Miedo y Frustración.

1542 Words
Días después... La mañana entraba pálida por los ventanales de la habitación de Valentina. No era una luz amable; era funcional, directa, como todo últimamente. Ella estaba frente al espejo, ajustándose los pendientes con manos firmes, aunque por dentro se sintiera cualquier cosa menos firme. El vestido colgaba perfecto sobre su cuerpo, la elección exacta para una jornada larga en la casa de moda. Profesional. Impecable. Intocable. Respiró hondo. El golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. — ¿Puedo pasar? — La voz de su hermano. — Claro. — David entró sin hacer ruido, vestido de manera sencilla, aún con ese aire de quien no termina de despertar del todo. Se apoyó en el marco de la puerta, observándola unos segundos antes de hablar. — No dormiste. — Dijo, más afirmación que pregunta. Valentina sonrió apenas, una sonrisa cansada. — Dormir está sobrevalorado. — David frunció el ceño, avanzó un poco más dentro de la habitación. — Vale… — Dudó. — Te noto rara. Más de lo normal. — Ella terminó de colocarse el reloj, revisó su reflejo una última vez y luego lo miró a través del espejo. — Estoy cansada, David. — No era una queja. Era un hecho. — La pasarela, el trabajo, papá, mamá… — Continuó. — Y ahora esto. Siento que no tengo espacio para pensar. Todo viene encima. — David bajó la mirada, pasó una mano por su nuca. — Soledad no va a aceptar. —dijo finalmente. — La conozco. — Valentina no respondió de inmediato. Se giró por fin, apoyándose contra el tocador. — Lo sé. — Dijo con calma. — Y no la culpo. — Antes de que David pudiera decir algo más, la puerta volvió a abrirse. Soledad entró ya arreglada, traje sobrio, cabello recogido con precisión. Tenía el rostro serio, pero los ojos… los ojos estaban cansados. Cerró la puerta detrás de ella y se quedó de pie, como si no supiera bien dónde colocarse. — Perdón. — Dijo. — No quise interrumpir. — No lo haces. — Respondió Valentina de inmediato. — Pasa. — Soledad avanzó un poco, cruzó los brazos, respiró profundo. — Necesitaba decir algo. — Empezó, con la voz menos segura de lo habitual. — Aquella noche… fui muy dura. — David la miró sorprendido. Valentina no dijo nada, la dejó hablar. — Yo no sabía nada de esto —continuó Soledad—. Nada y lo digo en serio. Trabajo con papá desde hace años, he visto contratos, movimientos, números… y nunca, nunca vi nada que oliera a negocios ilícitos. Mucho menos con rusos. Esto… — Hizo un gesto vago con la mano. — esto me descoloca por completo. — Hizo una pausa. Tragó saliva. — Entiendo que soy la hermana mayor. Entiendo lo que se espera de mí. Pero… — Su voz se quebró apenas. — tengo miedo. No es rebeldía, no es capricho. Es miedo de verdad. — El silencio se volvió denso. Valentina dio un paso hacia ella, sin tocarla aún. — Soledad… — Dijo con suavidad. — No tienes que justificarte. — Sí tengo. — Respondió ella. — Porque grité, porque me fui, porque te dejé ahí parada como si nada. Y no es justo. — David miraba la escena sin intervenir, sintiendo que aquello era más grande que él. Valentina finalmente apoyó una mano en el brazo de su hermana. — No te preocupes. — Dijo. — Vamos a pensar en algo. — Soledad la miró, casi con desesperación. — ¿En qué? — Preguntó. — No hay tiempo, Vale. dos días no son nada. — Valentina sostuvo su mirada sin titubear. — Lo sé. — Respondió. — Pero no estás sola. Ninguno de nosotros lo está. — Era una mentira piadosa. Lo sabían los tres. Soledad asintió lentamente, como si quisiera creerle. David respiró hondo. — Tenemos que irnos. — Dijo él. — Papá nos espera abajo. — Valentina tomó su bolso, volvió a enderezar los hombros, colocándose de nuevo la armadura. — Vamos. Todo esta bien chicos. — Dijo. Salieron de la habitación juntos y mientras caminaban por el pasillo, Valentina entendió algo con claridad brutal: no había tiempo para pensar, no había margen para huir. Solo quedaba resistir. ♤ Rogelio estaba abajo, de pie junto a la escalera principal, impecable como siempre. Traje oscuro, expresión serena, esa calma que ya no engañaba a nadie. David bajó primero, mochila al hombro. — Me voy. — Dijo. — Tengo clases todo