Caminé por un sendero de tierra tenía piedras de colores que indicaban el camino hacia el lugar que jamás pensé tener que ver en mi vida. Los árboles a los lados, imponentes robres y alerces se esparcían hasta no poder ver en donde terminaban. Aunque, en mi travesía no iba sola, había muchas especies desde hadas hasta gigantes y creo que la mueca de disgusto se esparcía a todos por igual.
Una vez que comencé a ver el castillo, de piedras grises y mohosas, enorme, con ventanas largas de vidrios gruesos y toscos, algunas raíces de árboles y plantas creciendo sobre algunas torres y paredes, era bastante rústico. Para mí era un poco raro ver tantos árboles y cosas verdes, ya que en el submundo este tipo de cosas no crecían.
Antes de llegar a la entrada con un gran arco de metal y rejas abiertas, había una fila de todas las criaturas que antes de pasar hacia el gran castillo recibían un collar con una piedra gris, se le llamaba piedra “nebula”, tomaba el color dependiendo de cada especie y neutralizaba la magia junto con las formas físicas como la altura de los gigantes, las orejas de los Elfos o las alas de las Valquirias dejándonos a todos en condiciones iguales.
Me formé en la fila para entrar a la renombrada “Academia Nebula Noctis” o también apodada niebla nocturna. Se le llamaba así por su cualidad que una vez las rejas se cierran una niebla cubre todo el rededor actuando como una barrera, nada puede entrar ni salir a menos que la directora lo sepa.
Hablando de la directora ella era Minerva Lessin, la maga más reconocida e hija menor de los anteriores monarcas de las razas unidas Mago-Liche. Era muy poco común ver reinos juntarse por matrimonio como el hermano mayor de la directora que contrajo matrimonio con la hija primogénita de los monarcas de la r**a Liche. Ellos son algo así como nigromantes, son magos que una vez murieron y volvieron a pararse entre lo vivos con magia mucho más poderosa y sobrepasando el nivel de la magia entre los vivos.
En la fila adelante de mí había una Valquiria, de alas doradas como su cabello amarrado en estrechas trenzas, estaba con los brazos cruzados y la armadura vikinga se lucía aun estando ella de espalda. Un suave aroma a cerezas llegó a mi nariz y ladeé ligeramente la cabeza para ver de quien se trataba, me tuve que aguantar la risa. Era un vampiro, pero no cualquiera, sus ojos verdes brillantes y el cabello claro delataban su herencia real, en más de una ocasión escuché de él, Ross Triana, el príncipe de la tierra de los Vampiros que estaba a punto de heredar un enorme imperio y sin hermanos menores o primos que lo quisieran destronar.
—No preocupes preciosa, todas me quieren ver, —dijo con tono demasiado seguro de sí mismo.
Y también tenía el ego de un príncipe que heredará un gran reino.
—Estaba mirando al centauro que está más atrás, he visto mejores, —le guiñé un ojo con una sonrisa triunfante.
Ross quedó con la boca abierta lista para responder algo en mí contra, pero era mi turno para recibir mi collar nebula.
Una sílfide con aspecto de mediana edad me sonrió dulcemente y me tendió el collar sobre su mano.
—Bienvenida a la Academia Nebula Noctis, princesa Elora, —dijo mientras tomaba en mis manos un collar con cadena negra no tan larga y una piedra gris que se volvió violeta junto con un color verde esmeralda a cada extremo en cuanto la toqué.
—Hola —saludé de vuelta con mera informalidad. La formalidad era de los seres de la superficie, no de los subterráneos y me puse el collar sobre el pecho.
Primero me produjo náuseas y luego una leve sensación de mareo. Con mis manos toqué mis ya no puntiagudas orejas, la visión casi perfecta disminuía y mi cuerpo no se sentía tan ágil y ligero. Más allá del leve mareo me sentía bien y no era nada traumático ni terrible tener mis habilidades adormecidas, aunque en cierto punto sabía que me harían falta.
Caminé suavemente sobre la hierba de la entrada y me dirigí hacia mi habitación. Por un costado del castillo había un puerta que llevaba hacia unas escaleras, por allí se podía subir hasta el segundo piso y siendo el ala este en donde estaban los cuartos de chicas. La habitación la tendría que compartir con tres chicas más, no especialmente sociable aunque la idea tampoco me desagradaba del todo.
Subí hasta el segundo piso con mi bolso de cuero n***o en mi mano derecha en la cual llevaba mis armas y otro bolso en mi hombro izquierdo en donde llevaba mis pertenencias.
