Capítulo 2: Encuentros fugaces

1957 Words
La tarde cayó en Nebula Noctis y mi visión ya no era tan buena como antes, así que tendríamos que descender hacia la academia. Había sido simplemente increíble volver a volar con mi fiel compañera, sería algo de lo que jamás me cansaría. En el patio de las mascotas quedaban muy pocos estudiantes y por el movimiento dentro del castillo además de las luces tenues, se podía apreciar gran parte del cuerpo estudiantil dentro del rústico castillo. Dejé a Nicéfora dentro de su “casa”, una simple construcción de piedras y una chimenea para el invierno, junto con un par de ventanas angostas. A pesar de ser simple, era bastante acogedora y ganas no me faltaban de quedarme a dormir con ella. —Nos vemos en la mañana preciosa —me despedí. Ella asintió mientras se sentaba y yo le daba la espalda para cerrar la gran puerta de hierro. Mi estómago gruñó en protesta por no comer casi nada durante todo el día y se me hizo imposible no ir al comedor de la academia. No me gustan los espacios llenos de gente, jamás lo han hecho y solo recurría a ellos por situaciones de fuerza mayor. Caminé rápidamente hasta casi el otro extremo del campus y me preguntaba: ¿Por qué el comedor tendría que estar tan lejos del patio de mascotas?, mi estómago no paraba de gruñir y apuré más el paso. Sin pensarlo ya estaba corriendo hasta que algo me impactó por el lado derecho haciéndome caer duramente de costado. —Por eso necesito mis reflejos de vuelta, —susurré molesta entre dientes. Miré hacia lo que sea que me haya empujado y me encontré con un unicornio de pelaje n***o que me miraba feroz. —Blaki, —interrumpió una voz masculina. Me paré lo más digna que pude y dirigí todo mi odio hacia la persona que venía caminando desde lejos. Su silueta era alta, sus pasos agiles y bien definidos además de un cabello castaño corto que se distinguiría a metros. —Deberías aprender a controlar a tu bestia —siseé con molestia, aun podía sentir como mi cadera izquierda se sentía caliente por el dolor. —Discúlpalo, es que es nuevo, —pronunció la figura que se acercaba a mí. Sus ojos turquesas se quedaron fijos en los míos, siendo el reconocimiento innegable. Aaron Green, el príncipe de los altos Elfos y a quien no veía desde que era un niño. Todavía podía recordar la primera vez que lo vi. Un niño medio delgaducho, con el cabello algo largo y sus ojos mirándome con extrañeza junto a su padre, Balise, el rey de los Elfos. Creo que en toda mi vida jamás pude conocer a una persona más hipócrita que el padre del chico que tenía frente a mí. Escuché un abrir de puerta estruendoso y en cosa de segundos Nicéfora llegó volando. Ella tenía sus alas un poco abiertas dándole un aire más imponente y su rostro alerta. El cuerpo de Aaron estaba notoriamente tenso mientras apretaba la mandíbula. Al parecer el reconocimiento fue mutuo. —Nicéfora, tranquila. —Indiqué con calma. —Tal vez tú deberías controlar a tu bestia —comentó con una mueca de desagrado. —Ella no golpeó a nadie —repliqué con tono serio y cortante. Sus ojos se fijaron en míos penetrantes y helados. Esta persona solo lograba producirme indiferencia, a pesar de que era mi enemigo natural sentía en secreto algo de pena. Su padre, el ser más depreciable que pudo existir, lo odiaba y eso era más que sabido por la comunidad élfica o los que la rodeaban como era mi caso. —No te entrometas más en camino, Elfo. —Tampoco espero verte en el mío Drow, —respondió con rostro neutro y se marchó por donde vino. Nicéfora se relajó al instante que se alejó Aaron junto con su unicornio. Era normal ya que los unicornios han sido enemigos naturales de los dragones desde que los crearon, una ironía ya que ambos nos odiábamos y con mascotas incluidas. —Vamos pequeña, a dormir, —susurré para que mi dragona fuera a descansar. Nicéfora me dedicó una mirada de compresión y movió su cuerpo en dirección a la su especie de casa. Seguí mi camino sin darle ninguna importancia a ese encuentro desagradable. La puerta por la que había que entrar conectaba a un pasillo y luego a la entrada que carecía de puerta siendo solo un arco por el cual se podía adentrar al comedor que era impresionantemente grande. Mesas redondas por todos lados, de madera clara y pulida, sillas del mismo material y una mesa larguísima al costado derecho llena de fuentes con comida. Me moví en dirección a la mesa llena de comida y tomé un plato que estaba sobre una bandeja que poseía cubiertos y un vaso, puse lechugas, un poco de carne y unas cuantas frutas al costado de la bandeja. La verdad, toda la comida tenía una aspecto delicioso y hacía que mi estómago gruñera aún más. Había una mesa desocupada ya que era tarde y no había mucha gente. En cuanto me senté prácticamente devoré la comida, me estómago estaba feliz y no había sensación más enriquecedora que estar satisfecha. —¿Tú eres Elora Deacon? —Escuché una voz femenina potente detrás de mí. Me di media vuelta y allí pude ver a una chica alta, de cabello rojo con ondas y ojos felinos de un tono dorado casi amarillento. A su lado sin llamar mucho la atención había una chica menuda, de cabello largo n***o, pálida y ojos oscuros que me miraban con asombro y atención. —Soy yo —afirmé arqueando una ceja y manteniendo el rostro serio. La chica pelirroja sonrió triunfalmente y se acercó. —Así que los rumores eran ciertos —susurró—. Por fin alguien