Más tarde...
La noche cayó sobre la casa de modas cuando la amiga de Valentina apareció en la puerta de su oficina, apoyándose en el marco con una sonrisa ladeada.
— Avanzamos muchísimo. — Dijo. — Te sorprendería lo productivos que pueden ser un par de gritos bien puestos. — Valentina ni siquiera levantó la vista del escritorio.
— Me alegro.
— Hey… — Su amiga entró del todo. — Anda, chica. Relájate un poco. — Se sentó frente a ella, cruzando las piernas. — ¿Qué te parece si vamos a mi departamento? Nos ponemos bellas y salimos. — Valentina soltó un suspiro cansado.
— No estoy para bromas.
— No es broma. — Respondió, seria ahora. — Estoy hablando muy en serio, amiga. Si tu matrimonio va a ser un calvario… no hagas que empiece desde ya. — Se inclinó un poco hacia ella. — Vamos a divertirnos. A descargar la ira. A que tengas tu última noche de fiesta como soltera. — Valentina negó con la cabeza.
— No tengo humor para eso. — Su amiga no se rindió.
— Mira… no sé exactamente qué sientes ni cómo la estás pasando. — Admitió. — Pero soy tu amiga. Tu mejor amiga y quiero estar ahí para ti. Para aliviarte un poquito la tensión. — Le tomó la mano. — No te voy a dejar sola, Vale. Te lo juro. Siempre voy a estar para ti. Soy tu contacto de emergencia, ¿Recuerdas? — Sonrió, más suave. — La vida es bella, querida. Así que vamos a ponernos preciosas y vamos a hacer justo eso. — Se enderezó.
— Además… me regalaron dos boletos para ir a un sitio precioso esta noche. No es un club cualquiera. Te va a gustar. — Valentina cerró los ojos un segundo.
— Estoy cansada. — La amiga se levantó, fue hasta ella, le puso las manos en los hombros y le dio un pequeño masaje.
— Ven. Solo confía en mí. — La guió suavemente hacia la salida. Valentina no se resistió más. Se dejó llevar.
El departamento de su amiga era cálido, acogedor, con luces bajas y música suave sonando de fondo. Apenas entraron, se quitaron los tacones. Valentina dejó el bolso sobre una silla, se soltó el cabello. — Vino. — Anunció su amiga, sirviendo dos copas.
Se sentaron en el sofá. La primera copa fue lenta. La segunda, más ligera. En la tercera, Valentina ya sentía los hombros menos rígidos, la respiración más suelta.
Se rieron. Hablaron de todo y de nada. Del pasado. De anécdotas absurdas. De hombres que no valían la pena. De sueños que aún dolían.
En algún punto, Valentina se quitó el brasier sin ceremonia y lo dejó tirado sobre una mesa.
— Dios, necesitaba esto. — Murmuró.
— Lo sé. — Respondió su amiga, alzando la copa. — Por eso estoy aquí. — Se bañaron. Agua caliente. Vapor. Risas que rebotaban en los azulejos. Luego, frente al espejo, maquillaje, perfume, vestidos extendidos sobre la cama.
Valentina eligió el n***o.
Un vestido corto, elegante y provocador. n***o absoluto. Ceñido a la cintura, marcando caderas anchas y firmes, cayendo con naturalidad sobre muslos bien formados. El escote era preciso: lo suficiente para insinuar, no para suplicar. Senos pequeños, orgullosos, piel cálida.
Era española hasta en la forma de plantarse frente al espejo: menuda, sí, pero con carne donde debía haberla. Femenina. Viva. Magnética.
Se miró y por primera vez en días, se gustó.
— Vas a matar a alguien esta noche. — Dijo su amiga, silbando.
Valentina sonrió apenas. Una sonrisa peligrosa.
— Que miren. — Respondió. — Que miren todo lo que quieran. — Tomó su bolso, se puso los tacones otra vez.
No sabía qué le esperaba en los próximos días
No sabía quién sería ese hombre.
No sabía en qué se convertiría su vida.
Pero esa noche…
Esa noche todavía era suya.
Valentina sale del departamento con el abrigo en la mano y el bolso colgándole del hombro. El ascensor baja lento y ella apoya la cabeza contra el espejo, cerrando los ojos un segundo.
— Prometo que no te vas a arrepentir. — Dice su amiga, divertida, mientras juega con las llaves. — Hoy te saco de las telas y los patrones aunque sea a la fuerza. — Valentina sonríe de lado.
Desde los veinte años su vida ha sido eso: trabajo, responsabilidad, horarios imposibles. No discotecas. No noches largas. No excesos. Mientras otras chicas aprendían a salir, ella aprendía a sostener una empresa, a cargar con una madre enferma, a tomar decisiones que no correspondían a su edad.
Suben al coche. Es su amiga quien conduce. Siempre ha sido así: más suelta, más nocturna, más de vivir el momento. Para ella, este tipo de planes son normales; para Valentina, casi una rareza.
El trayecto es breve. Barcelona de noche vibra distinto. Cuando llegan, Valentina baja del coche y se queda quieta un segundo, observando el lugar.
No es una discoteca.
Es otra cosa.
Un club deportivo privado. Fachada sobria, seguridad discreta pero presente. Hombres entrando con paso seguro, conversaciones bajas, relojes caros, trajes oscuros. El murmullo de una multitud contenida se filtra desde dentro.
— Wow… — Dice Valentina sin poder evitarlo. — No sabía que frecuentabas este tipo de lugares. — Su amiga ríe mientras entrega las entradas.