Me metí por el pasillo y comencé a mirar puerta por puerta en busca de mi apellido hasta que una pequeña placa de madera clara estaba pintado mi apellido con letra negra y cursiva: “Deacon” se podía leer junto el apellido “Farwell”, “Moon” y “Teros”, y no me sonaba ninguno de los apellidos.
Abrí la puerta y había una pequeña sala de estar con piso de piedras pulidas y muy bien puestas, paredes de las mismas piedras pero pintadas de color índigo bastante claro, con dos sillones azules medianos, una mesa de centro, dos plantas en las esquinas y una ventana justo en frente que iluminaba la habitación. En comparación al castillo rústico y casi aterrador de afuera, por dentro era bastante acogedor y moderno.
Las puertas de madera oscura tenían una placa de madera igual que las de afuera y la primera de la izquierda decía en la misma letra cursiva y negra “Deacon”.
Tomé la manija, la abrí y reveló una habitación más grande de lo que esperaba, con una cama normal, un estante, escritorio y closet vacío, junto con un atril especial para colgar armas. Las paredes eran de color azul oscuro y en el techo pintada una luna, bastante artístico y con una ventana mediana al lado izquierdo que hacía que la luz entrara.
Creo que de cierta manera era cómoda, acogedora y no me desagradaba tener que pasar por lo menos los cuatro de años que tendría que vivir en ella, pero podría ser algo importante la gente con la cual la compartiría. No tenía especialmente un temperamento muy llevadero para el resto, pero tampoco llegaba a ser tan insoportable.
La imagen de mi dragona de escamas blancas y esos ojos de iris alargado azules hielo vino a mi mente haciendo recordar que la quería ver con ansias.
Caminé fuera la habitación y por los pasillos podía notar cómo algunos alumnos fijaban su mirada en mí para luego susurrar en mis espaldas. A pesar de lo molesto, era común, no me afectaba lo que todos pudieran hablar de mí mientras yo supiera quien era.
Mi naturaleza de Drow me hacía tener cabello blanco y ojos grises, mientras que mi naturaleza élfica mantenía mi piel clara y no como la mayoría de los Drow que era bastante morena. Pero lejos lo más complicado era su rivalidad a muerte.
Los Drow una vez fueron Elfos del bosque, pero con ideas distintas. Ellos eran expertos en magia -cualquier tipo de magia- y encontraron una forma de hacer más fuertes a las tropas élficas pero a cambio jamás podrían ver la luz del sol de nuevo. Para los altos Elfos, osea, las familias nobles, lo tomaron como un ultraje a su religión misma y que la luz del sol los diferenciaba de los demás seres subterráneos que consideraban inferiores.
Comenzó una guerra civil, en cual los Elfos desterraron a los ya considerados “Drow” al submundo, en donde ellos se prepararían para la venganza. Entre años y años de batallas en una ocasión se enfrentaron la guerrera de élite de los altos Elfos, Annick White, y el rey de los Drow, Arthur Deacon. Aquella batalla la ganaron los Drow y Arthur decidió que Annick era demasiado valiosa como para matarla y se la llevaron al submundo como rehén.
Allí Annick fue encerrada para poder sacarle información, pero ella nunca dijo nada. A Arthur le comenzó a llamar la atención la dureza y valentía de su prisionera y para Annick era su boleto de salida, hasta que cada pequeño detalle de él la comenzó a derretir sin que se diera cuenta. Ambos se enamoraron y fruto de eso nací yo.
Me sentía orgullosa de mis orígenes y no sentía ninguna pisca de vergüenza, aunque no siempre fue así.
En el patio de las mascotas se podían ver diversas especies, unicornios, corceles pesadillas, esfinges y muchas más. Me abrí entre la multitud de alumnos y sus mascotas hasta mi impotente dragona de escamas blancas que descansaba sobre la hierba verde que se extendía por todo el patio.
—Nicéfora —la llamé y ella al mismo instante irguió la cabeza buscándome.
En cuanto sus ojos de iris alargado se fijaron en mí se puso de pie y su gran tamaño se hizo presente. A pesar de ser joven poseía un buen tamaño considerando que su madre era solo un poco más grande que ella, pero como era común los dragones maduraban rápido y sus habilidades las adquirían a temprana edad.
Me acerqué a ella con las miradas de todos en mi nuca. Muchos de los presentes quizá jamás habían visto a un dragón en su vida, ya que ellos estaban casi extintos y de los que quedaban vivos más de la mitad eran salvajes. Los jinetes de dragón eran escasos en estos días por la matanza hacia ellos por su piel, dientes y garras que eran perfectos para hacer armas y venderlas a muy buen precio. Los dragones dejaron de tener confianza en las demás criaturas y muy pocos se dejaban dominar por un jinete, o en mi caso habíamos algunos jinetes que íbamos ligados en alma a ellos, nos sentíamos unidos y estábamos conectado de por vida hasta que uno de los dos muriera.