en toda esta academia está a mi nivel. Su fanfarronería me hacía pensar que realmente era así y su ego era enorme o simplemente era muy idiota. Los guerreros del submundo éramos los mejores, no se nos enseñaba tanta técnica ni honor como a los de la superficie, pero aun así había unos cuantos besados por el sol que eran capaces de estar a nuestro nivel. —Soy Leonora Teros, un placer. —Dijo mientras dejaba su bandeja sobre la mesa que estaba ocupando. Teros, ese nombre de familia me sonaba bastante, pero precisamente no lograba recordar quienes eran. —Tú ya conoces mi nombre —dije con tono neutral mientras ofrecía mi mano para estrecharla con ella. Leonora la estrechó con entusiasmo y se sentó en la mesa seguida de la chica de cabello oscuro. —Yo soy Selene Moon —se presentó con tono titubeante. —Hola, encantada, —saludé de vuelta cordialmente. Ambas chicas me miraron por un segundo y luego comenzaron a comer su comida. —Estás en la misma habitación que mi hermana menor —comentó Leonora una vez que tragó lo que sea que haya comido. —Teros ¿cierto? —Tomé mi mentón y recordé la tablita en la puerta de la habitación de al lado de la mía con su apellido. Asintió y dijo: —Imi Teros, ella es la menor de las tres hermanas y la acompañé a su habitación cuando llegamos —explicó. —Además de allí ver tu nombre y casi gritar de entusiasmo —comentó con cierta gracia Selene. Ambas chicas parecían amigables pero de diferentes maneras, una con mucho carácter que se notaba desde el primer momento y, la otra más sutil y tímida. A pesar de que dentro de mis planes no estaba conocer a alguien, no era malo tener gente con la cual relacionarme. Las chicas comenzaron a hablar entre ellas y no tenía ninguna intención de interrumpirlas por lo que decidí que sería mejor marcharme ya que mañana tendría que entrenar para las pruebas que nos definirían en que clase quedaríamos. —Elora, —llamó Leonora. La miré interrogante y ella comentó: -Hoy es la primera noche y los de segundo año tenemos la tradición de celebrar a los recién llegados. Habrá música, comida y bailes, y créeme cuando te digo que es genial, ¿Te gustaría venir? —Lo pensaré, —respondí mientras me ponía de pie. Estaba cansada, había volado dos días desde el territorio de los Elfos en donde me despedí de mamá y papá. Caminé hasta en donde estaban las bandejas sucias y dejé la mía sobre las demás. Salí del comedor y me dirigí hacia las escaleras directo a los dormitorios de chicas. En el trayecto me encontré con Eiren a quien ni siquiera me molesté en prestarle atención. Una vez en la puerta de la habitación noté que estaba entre abierta y la empujé. La imagen de una chica rubia durmiendo en el sofá de la salita de estar me causó entre risa y ternura. Ella estaba haciendo una mueca muy divertida pero era tan pequeña que lograba irradiar dulzura. Definitivamente era de la familia de Valquirias Farwell, las líderes de su comunidad, siendo su cabello rubio casi blanco demostrando su genética. Las Valquirias son guerreras del extremo este en donde el clima es bastante inhóspito y helado, a mi parecer las luchadoras más fuertes de la superficie. Su comunidad solo está compuesta por mujeres ya que entre ellas no nacen hombres con las alas o la fuerza de una de ellas, pero se relacionan en especial con Magos, Enanos y Ent con los cuales algunas se llegan a casar aunque las parejas no lleguen a jugar un papel importante en su sociedad completamente matriarcal. —Las Valquirias son horribles si las despiertas —escuché a un chica que abrió la puerta a mi derecha. La miré era imposible no darse cuenta de que era una Teros, su cabello oscuro y aleonado además de sus ojos felinos del mismo color de Leonora. —¿Imi?, ¿cierto? —Pregunté. Asintió con media sonrisa. —Supongo que te encontraste con mi hermana mayor. —Ella me abordó en el comedor. —Leonora y su vitalidad, creo que eso lo sacó de papá —soltó con una sonrisa completa. No dije nada y me caminé en dirección a mi habitación.  —¿Irás a la bienvenida? —La voz de Imi me detuvo. Podría salir un rato, pensé. Socializar jamás fue lo mío, desde pequeña siempre fue apartada de los demás niños Drow por mi origen y porque sus padres del enseñaban a odiarme por mi herencia materna. En un principio me avergonzaba mi madre, ¿por qué simplemente no podía ser como el resto?, hasta que una vez mi padre me dijo que siempre mirara las ventajas en las desventajas, que mi debilidad me hacía ser más fuerte. Yo, como una niña que era lo encontré absurdo hasta que se presentó la oportunidad de demostrarlo. En un entrenamiento con los demás niños Drow ocurrió un pequeño derrumbe que dejó atascados a un par entre los escombros, sin embrago era cerca de la superficie y los rayos del sol interferían que los adultos pudieran ayudar. Como Drow ninguno puede sentir la luz del sol sin quedar con quemaduras muy graves y mi extraña herencia materna me hacía inmune al sol. Los niños eran guerreros que lograron zafarse de las piedras no obstante corrían el gran riesgo de ser tocados por el sol que hasta le podría producir la muerte, los ayudé y junto con mi cuerpo y una roca los pude traer a la seguridad de la oscuridad. Nuestras debilidades nos hacen fuertes, eso jamás lo volvería a olvidar en mi vida. —Iré —dije sin pensar. Tal vez probar algo nuevo no sería del todo malo.
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