CALEB Su cuerpo se sonroja bajo la fina tela color lino que apenas la cubre y mi polla se endurece dentro de los vaqueros. Aprieta los puños a los costados y sé que está intentando resistirse. Lo intenta y falla, a juzgar por lo dilatadas que tiene las pupilas. Vine aquí para hablar, pero vestida así, con esta energía crepitante que flota como gasolina esperando la cerilla, ya no hay manera de que eso. No he estado con nadie en cuatro años. Ella. Solo ha sido ella y me estoy muriendo. —Lo último que quiero es que me toques. Entre nosotros se acabó. ¡Fuera! —Oh, no, Pajarito. Esto no ha hecho más que empezar. Retrocede otro paso y se pega a la ventana, levanta la barbilla desafiante, entrecierra los ojos llenos de odio, pero ya es tarde. Estoy aquí. Delante de ella, tan cerca que huelo

