toda la información de la mujer. No sentimental. Estratégica.
• Dos: números claros. Qué es mío, qué no.
• Tres: garantías reales de la organización rusa. Nada de promesas. — Se giró hacia la ventana.— Si acepto esto… no es por obediencia. Es porque elijo cobrar esta deuda a mi manera. — Ágata asintió.
— Lo sabemos. — Gael sonrió apenas.
— Bien. Entonces que jueguen bien sus cartas. — Dijo. — Porque si entro… no hay marcha atrás. — Y el café ya estaba frío.
Pero el negocio apenas empezaba.
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Gael se reclinó apenas en el respaldo de la silla, lo justo para que el cuero crujiera bajo su peso. Tenía una pierna estirada, la otra flexionada, el café enfriándose sobre la mesa baja. El humo del cigarro subía lento, perezoso, como si el tiempo ahí dentro se hubiese vuelto espeso.
— Bien. — Dijo al fin, con la voz grave, sin emoción. — Entonces jueguen bien sus cartas. Porque si entro, no hay marcha atrás. — El silencio que siguió no fue incómodo. Fue calculado.
Ágata intercambió una mirada rápida con el hombre que los acompañaba. Luego dio un paso al frente. No se sentó. Nunca lo hacía cuando iba a decir algo que pesaba.
— Hay una cláusula más, Gael. — Dijo, y su tono cambió. Más preciso. Más frío. — Es importante. — Él no la miró de inmediato. Dio una última calada al cigarro, lo apagó con los dedos desnudos y recién entonces levantó los ojos hacia ella.
— Habla. — Ágata acomodó la carpeta que llevaba contra el pecho. No la abrió. No necesitaba leerlo. Eso ya estaba tatuado en su cabeza.
— Si del matrimonio resulta un hijo, el contrato se ejecuta en su totalidad. — Comenzó. — Sin prórrogas. Sin renegociaciones. — El aire pareció tensarse. — La custodia será exclusivamente tuya. — Continuó. — Absoluta. Legal y operativa. La madre no tiene derecho de apelación. — Gael no se movió. Pero algo en su mandíbula se endureció apenas. — El niño nacerá en Rusia — Añadió Ágata. — Y se quedará en Rusia. Bajo su apellido. Bajo su jurisdicción. Bajo su protección y por supuesto, la de la organización. — Hizo una pausa mínima, quirúrgica. — Si el contrato se rompe después… el menor sigue siendo su responsabilidad. La madre deja de ser un factor. — No dijo la palabra exterminada. No hacía falta. Todos en esa habitación sabían leer entre líneas.
Gael apoyó los codos en las rodillas, entrelazó las manos. Su mirada se perdió un segundo en el suelo de madera, como si algo viejo hubiera pasado por su cabeza. Un recuerdo breve. Una imagen que no pidió.
Una madre. Una despedida. Rusia quedándose atrás… o adelante.
Nada de eso salió de su boca.
— Queda registrado. — Dijo finalmente.
Ágata asintió. Cerró la carpeta con un gesto seco.
— Entonces no hay más puntos pendientes — Añadió ella. — Usted decide cómo usar este día y medio. Pero una vez que cruce esa puerta… ya no será solo un ejecutor. — Gael se puso de pie. Alto. Descalzo. Imponente incluso así, medio desnudo y sin armas visibles.
— Nunca lo soy. — Respondió, caminando hacia la ventana. — Cuando entro en algo, es mío. — Miró la ciudad despertando más abajo, indiferente a lo que acababa de sellarse ahí dentro.
— Prepárenlo todo. — Ordenó. — Y recen para que la otra parte entienda la suerte que tiene. — La reunión terminó ahí.
Sin brindis. Sin apretones de manos. Sin vuelta atrás.