Pero era mejor morir juntos en batalla a que alguno quedara vivo. Para todos los jinetes, ya sea cualquier especie que montaran, había un lazo especial, algo que nos unía como si fuéramos una extensión del otro. Fui testigo que la locura que algunas mascotas enfrentaban tras la pérdida de sus jinetes o la enorme depresión que a cualquiera lo llevaría a querer suicidarse en menos de una semana. No era como perder un brazo o una pierna, me habían dicho, era como perder la capacidad de amar o sentir algo, como si tu corazón fuera arrancado de la manera más cruel posible.
Despejé mi mente, no quería si quiera pensar en perder a Nicéfora. Desde que ella me eligió nunca me había sentido tan apegada a alguien, ella era mi compañera, confidente y hermana a pesar que no compartiéramos sangre.
—Yo esperaba que tuvieras una pesadilla —escuché un tono de voz conocido.
Me di vuelta y pude ver a Ross, el vampiro de la fila. Él tenía a su lado un corcel pesadilla, completamente n***o y con ojos rojos mirándome con atención.
—Y yo esperaba que tuvieras otra cosa —respondí.
Para alguien no subterráneo tener un corcel pesadilla era raro, los corceles pesadillas habitaban en lugares oscuros y húmedos, lejos de la superficie por el sol y las demás criaturas, no eran muy sociables. Mi padre me había enseñado todo lo que él sabía, con el fin de que cuando él cediera el puesto yo fuera la más fuerte e inteligente Drow y además él tenía un corcel pesadilla llamada Gina.
—Así que es cierto. —Alguien dijo con un tono muy alto con obvia intención de llamar la atención de todos—. La princesa híbrida llegó a Nebula Noctis, dime princesa, ¿Qué se siente ser una vergüenza para todo el submundo?
La ira se acumuló en mí y me di media vuelta topándome con el insoportable hijo de la mano derecha de mi padre, Eiren Aglas. El cabello blanco que tanto nos caracteriza a nuestra r**a lo llevaba corto, su cuerpo estaba bien entrenado y era más alto que yo a pesar de no ser baja, y sus ojos con ese tono amarillento opaco me miraban con el deprecio que siempre lo hizo toda su vida.
—Oye, idiota, —respondió Ross con tono altanero—. Ella es tu princesa además de ser tu futura monarca y a pesar de su corta edad es conocida como una de las guerreras más temidas del submundo, ¿y tú por qué eres conocido?, ¿por ser el hablador más insolente en todo el submundo?
Abrí mis ojos mostrándome totalmente sorprendida ante su repentina reacción. Los susurros desaprobatorios de todos los presentes hicieron que las mejillas de Eiren se tornaran color rojo intenso.
Por lo que mamá más de alguna vez mencionó era bastante grave insultar a alguien de la realeza en la superficie, pero en el submundo funcionaba la ley del más fuerte, por eso tenía que ser la más fuerte para seguir el linaje de la familia Deacon.
Eiren nos dedicó una mueca de disgusto y se fue rápidamente.
—Sé defenderme sola —solté con irritación. Odiaba que me defendieran, podía hacerlo sola, después de todo así lo había hecho toda mi vida.
—Si te hace sentir mejor, es un favor, ahora tú me debes uno, —dijo con una media sonrisa que reflejaba plena diversión.
—Yo no te pedí nada —entrecerré los ojos.
—No te preocupes princesa Elora, te encantará devolverme el favor, —me guiñó un ojo mientras se daba media vuelta y se alejaba con su corcel pesadilla.
Arqueé una ceja en señal de indiferencia y me volteé para ver a Nicéfora que me miraba expectante.
—Vamos —sonreí con excitación.
De un salto me subí a la montura que llevaba en su espalda, encuerada de color azul oscuro y en frente un trozo de hierro n***o con pequeñas hendiduras para sostenerme.
En el primer aleteo para alejarnos de la tierra y ya sentía como mi cuerpo vibraba de emoción. A pesar de tener años volando con ella siempre se sentía como la primera vez, llena de entusiasmo y ansias de sentir la libertad que solo las criaturas con alas podían experimentar.
El viento en mi cara, mis brazos estirados como si yo fuera la que vuela y nuestros corazones palpitando al mismo ritmo, sentía como si fuésemos una. La libertad de volar lo consideraba lo más cercano a morir, podías sentir la paz que te llena e ilusionarte con que nada te amarra al suelo dejándote volar por siempre.