— Claro que sí. Aquí viene gente interesante. Empresarios, inversionistas, apostadores… — Le guiña un ojo. —:Mucho boxeo, mucho dinero y egos por el techo. — Dentro, el ambiente es denso. Masculino. El ring ocupa el centro del lugar, iluminado como un altar. Alrededor, mesas, barras, palcos. Hay pocas mujeres, pero las que están ahí parecen saber exactamente por qué están.
Valentina siente el impacto de inmediato.
No incomodidad… sino presencia.
Se reúnen con un par de conocidos de su amiga. Saludos rápidos. Nombres que Valentina escucha pero no retiene. Una copa aparece en su mano. Luego el sonido seco de los guantes golpeando, el rugido contenido del público, las apuestas murmuradas entre sorbos de licor.
Ella observa todo con curiosidad.
Este no es su mundo.
Nunca lo ha sido y sin embargo, algo en ese lugar la despierta.
En medio del ruido, Valentina siente de pronto una presión invisible, como si alguien la estuviera mirando con intensidad. No es descaro. No es coqueteo evidente. Es algo más profundo. Instintivo.
Gira el rostro, busca entre la multitud. Hombres concentrados en el ring, otros hablando entre ellos, risas secas, miradas duras.
No encuentra a nadie.
El golpe de los guantes vuelve a sonar. La música sube un poco. Valentina bebe un trago más largo de lo habitual y deja que el calor del alcohol le afloje el cuerpo.
Por primera vez en mucho tiempo, no está pensando en mañana.
Ni en la empresa.
Ni en contratos.
Solo en que, quizás, esta noche pueda respirar.
◇
Gael está en uno de los palcos laterales, lejos del ruido directo del ring. Jean a su derecha, otro par de conocidos repartidos alrededor de la mesa. Whisky, hielo, conversaciones que van y vienen entre apuestas, nombres de peleadores y negocios que no se dicen en voz alta.
A su lado, una mujer.
No es cualquiera. Es de esas acompañantes de alto nivel que saben leer el ambiente: vestido ajustado, sonrisa medida, mirada entrenada para no preguntar de más. No habla cuando no debe. Ríe cuando conviene. Apoya la mano en su antebrazo como si fuera algo natural, ensayado mil veces. Más tarde, si él quiere, habrá más. Si no, también sabrá desaparecer.
Gael observa el ring con atención distraída. Le gusta el boxeo. Le gusta la disciplina, la violencia contenida, la honestidad brutal del golpe bien dado. Está cómodo. Está en su elemento y entonces la ve.
No de golpe. No como un impacto.
Es más bien una presencia que se cuela en su campo visual.
Una mujer que no encaja del todo con el lugar. No porque desentone, sino porque no pertenece. Está con otra chica que se mueve con soltura entre la gente, pero ella… ella mira el ring como si de verdad le interesara. Bebe. Ríe. Se inclina hacia adelante cuando hay un buen golpe.
Gael la observa sin disimulo.
No piensa “qué bonita”.
No piensa “quién es”.
Piensa en líneas.
En curvas.
En cómo ese vestido n***o se le ajusta a las caderas cuando se mueve.
— Joder… — Murmura para sí, apenas.
La escruta con la frialdad con la que está acostumbrado a mirar cuerpos. Trasero firme. Piernas bien plantadas. Una forma de sostenerse que no es provocación aprendida, sino descuido natural.
Le interesa lo justo.
Lo suficiente como para volver a mirarla una vez más.
No lo suficiente como para hacer algo al respecto.
La acompañante a su lado se inclina y le dice algo al oído, suave, prometedor. Gael asiente, le dedica media sonrisa y vuelve la vista al ring. El momento pasa.
Mientras tanto, Valentina está viviendo la noche desde otro lugar.
Su amiga saluda aquí y allá, intercambia palabras rápidas, risas, nombres. Conoce el terreno. Sabe cuándo moverse, cuándo quedarse, cuándo pedir otra ronda.
Valentina, en cambio, está más pendiente de las peleas. De la música baja. Del ambiente cargado. De la sensación extraña —agradable— de estar fuera de su rutina.
Bebe.
Luego bebe un poco más.
No está borracha, pero el alcohol le calienta el cuerpo rápido. No está acostumbrada. Se ríe más de la cuenta. Responde a comentarios con una chispa que normalmente no se permite. Mantiene la espalda recta, las piernas cruzadas, la dignidad intacta, incluso cuando sabe que ya va un poco tomada.
Respira hondo.
— Voy por agua. — Dice en algún momento.
Se abre paso hasta la barra lateral. Agua fría. Un vaso grande. Bebe despacio, como si quisiera ordenar la cabeza. Mira alrededor. El lugar sigue vibrando. Siente de nuevo esa mirada, esa presión invisible en la piel, y gira el rostro.
Nada.
Solo hombres concentrados en lo suyo.
Solo ruido, luces, golpes.
Su amiga aparece a su lado, entusiasmada.
— Oye. — Dice inclinándose hacia ella. — Hay una fiesta privada después. Más tranquila. Más… interesante. ¿Te apuntas? — Valentina no responde de inmediato. Asiente con la cabeza, aún con el vaso de agua entre las manos. No tiene fuerzas para pensar demasiado. Solo sabe que no quiere volver a casa todavía.
Minutos después, salen.
El aire de la noche le pega en la cara como un alivio. Suben a un coche distinto. Esta vez conduce uno de los amigos de su amiga. Valentina va en la parte trasera, apoyando la cabeza contra el asiento, con la botella de agua entre los dedos.
Respira.
Cierra los ojos un segundo.
No sabe a dónde va exactamente.
Solo sabe que la noche todavía no termina y en algún punto de la ciudad, sin que ella lo sepa, Gael también se está moviendo hacia otro lugar.
La noche, caprichosa, empieza a estrechar el cerco.