LANDON Todo el camino hacia la casa de mis padres, no sé cómo aflojar mi mandíbula. Ni cómo dejar de apretar el volante con tanta fuerza. Brenda y Stella parlotean como adolescentes, pero el tema es completamente Elle. Están analizando desde lo que llevaba puesto —esa maldita falda y esas botas— hasta la forma en que el tipo tocó su espalda, la manera en que la miró y el hecho de que él se presentó como su cita. Su cita. Y qué maldito y absoluto demonio significa eso. Una cita. Yo ni siquiera puedo contemplar a otras mujeres, mucho menos a una mujer en particular, y ella… —Papá, cuidado —grita Stella, y en el último segundo distingo los ojos brillantes de Gulliver en los faros. Giro el volante, esquivándolo por muy poco, a mi hermano y a una hilera de rosales de mi madre. Piso los fre