el día. — Rogelio le dio una palmada breve en el hombro. — Cuídate. — David besó a su madre en la frente, a Soledad en la mejilla, y a Valentina la abrazó un segundo más de lo normal. — Todo va a estar bien. — Le murmuró, aunque ninguno de los dos supiera si era cierto. Soledad ya estaba lista para salir con su padre. Subiría a la camioneta con el. Valentina, como siempre, tomaría su propio coche. Rogelio se acercó a ella. Un beso en la mejilla. Cálido. Normal. — Que tengas un buen día, hija. — Eso fue todo. Ni una palabra del contrato. Ni una mención. Como si la noche en que se habló de ese contrato no hubiera existido. Valentina sostuvo la compostura hasta que cerró la puerta del auto y arrancó. En la oficina, el mundo siguió girando como si nada. Reuniones. Llamadas. Ajustes de última hora. Telas extendidas, alfileres, bocetos, voces cruzándose en varios idiomas. Valentina caminaba de un lado a otro con una tablet en la mano, corrigiendo posturas, marcando tiempos, exigiendo precisión. Era la líder. La directora. La mente fría. Hasta que dejó de serlo. — No, no, ¡NO! — Gritó de pronto. — ¿Quién les dijo que esto iba así? — Las costureras se quedaron quietas. El silencio cayó como una losa. — ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? — Continuó, la voz cargada de ira. — ¡Esto no es aceptable! ¡Está mal cosido, mal cortado, mal todo! — Señorita… — Intentó decir una de ellas. — ¡No me hables! — Estalló. — ¿Saben lo que está en juego aquí o creen que esto es un puto juego? — Su amiga apareció de inmediato, interponiéndose con suavidad, pero firme. — Vale. Respira. Por favor. Todo está bien, ¿Ok? — Valentina no respondió. Dejó la tablet sobre la mesa con un golpe seco, se dio la vuelta y caminó directo a su oficina. El portazo resonó por todo el atelier. Su amiga fue tras ella. — Hey. — Dijo al entrar. — Chica… necesitas relajarte. — Valentina estaba de espaldas, las manos apoyadas sobre el escritorio, los hombros tensos. — ¿Quieres un trago? — Añadió su amiga, intentando sonar ligera. Valentina giró el rostro apenas. — Necesito la botella completa. — Su amiga la observó un segundo y suspiró. — Ok. La botella completa será. Pero esperemos a la noche, ¿Sí? — Se acercó un poco más. — Vas a casarte. Eso es lo que te tiene así. — Valentina soltó una risa amarga. — Claro que es eso. — Dijo. — Porque trabajamos bajo presión siempre. Siempre y nunca me pongo así. — Se giró por completo, los ojos brillándole de rabia contenida. — Voy a casarme, maldita sea. — Su amiga se quedó quieta. — ¿Sabes quién es el tipo? — Continuó Valentina. — ¿Sabes algo de él? Yo no. Mi padre esta mañana se despidió de mí con un beso en la mejilla, deseándome un buen día. ¿Y sabes qué no hizo? Mencionar el tema. Como si yo no fuera a vender mi vida en días. — Su voz empezó a temblar. — No sé a quién mierda mi familia le debe tanto dinero como para que yo sea una moneda de cambio. ¿Qué es esto? ¿En qué se convirtió mi vida? — Se llevó las manos al cabello, caminó de un lado a otro. — ¿Y todo esto para qué? — Preguntó. — ¿Para qué hago este desfile? ¿Para qué me mato aquí si después de casarme no sé si voy a estar? Todo lo que he construido está aquí. Mi empresa. Mi gente. Mi vida. — Se detuvo en seco. — ¿Y si ese hombre me obliga a irme con él? ¿Y si tengo que mudarme a Rusia? ¿Sabes lo que significa eso? Todo lo que tengo está en Londres. Todo. — Respiró agitadamente. — ¿Dos años? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Y si no puedo tener hijos? — Su voz se quebró. — ¿Qué pasa entonces? ¿Me pegan un tiro en la cabeza porque no puedo engendrar un hijo para un contrato? — Las lágrimas empezaron a caer sin permiso. — Tengo miedo. — Susurró. — No puedo con esta carga. No sé si puedo. — Se dejó caer en la silla, cubriéndose el rostro. — Todo va a salir mal. — Dijo entre sollozos. — Todo. Y ni siquiera ha empezado. — Su amiga se acercó y la abrazó sin decir nada, sosteniéndola mientras Valentina lloraba de verdad, sin elegancia, sin control, sin máscara. El calvario aún no comenzaba. Pero ella ya estaba sangrando por dentro.
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